El cuento de las dos Mimís 
En esta edición de Relatos Fílmicos se cuenta la historia de la primera mujer latinoamericana que dirigió una película: Emilia Saleny
Por Aldo Plouganou @
10 de marzo, 2020
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Aldo Plouganou

Charlar del principio del cine es dar un salto a un mundo que a estas alturas se siente extraño, como mínimo ajeno. En ese fragmento de espacio-tiempo los flamantes aparatos cinematográficos son –un invento sin futuro –según sus propios creadores.

Cada momento histórico se logra con un montón de pena y sin gloria, disfrazados de un pequeño e improductivo paso a la nada; fruto más bien de una necia locura que de la valentía de les visionaries que arriesgaban todo –un montón de veces, de hecho perdiéndolo–, para sentar las bases de lo que un día se convertiría en el artilugio de expresión artística más complejo, profundo y potente que nuestra especie haya desarrollado.

A la par que esos pequeños divertimentos se hacían un espacio entre los grandes teatros populares y los selectos cafés de la oligarquía; más por casualidades que por estrategia las primeras almas cinéfilas forjaban su destino alrededor de esa cosa parecida a la magia, que era contar historias con imágenes en movimiento.

Asomarnos a ese mundo es especialmente complicado porque la sombra del menosprecio se emitió larga, ancha y profunda; imágenes veladas, entalladas, son algunas de las pruebas más claras que hay de lo sucedido. Lo más cercano a las certezas que nos encontramos suele ser más bien un: –dicen que dicen–… Créditos robados, nombres borrados, estafadores congraciados y creadores marginados. Pero sobre todo, apenas un puñado de películas que nos cuenten las historias que lo empezaron todo.

Por eso, para contar la historia de la primera mujer latinoamericana que dirigió una película, no se puede dejar de agregar un molesto: –hasta donde se sabe–. Y nobleza obliga es imposible hacerlo sin aclarar que nada sabríamos sobre ella si no fuera por la exhaustiva investigación de Moira Fradinger en su trabajo «Huellas de archivo al rescate de una pionera del cine sudamericano«, al igual que los datos que han aportado, Beatriz Seibel, Jacobo De Diego y Héctor Kohen, en sus respectivas investigaciones.

Su nombre era Josefina Emilia Pieri Salani, aunque artísticamente había preferido ser Emilia Saleny –al día de hoy sin registro en la base de datos de películas de internet (IMDB)–, era una chica tana de Buenos Aires, nacida un 16 de octubre de 1894, hija de Vittoria y Antonio que habían venido a probar fortuna a América y sus promesas de futuro.

Emilia se crió en un hogar de clase acomodada con una notable inclinación por las artes, cosa que venía sobre todo de la madre que en su tierra natal había conseguido ser una importante actriz de teatro.

Se sabe que a los 16 años partió a Italia a estudiar actuación siguiendo los pasos de su madre. Regresaría a la Argentina casi 5 años después, acompañada por Vittoria –ahora viuda–, hacia mediados de 1915, poco después de que iniciaran en ese país las primeras batallas de la gran guerra.

Emilia no solo supo ser la primera mujer latinoamericana en dirigir una película –hasta donde se sabe–, fue también la primera mujer en abrir una academia de actuación cinematográfica en América Latina y una de las más brillantes cineastas de su generación.

Con el tiempo se hace fácil no tener tan claro lo que una mujer podía ser o lo que debía ser a principios del Siglo XX. Por una parte, la distancia, pero por otra también, está la valentía de tantas logrando cosas prácticamente imposibles en el medio de esas sociedades; en donde la mujer que no era anarquista o comunista, apenas tenía chance de dedicarse a las tareas domésticas con completa devoción y contención.

Ya en un marco de desacato por un ímpetu ingobernable se permitía que las señoras de alta alcurnia dirigieran pequeñas organizaciones para impartir talleres y cursos de buenas costumbres para enseñar a otras señoritas a construir una civilización digna.

