¿El feminismo está de moda?
De paliacates, corbatas y combat boots en fashion shows y marchas feministas
Por Paula Hernández Gándara @
14 de marzo, 2020
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Foto tomada de YouTube

Paula Hernández Gándara

En un salón de París cuelgan letreros fosforescentes. A los lados se lee: Patriarchy = Repression; Women Raise the Uprising; When Women Strike the World Stops; Feminine Beauty is Ready Made. Y al centro parpadea la palabra: Consent, Consent, Consent.

El suelo que pisan las modelos está tapizado con páginas de Le Monde –un periódico francés–, de las que apenas se distingue algo.

Como parte del mes de la moda, Dior presentó su colección Ready to Wear Otoño Invierno 2020 a cargo de Maria Grazia Chiuri, la primera mujer en tomar la dirección creativa de la marca. Así, 84 fueron los atuendos que desfilaron en la semana de la moda de París; prendas inspiradas en los años 70, contexto de la adolescencia de la diseñadora.

Bajo las frases en luces neón y sobre el piso lleno de periódicos, escenario creado por el colectivo de arte feminista Claire Fontaine, se esperaba que la primera modelo marcara –como de costumbre– el tono de la colección, pero lo que ha sucedido ha sido distinto. 

Con un corte pixie, la modelo que abrió el show portó un traje de dos piezas negras, una camisa de hombre amarfilada, y una corbata a juego con el pantalón y el bar jacket emblemático de la casa francesa. 

Luego vinieron toda una serie de referencias a los años de juventud de Chiuri, época de importantes cambios en cuanto a la liberación de los derechos de la mujer –un número cada vez más grande de mujeres participa en campañas por el derecho al aborto y los anticonceptivos; se denuncia el sexismo en la política, educación, el trabajo y los medios de comunicación; nace la “Segunda Ola” del feminismo–.

Paliacates gitanos en la cabeza de las chicas (con una vibra hippie, sin duda); blusas en transparencia negra con una corbata encima, dejando entrever su ropa interior; faldas y sacos que remitían a un uniforme escolar; botas de combate negras; e incluso un guiño al mismísimo Dior y su gusto por los flecos. 

Pero si bien al comienzo se vio la ambigüedad a la hora de usar prendas que no necesariamente tuvieran que considerarse específicas de un género, lo que vino después dejó ver una estética femenina bastante estereotípica. Con medidas que remitían a una silueta delgada, y con modelos jóvenes, las prendas oscilaron en diseños sencillos: faldas cortas en corte A, y faldas largas rectas con motivos a cuadros; algunos vestidos completamente confeccionados con flecos; sacos y abrigos cortos bastante convencionales.

Todo esto en un contexto “feminista”. Y, bueno, lo enfatizo así porque eso me pone a pensar acerca de qué feminismo se está hablando aquí. A mí me parece que es uno que se ve muy bien en luces neón, y que dicta un discurso bastante interesante, pero que no está en la práctica. 

Es decir, qué tanto justifica a la colección hablar de una estética en pro de la liberación de las mujeres, si su propuesta es usar corbatas encima de una blusa transparente; si lo que se plantea es resignificar prendas de hombres para las mujeres, y no presentar diseños deconstruyendo la idea de feminidad desde las propias prendas que se esperarían que una mujer use.

Además, creo que ya desde el hecho mismo de que las modelos desfilaran en un cuarto con espectadores privilegiados, debería darnos una idea de que estamos en frente de un feminismo liberal. De uno que, como una amiga me explicó, pretende mantener ficciones económicas. Nada menos distante de la latente realidad comercial de la moda ready to wear. Esto es, justamente se crearon estas líneas de producción de moda para que, ante su accesibilidad económica, su consumo fuera mayor. 

Pero me parece que hasta ahí llega el elogio de esta colección: en constatar que se conforma de prendas usables, y por ello comerciales, ya que no se presentaron show stoppers en el desfile. Aunque, al mismo tiempo, me pregunto para quién es accesible esta ropa… Tal vez para alguien que cree que el feminismo está de moda. 

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Foto: Ámbar Barrera

En una calle de México se ven letreros fosforescentes. A los lados se lee: (So)mos el g(r)it(o) y ala(ri)do (d)e l(a)s que per(d)ieron la voz*; Quiero usar shorts hoy y no morir mañana; De camino a casa quiero ser libre, no valiente; Las calles son nuestras y la noche también. Y al centro gritan la palabra: justicia, justicia, justicia.

El suelo que pisan las mujeres está tapizado con páginas de periódicos que hablan del feminicidio 320 en lo que va del año.

Como parte del Día Internacional de la Mujer, este ocho de marzo salimos a marchar. Miles de chicas en las calles portaban ropa verde y morada, como signo de la lucha en pro de la legalización del aborto y como signo de la defensa por los derechos de las mujeres. 

