Un mundo lógico

Un mundo lógico

Fachada del “REAL CINEMA» en la calle Colón 17, Col. Centro, esquina con Balderas, entre Humboldt y Reforma. Fila para la película «Maratón de baile» de 1958.
Aldo Plouganou

@AldoPlouganou

Como la espuma en una copa de champagne, el aire se lleva rápido los humos y fervores de los Oscares. Han pasado los días y ya no quedan rastros de lo sucedido en la entrega de premios, a excepción de unas cuantas muestras exacerbadas de algunos con tal de ser parte de la conversación; como aquella viña chilena que se jactó de salir en Parásitos y… bueno no. Sin embargo, una frase serpentea incesante los rincones de mi mente haciendo más difícil de lo habitual eso de #soltar.

“En un mundo lógico debería ganar The lighthouse”, leí por ahí en algún momento de esa noche. Desde entonces la frase me acecha   –como una división entre cero a un robot–, porque no hay nada más ilógico que hacer competir al arte. Solo en la más ilógica de las versiones de este mundo pondríamos en disputa por un título a cualquier cosa que está fundamentalmente construida para hacernos explorar un poco más lo que somos como individuos o como especie, para buscar respuestas de por qué estamos aquí y a dónde vamos. 

Pero, ¿por qué? ¿por qué vemos los Oscares? Si uno lanza la pregunta al aire, o por lo menos al ciberespacio, la mayoría de las respuestas tienen que ver con el espectáculo: la tan sagrada institución estadounidense de entretener –igual cada año se queja tanta gente de lo aburrido que fue, que siempre hay una nueva estrategia para hacerlo durar media hora menos en la siguiente edición–. 

En cierto momento el relato era que esa noche estaba integralmente destinada a celebrar al cine… Curioso celebrar a un todo eligiendo quién y qué es mejor que lo demás  . No tengo dudas de que por un buen rato debimos creer genuinamente ese verso, pero en algún punto ese verso se hizo viejo y, como si fuera la razón original, se suplantó por otro y luego por otro y otro más. 

Si miramos un poco más de cerca hay un porcentaje alto de personas que ven la entrega por querer pertenecer, para estar en la charla donde todos están, para ver lo que todos ven; enterararse en vivo de ese chisme que va a atravesar el cotilleo de los pasillos en la oficina, la escuela, la casa al día siguiente. 

A veces más que acercarse, lo mejor es alejarse. La más amplia de las respuestas a por qué miramos los Oscares es: porque tenemos una relación de poder… una carnal y tóxica relación de poder con la industria cinematográfica gringa. No es raro, todos hemos sentido, más allá del espectro ideológico que habitemos, que la actitud impositiva, violenta, demoledora de todo lo que sale de Estados Unidos es, a estas alturas, un sello de identidad. 

Nos hacemos a la idea de que tenemos que seguirlos, de que lo mejor sucede ahí; de que tienen el monopolio de la popularidad, de lo que queremos ser y saber; de conseguir lo más grande, lo más impactante, lo más significativo, lo más entrañable y entretenido. 

Lo hacemos aunque casi todo su cine se filma en Australia por los incentivos fiscales y las ventajas económicas que da el cambio de moneda. Prácticamente todo se post produce en Canadá por exactamente las mismas razones, y está hecho por equipos integrados por una significativa cantidad de extranjeros, que dicho sea de paso tienen copadas casi cualquier lista de “Los mejores”.

Y eso, más allá de no ser casualidad, más allá de ser un terrible verso, es curioso porque tampoco es tan complicado de entender. Estados unidos no nos trata así por casualidad. Hasta en la retórica capitalista nos ningunea privilegiando las tendencias de la plata que hace indoors sobre la plata que hace overseas, independientemente de que el dinero es dinero aquí como allá. Pero es ese destrato el que nos tiene con la vela encendida, es justo eso lo que nos tiene atentos pidiendo entidad, un mimo, un gesto; rogando con argumentos “sustentados en la lógica” que la academia de un país extranjero reconozca el valor de gente que no es de su país; que sus películas nos representen un poco más, que nos cuenten nuestras propias historias.

Cómo honramos a nuestros muertos en el día que los celebramos (Coco); el ascenso, sacrificio y caída de la mujer más importante en la política latinoamericana del siglo XX (Evita); las tramas intrincadas de poder en la guerra contra el narcotráfico (Sicaro); la relación cotidiana de nuestra fauna sumergida en grandes orbes por la súper urbanización de nuestras tierras (Río); los dramas coyunturales de nuestros genios fuera de época (La desaparición de García Lorca); la evangelización católica de nuestros pueblos originarios (La misión), y un larguísimo etcétera. 

Decía que no es casualidad, pero este círculo vicioso tampoco es inquebrantable. Nuestra palabra segura, nuestro código de escape es: atención. Toda la estructura de esta relación está diseñada para hacernos creer que justamente ellos son los del poder, pero el poder real está en nuestra atención, lo que todos estos años los ha hecho invencibles es que se las dedicamos incondicionalmente; sin ella no existe el cotilleo de la oficina, la sobre mesa o las redes. 

Charlemos un momento de su poder en función de nuestra atención. Según Variety esta entrega tuvo 23.6 millones de espectadores, un número fuerte para una sola noche si pensamos, por ejemplo, en la atención que le ponemos a nuestras películas en varias semanas: 15.2 millones de personas vieron la película mexicana más taquillera en México (No se aceptan devoluciones), en Argentina 3.9 millones vieron Relatos salvajes, y en Brasil 10.7 millones miraron Tropa de Elite 2.

Miles de personas en la calle peatonal Lavalle, en el cambio de turno entre la primera y segunda función de sábado por la noche, a finales de los 70.

Ahora, la musculatura del querido Oscarito (23.6) no es tan impresionante en perspectiva si la comparamos con los suscriptores de la youtuber Yuya (24.3), o el poblano Luisito Comunica (29.5), con la joven estrella Albano-inglesa Dua Lipa (39.5), el afamado perfil hongkonés para ver memes 9gag (51.5), nuestra latina de antología Shakira (64.5), el multi temático youtuber PewDiePie (103), y no digamos compararlo con Lionel Messi (143 millones de seguidores). 

Nuestra atención es un enorme poder, y francamente, va siendo momento de que nos hagamos cargo de lo que empoderamos con ella. Como mínimo, tratemos de ser más consciente sobre a qué le cederemos esa fuerza y por qué lo haremos. Variar nuestra dieta cultural un poco más y darle algunos sabores que contrasten la hamburguesa de cada quince días, podría ser un buen lugar para iniciar… “La abstinencia es la medida del placer”, dice una vieja máxima argentina. Podríamos darle un poco más de chance a los relatos locales, desahogar ahí y no en tierras lejanas las ganas de ser interpelados por nuestras historias; y tenerles, por lo menos, la mitad de la paciencia a nuestras industrias cinematográficas que la paciencia que se le suele tener a Rápido y Furioso, el universo cinematográfico de DC o a los últimos siete refritos de Disney que, seamos francos, vienen promediando puntajes más bajos los que mariscos en el estadio . 

Independientemente de los gustos, valdrá la pena tener un poco más presente –en el vértigo de nuestro entorno globalizado– que somos nosotros los que hacemos posibles una tendencia; somos nosotros los que tenemos el poder de balancear la distribución de fuerzas para hacer de este, un mundo más lógico.

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