Pero algunas mujeres como Emilia, no podían quedarse en un molde. Apenas unos  meses después de firmar su registro de entrada al país, saldría publicado en una edición del mes de noviembre de la revista «Caras y caretas» –preferida por el jet-set porteño–, el anuncio de su próximo debut como actriz profesional en el mítico teatro Apolo.

Como un silencio de correspondencia, imaginando sueños de luces, aplausos y sonrisas al mejor estilo de montaje musical acompañado por «Don’t stop me now» de Queen; llenamos el vacío entre la promesa de ese hito en la vida de Emilia y las siguientes pistas en su vida. Por recortes de diarios sabemos que su siguiente paso fue fundar con más de 50 alumnos (hombres, mujeres y niños) su propia academia de actuación –¡el mismo día que cumplía 21 años! –. Para seguir con el ascenso meteórico, a inicios de 1916 debutó en la pantalla de plata como principal en el film «El evadido de Ushuaia«, ese mismo año consiguió participar en «América» y arrancaría el ’17 protagonizando «Problemas del corazón» dando inicio así a su relación laboral con la Cóndor Films. Ese mismo año, de la mano de esta compañía productora, Emilia estrenaría a los 22 años, un 17 de julio de 1917 «La niña del bosque«, su primera película como directora y al parecer también la primera película infantil de su país. En los diarios se resaltó la fotografía, los valores de producción y el excelente trabajo de Emilia para conseguir un gran desempeño de sus actores.

40 días después a 7388 km de distancia se estrenaría en la Ciudad de México «La Tigresa» la primera película mexicana dirigida por una mujer, la otra Mimí… María Herminia Pérez de León fue la cuarta hija de una familia de clase acomodada mexicana, nació el 9 de julio de 1893 apodada desde siempre «Mimí» a los pocos años de nacer murió su padre; se crio en una familia con inclinaciones artísticas especialmente literarias, cosa que venía de Jacoba la madre, que era una conocida escritora con por lo menos cuatro libros publicados.

A pesar de la reticencia expresada por sus familiares, Jacoba apoyó incondicionalmente las aspiraciones de Mimí por dedicarse al mundo del espectáculo. Debutó en Cuba a los 18 años y hacia 1912 debutaría en la Ciudad de México; como era costumbre en la época, cambiaría sus apellidos por uno más memorable: Derba –Según el escritor Angel Gilberto Adame–, por un juego de palabras con un producto farmacéutico italiano.

Feminista empírica no se conformaría sólo con actuar, al poco tiempo también comenzaría a escribir siendo una de las pocas actrices en combinar estos oficios.

El tema es que, en esos años, además del contexto machista de la sociedad mexicana de principios de siglo XX, en México había una revolución; cosa que no detenía la oferta teatral de la ciudad, pero definitivamente la enrarecía. Como la vez en que un zapatista –arrebatado por su pasión volcánica–, copó el teatro Colón para raptarla –asunto más bien habitual entre los soldados de Zapata cuando se enamoraban de alguna actriz–. Mimí zafó saltando por azoteas hasta llegar a una iglesia donde la esperaban con la puerta de una cúpula abierta para resguardarla.

En los siguientes años, Mimí se hizo muy famosa por su talento, su indomable belleza y contundente temperamento. Seducida por la idea de quedar inmortalizada en la pantalla plateada y –aparentemente– sin la más remota idea de lo que sería la Condor Films o una tal Emilia Saleny, se las arregló para conseguir la plata de un enamorado suyo y fundar en 1917 Azteca Films; una de las primeras compañías productoras del país. A pesar de llegar 40 días después que Emilia, Mimí y su compañía estrenaron ese año además de «La Tigresa» 5 películas, de las cuáles escribió dos. Un tiempo después al comprobar que el público no acompañaba los trabajos realizados, decide con su socio Enrique Rosas ponerle fin a la compañía.

Si uno cree en esas cosas, el fracaso de Azteca Films y la mala pata de sólo ser casi pionera latinoamericana del cine, será una especie de talismán de la buena suerte. Por esas mismas fechas ese que había sido su enamorado fraguó la estrategia de batalla que pondría fin a la vida de –ni más ni menos– Emiliano Zapata.