Rodeadas de pancartas con consignas que exigían justicia, y con fotos y nombres de aquellas que ya no están aquí, caminaban los contingentes de la marcha. Al frente, la batucada nos abría el paso a todas las que gritábamos con una mezcla de coraje y libertad; coraje ante la injusticia que se vive en el país, libertad por salir a gritar a las calles que estamos presentes y que somos la voz de aquellas que ya no pueden hablar.

Caminaban chicas con jeans o faldas, con tenis o combat boots, gorras o sombreros, paliacates alrededor del cuello o enrollados en las muñecas. Algunas incluso iban encapuchadas: pasamontañas negros del lado izquierdo, pasamontañas púrpura con glitter y encaje del otro lado. 

Y es que, aunque pareciera que lo que vestimos es insignificante o no tiene nada que ver con nosotras, es todo lo contrario. Qué mejor escenario para dar cuenta de ello que esta marcha: desde las chicas que caminaban con minifalda sin miedo, hasta aquellas que tenían frases escritas en sus blusas, todas decían algo con lo que llevaban puesto.

Yo estaba en este segundo grupo, en el de las que literalmente decíamos algo con nuestra ropa. Con una blusa blanca de fondo, se leía: ¡Lo vamos a tirar!

La ilustración es la siguiente: cinco chicas desafían el sistema patriarcal. Una sostiene el símbolo de Venus; otra tiene un bate apoyado en su hombro; dos de ellas están con los brazos cruzados, y una más sostiene un tambor. Todas usan un paliacate morado en el cuello o en la muñeca.

Ilustración: Gogo

La inspiración es esta: Majo es la amiga de la que les hablé y es la chica del tambor (está en una batucada feminista). Ha sido mi maestra de Feminismo 101 para entender los movimientos feministas que se han suscitado últimamente en México. 

Ella, es parte de la redacción de LADO B, como yo, claramente. Y hace menos de un año Gogo se integró a esta como ilustradora. Entonces, toda las chicas de la redacción marchamos con la ilustración que ella hizo. El proceso fue muy sencillo: una vez lista la imagen solo teníamos que escoger la talla de nuestra blusa.

Podría parecer que esta parte previa a la marcha no ha sido muy relevante, pero quiero recalcar el poder de una simple blusa con una ilustración poderosa. El proceso creativo para dar luz a esta pieza ha sido obra de Gogo y su insomne rebeldía. Y ha sido el motor que me ha movido a mí para salir a gritar a las calles. 

Comprendí, primero, que alistarse para una marcha es un proceso bastante interesante. Entre la comodidad y querer reflejar una postura, debes encontrar un punto medio para ser portadora de un discurso que hable a través de tu indumentaria y, al mismo tiempo, debes resistir el esfuerzo físico.

Ahora, entiendan que no estoy hablando de un pieza ultra confeccionada, o que desafió estándares femeninos en su diseño. Pero me habló a mí, y me animó a dar la cara por aquellas que han sido víctimas de la inseguridad en mi país; me hizo tener el coraje de gritar que no las hemos olvidado; me alentó a caminar al lado de otras chicas a las que también les duele leer otro caso de feminicidio, leer otro nombre: Ingrid, Mara, Fátima, Valeria, Ruby, Claudia… Ahí encuentro el poder de esta prenda, que justamente me ha hablado por el contexto en el que se usó; por su propósito, por su discurso.

Y eso es algo que no se puede ver en una pasarela, por más que cualquiera lo intente. Porque ese discurso no se puede escuchar, no se puede ver, bajo un techo de cristal. Eso se siente en las calles que, lejos de estar iluminadas con frases feministas, hacen resonar el grito de las consignas que salen desde el enojo, el dolor y la esperanza de las chicas que marchamos.

Por eso me parece que el feminismo no está de moda, nos supera.

Por eso creo que el feminismo no es una playera que dice: “We Are All Feminist”. Es la blusa que uso para marchar; es la coraza con la que camino para gritar justicia en una calle angosta, rodeada de gente indiferente ante lo que digo, ante lo que pasa, ante aquellas que ya no están aquí. 

No es ponerse una corbata encima de una blusa transparente que revela mi ropa interior. Es quitarle la corbata a quienes no hacen nada por cambiar el sistema que violenta a las mujeres. 

Veo paliacates y combat boots, pero no se trata de las mismas piezas. Estos se entrelazan en el cuello de las chicas para demostrar una postura en contra de la violencia hacia las mujeres; no están ahí para adornar.

Y las botas ya no dan pasos por un cuarto blanco en perfecta armonía, dan pasos por baquetas que han sido testigo de cómo se atenta contra las mujeres: se les acosa, les dicen piropos, las golpean, las matan.

 

*Frase tomada de M. Yandró

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Paula Hernández Gándara