Crónicas galas de una pandemia anunciada: cada quien su cuarentena

Crónicas galas de una pandemia anunciada: cada quien su cuarentena

Marjorie Blanc y Alonso Pérez Fragua

@fraguando

Hace un mes, ambos tuvimos una entrevista para un puesto de dirección en un internado en la región de Champagne. Las prestaciones incluían alojamiento en el lugar, un castillo del siglo XVIII con varias hectáreas de bosque alrededor. Si nos dolió en el momento el no obtenerlo, este rechazo se siente más amargo ahora que vivimos encerrados en 60 metros cuadrados.

No todas las cuarentenas son iguales.

Crónicas galas de una pandemia anunciada: cada quien su cuarentena
Champagne en invierno. Foto: Serge Melki. Tomada de Wikimedia CC BY 2.0

La verdad, tampoco nos podemos quejar. Nîmes tiene cerca de 150 mil habitantes, tenemos sol, todos los comercios necesarios a menos de 500 metros.

En tiempos normales, la escuela de Malinali queda literalmente en la esquina de la casa, una decena de áreas verdes en un radio de un kilómetro, así como los Jardines de la Fuente, uno de los primeros parques públicos de Europa y el más grande de la ciudad, a menos de 10 minutos caminando.

Hoy, estos últimos espacios nos sirven de poco: los jardines diseñados por el Jacques-Philippe Mareschal, bajo órdenes de Luis XV, están cerrados y solo una de todas esas áreas verdes que nos circundan están en la zona que de acuerdo a los criterios del confinamiento nos es permitido visitar. 

Los Jardines de La Fontaine. Foto: Daniel Villafruela. Tomada de Wikimedia. CC BY-SA 3.0

En este pueblo grande o ciudad pequeña, según se vea, la gente ha acatado relativamente bien las reglas. La cuarentena parece entonces un largo domingo que no acaba. Tiendas cerradas, calles desiertas, silencio adormecedor en pleno centro de la ciudad, donde uno murmura para no despertar a los aldeanos de su siesta es lo que se vive hoy, pero también cada domingo de la era A.C. (Antes del Coronavirus).

Tampoco podemos comparar nuestra condición con la de Guilaine, la hermana de Marjorie que vive en la periferia de Bruselas. Para empezar, ella y su esposo siguen trabajando desde casa, gozando al 100 por ciento de sus sueldos.

Nuestras dos sobrinas están acostumbradas a jugar solas y sus recámaras parecen jugueterías. Castillo inflable de Frozen, cabaña de madera afuera y de tela en el interior (también de Frozen), trampolín, cajas de supermercado, casa de muñecas… Jardín con columpios y acceso al bosque.

Pero hay justicia en la vida: mañana el sol no se asomará y les regalará menos 2 grados centígrados. Con un servicio de tiendas a granel que de por sí entrega a domicilio, con o sin cuarentena, lo que cambió en su rutina es que ya no se levantan en las madrugadas heladas para salir a sus trabajos y que leen sus correos en pijama.

La cuarentena de Sylvie, sin embargo, es quizá más parecida a la de un gran sector de la población. Ella es mamá de uno de los mejores amigos de Malinali. Unas semanas antes de la crisis recibió su aviso de desalojo por falta de pago de renta. En Francia, del primero de noviembre al 31 de marzo, ningún propietario puede expulsar a sus inquilinos, sean cuales sean sus razones. La medida busca proteger a los más vulnerables durante el invierno, responsable de decenas de muertes cada año. En su primer mensaje, Manu (como le decimos los íntimos al presidente galo) decidió que a situación extraordinaria, protecciones extraordinarias. No, no hablamos de surtirles máscaras y gel antibacterial a los médicos, ni de garantizar salarios justos a las enfermeras. No, eso qué: ni que hubieran muertos ya los primeros cinco doctores a causa del bicho este durante el fin de semana pasado.

Lo que hizo Manu fue extender esto que se conoce como la “tregua invernal”, a todo mundo y hasta el 31 de mayo. No obstante, para quienes recibieron sus avisos de expulsión, esta prórroga no sirve de mucho pues no pueden visitar casas ni tampoco iniciar solicitudes de hospedaje de emergencia ante los organismos competentes.

Muchas de esas personas no tendrán ingresos durante dos meses, así que ni hablar de ahorrar y pagar el depósito del próximo departamento. Sylvie trabaja 15 horas a la semana en una “épicerie solidaire”, supermercado manejado por una ONG para los más vulnerables (vagabundos, ancianos, estudiantes… la propia Sylvie) y su pareja es (o más bien era) mesero en un restaurante (clausurado por cuarentena). 

Manu garantizó el seguro de desempleo técnico, pero eso significa 60 por ciento del salario regular bruto y no todos los empleadores lo aplicarán. Las condiciones para quedarse en casa y practicar el distanciamiento social en Francia son, sin lugar a dudas, mejores que en otros países, pero tampoco resolverán todos los problemas.

No todas las cuarentenas son iguales.

No nos podemos quejar. Estamos juntos. Yoda Chalupa, nuestra perra a quien adoramos, nos da el pretexto perfecto para salir de dos a tres veces al día, siempre armados con nuestros formatos de autorización, para evitar la multa de 135 euros. He ahí nuestra recompensa a 6 años de trato de princesa y a esa cucharada diaria de aceite de salmón (¡no es capricho!, es tratamiento médico para un pelaje sedoso y robusto). 

Estamos acostumbrados desde hace tiempo a las sesiones semanales de Skype con los abuelos, y a los audios y videollamadas con los amigos que dejamos en México y Marruecos. Y no es que las nuevas amistades se acumulen diariamente: con la edad, la misantropía se apodera de nosotros. Llevamos meses trabajando de noche, desde la casa, sobre nuestras computadoras, interrumpidos a cada rato por nuestra hija que, con cara de circunstancia, viene a quejarse de que le duele el coco en la rodilla (como justo lo acaba de hacer) y nos pide, con la misma cara, la pomatada porque tiene mucha-mucha-mucha comezón en la foufoune, eufemismo galo para vagina (como también lo hace ahora).

Lo dicho, no todas las cuarentenas son iguales. Y en esas diferencias estará el salir adelante o no.

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