Enrique Rosas siguió adelante con su carrera como director y al toque filmó «El automóvil gris» (!), una de las películas más importantes del cine mexicano.

Para la indómita Mimí que fundó su propia compañía de teatro las cosas fueron turbulentas por un poco más de tiempo, sin embargo, un puñado de años después regresó al cine, esta vez formando parte de «Santa» la primera película con sonido en el país; Mimí participó en 67 filmaciones más, convirtiéndose en una de las mujeres más icónicas de la historia del cine mexicano.

Por los recortes de diarios porteños podemos saber que a finales de 1917 Emilia Saleny estrenó «Delfina» y un par de semanas después protagonizó el cortometraje «Paseo trágico”, la primera película producida por un grupo de los alumnos de su ya prestigiosa academia de cine. En la reseña del diario «La Patria» se destaca que alrededor de mil personas acudieron al estreno de la película breve, también dedica algunas palabras al trabajo de Saleny interpretando el papel de «Mimí» una actriz que vive una serie de desventuras por culpa de la guerra.

No hay pistas de la carrera de Emilia en todo 1918 a excepción de un par de estrenos de pequeñas películas hechas por sus alumnos. De ese año también existe el contrato de inversión que firmó con uno de sus alumnos para la producción de «El pañuelo de Clarita«. Si uno creyera en esas cosas, podría pensar que algo en su fortuna se había agotado. Recién a finales de 1919 –unos meses después del cierre de Azteca Films, cosa de la que ella no tendría conocimiento alguno–, finalmente se estrena en el Crystal Palace «El pañuelo de Clarita» dirigida por Emilia Saleny que en estas fechas ya tenía 25 años.

No queda ni una sola pista en los diarios de que Emilia acudiera a alguna proyección de la película, sabemos por los afiches que anunciaban el estreno de la película que su nombre había sido deliberadamente omitido y que en cambio salió muy grande el nombre del alumno escritor del argumento. Sabemos por algunos desplegados que inclusive hubo diarios que lo nombraban erradamente a su alumno como el autor de la película.

Sabemos porque queda copia del contrato, que Emilia tuvo que firmar una cesión de los derechos de distribución y explotación de su película en favor del alumno escritor y co productor; en el contrato explica que fue estafada por el operador fotográfico Luis Scaglione, quien se quedó con la plata del servicio y nunca reveló la película… En el mismo deja instrucciones para el corte final, lo que indica que tampoco vio la primera copia de su película.

Las reseñas escritas sobre Clarita son varias, y en todas ellas, especialmente haciendo la comparativa del argumento escrito con la filmación queda expuesta la habilidad cinematográfica de la directora. No sólo en el trabajo de dirección de actores que se remarca casi en todas ellas como una labor de excelencia, sino especialmente en la sensibilidad que demuestra para comprender el potencial emotivo de la historia; remarcando de una forma sutil –con el naciente lenguaje cinematográfico–, sus puntos más fuertes y conteniendo magistralmente los momentos que podían ascender al patetismo. En la labor de realización de Emilia al hacer Clarita se demuestra un talento adelantadísimo para su época en la construcción de la puesta en serie, con decisiones estructurales que son simple y sencillamente geniales.

Emilia Saleny no volvió a dirigir… Tampoco se tienen pistas de que volviera a actuar, de su vida no se sabe prácticamente nada más hasta 1978, fecha de su muerte. «El pañuelo de Clarita» es la única película de Saleny que sobrevivió el descuido del tiempo, los embates a una industria menospreciada que además suele ser especialmente descuidada con sus autoras.

Nada parece indicar que las dos Mimís tuvieran idea de la existencia la una de la otra, ni de cuánto tuvieron en común sus historias; mucho menos de la carrera involuntaria para estrenar esa primera película.

Es justicia saber quién fue la primera directora de cine en un país, en una región y cuál fue esa película. Es irónico que en estos cien años de cine, fuimos construyendo al film como un símbolo de memoria, pero «La niña del bosque» primera película de una mujer directora se nos escapará por siempre como un recuerdo perdido, para no contar su historia nunca más.

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Aldo Plouganou