#8M Postales de una inédita marcha de mujeres en Puebla
Por Lado B @ladobemx
09 de marzo, 2020
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Marielo Polo, Aranzazú Ayala, Paula Hernández y Mely Arellano

@aranhera | @melyarel

Sí me representan, gritamos muchas al ver las pintas de quienes habían marchado antes que nosotras. Una señora se me acercó y me dijo: Hay que gritar la de “no sea indiferente” para que cuando los que no están marchando nos oigan, les pegue. No solo queríamos que nos vieran, queríamos que reaccionaran. Mujer consciente se une al contingente. Mi experiencia con el 8M empezó hace poco, ya en la universidad, pero en general la gente había sido justo eso: indiferente; unos cuantos que se asomaban a ver qué pasaba, otros que iban caminando o en su coche y les tocó la manifestación. Ni siquiera digo que no les importaran las mujeres violentadas y asesinadas; simplemente no les importaba la marcha. Hoy la gente respondía, mujeres con niños, señoras de la tercera edad, incluso hombres aplaudiendo o levantando el puño desde la banqueta, mientras miles de mujeres recorríamos el boulevard por una lucha que no es nueva y que no se ganó hoy, pero que es para todas. Se va a caer, lo vamos a tirar. 

Foto: Marlene Martínez

Foto: Olga Valeria Hernández

Foto: Olga Valeria Hernández

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Argelia Romero Cinto es mamá de Olga Nayeli Sosa Romero, asesinada el 9 de junio de 2014. Su esposo Moisés está preso por el feminicidio, pero el proceso todavía no llega a su fin. La señora Argelia no es una persona muy pública, pero como cada año estaba en la marcha del 8 de marzo. Este domingo de 2020, en la marcha del 8M más grande que ha habido en Puebla, la señora Argelia estaba hasta adelante, en la primera fila de la movilización de cerca de 15 mil mujeres. Con su hija Alejandra, su nieta y otras mujeres de su familia, Argelia compartió el espacio con la mamá de Paulina Camargo Limón, asesinada el 26 de agosto de 2015 por su novio José María. Al día de hoy, el cuerpo de la joven que estaba embarazada al momento de su feminicidio, todavía no ha sido encontrado.

Las consignas del inicio de la marcha, del bloque que irrumpía con la normalidad del domingo en el centro de la capital poblana, eran diferentes al resto. Lo que más se escuchaba era “Las mamás no queremos ni una más”, y “Nos faltan mujeres, nos sobran asesinos”.

Aunque en general la marcha fue festiva, de mucha lucha y de mucha esperanza y unión, en las primeras filas, en el contingente inicial encabezado por mamás de víctimas de feminicidio y desaparecidas, lo que más se sentía era rabia y era dolor, por tantos casos impunes y por tanta falta de justicia en Puebla.

Foto: Ámbar Barrera

Foto: Ámbar Barrera

Foto: Olga Valeria Hernández

Foto: Olga Valeria Hernández

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En una calle angosta se escuchan gritos de coraje que algunos oyen inertes. 

Un contingente que pide a gritos justicia camina con pancartas y fotos de aquellas que ya no están aquí; con nombres de hijas, madres, hermanas y amigas que han desaparecido, que han sido asesinadas, mientras los demás, quietos, las ven. Pero que siguen aquí, en esta lucha por la justicia, en este sinsentido que es México. 

Entonces me lleno de coraje y grito también: “Señor, señora (escuche), no sea indiferente (¿acaso no ve?). Matan a las mujeres en la cara de la gente”. Matan a las mujeres en la cara de la gente. ¡Matan a las mujeres en la cara de la gente!

Y se queda un nudo en la garganta, de esos que te hacen derramar lágrimas ante la impotencia; de esas que arden cuando caen por la cara; de esas que dejan cicatrices por su paso; de esas que no se olvidan, porque aún secas siguen doliendo. 

Señor, señora, no sea indiferentenos matan en la cara de la gente.

Foto: Ámbar Barrera

Foto: Ámbar Barrera

Foto: Ámbar Barrera

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Una señora está parada en avenida Palafox, casi en la esquina del zócalo, en la mano sostiene una foto mientras narra cómo encontraron el cuerpo de su hija, en un río, amarrada. La marcha se ha detenido y un centenar de jóvenes la rodea. De pronto, una muchacha de cabello largo rompe el círculo para abrazar a la señora, y se echa a llorar con sentimiento. Su cuerpo se agita, el llanto no cesa. Las chicas alrededor comienzan a gritar: “No estás sola, no estás sola”. 

Es un momento, un momento muy breve, pero enorme. Todas las que estamos ahí somos testigo de un dolor que nos atraviesa: le pasó a ella pero pudo ser cualquiera de nosotras. 

Foto: Marlene Martínez

Foto: Ámbar Barrera

Foto: Marlene Martínez

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Una decena de mujeres jóvenes se acerca encapuchada al Ángel Custodio, ese monumento con forma de trompas de falopio. Algunas comienzan a pintarlo mientras otras sacan una manta negra y unos carteles para protestar e impedir, al mismo tiempo, que las fotos alcancen sus rostros; temen la criminalización.

A unos pasos avanza el contingente. Unas señoras gritan: “No pintar, no pintar”. A su lado, unas chicas con pañuelos verdes contrarrestan: “Sí me representan, sí me representan”. Las señoras insisten: “No pintar, no pintar”. Una más grita: “Es nuestro, por qué lo rayan si es nuestro”. Las chicas de pañuelos verdes lanzan ahora un: “Fuimos todas, fuimos todas”. Y apenas unos segundos después, se escucha: “Las paredes se limpian, las muertas no regresan”. Las señoras guardan silencio. La marcha sigue.  

Foto: Olga Valeria Hernández

Foto: Olga Valeria Hernández

Foto: Olga Valeria Hernández

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La protesta es enorme, la columna compuesta por miles de mujeres se extiende 12 calles, marchan de la Fiscalía hacia el zócalo. Algunas llevan carreolas, otras van en silla de ruedas, algunas más portan la foto de su hija, hermana o amiga asesinada o desaparecida. Algunas se conocen. Pero la mayoría, no. Eso no impide que se vayan cuidando, que se sonrían, que griten juntas, que brinquen, que bailen. No importaron la edad, las creencias, la filiación política ni la orientación sexual, eran todas y la misma. Marcharon por ellas y por las que faltan, las que no pudieron, las que les arrebataron. Marcharon con rabia, con furia y con temor. Pero lo hicieron. Lo hicieron como nunca. Que a nadie se le olvide nunca. Hicieron historia. 

Foto: Ámbar Barrera

Foto: Olga Valeria Hernández

Foto: Olga Valeria Hernández

*Foto de portada: Ámbar Barrera

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