Salón Independiente: una exposición sobre la libertad artística a finales de los 60
La exposición “Un arte sin tutela: Salón Independiente en México 1968-1971” hace la reconstrucción del primer movimiento artístico autogestivo en el país
Por Majo Andrade @MajoAg23
24 de febrero, 2020
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Foto: Cortesía

María José Andrade Gabiño

@MajoAg23

Pinturas abstractas, una pared hecha de conos de cartón, objetos artísticos inclasificables por el uso de estructuras y materiales inusuales, esculturas móviles, un pasillo que juega con luces y espejos para cambiar la perspectiva de longitud, pinturas sobre sillas o sobre maniquís, ambientes efímeros, instalaciones de papel y cartón, arte postal, producción audiovisual.  

Ese es el tipo de piezas que se exponen en “Un arte sin tutela: Salón Independiente en México 1968-1971”, en el Museo Amparo. Los artistas pertenecieron a un grupo que a finales de los sesentas del siglo pasado, se opusieron al discurso del arte del Estado y propusieron una nueva forma de organizarse desde la autonomía y la libertad creativa. 

“Un arte sin tutela” es a la vez un estudio historiográfico y una reconstrucción de las tres exposiciones que el Salón Independiente (SI) realizó en 1968, 1969 y 1970. 

Compuesta por más de 150 obras, algunas rastreadas por la curadora Pilar García y el artista Brian Niessen y otras vueltas a hacer bajo la supervisión de los artistas -ya que se destruyeron por sus materiales precarios-, la exposición se inauguró el 15 de febrero en la ciudad de Puebla. 

El grupo del SI, desde la experimentación de materiales y nuevos lenguajes artísticos, rechazaron la utilización de los artistas por el sistema gubernamental para crear discursos de identidad nacional -fenómeno que se intensificó en 1968 con las Olimpiadas-, así como la represión de la libertad en el país -cuya máxima expresión fue la matanza de estudiantes en Tlatelolco-.

La exposición evidencia la complejidad del campo artístico y cultural entre 1968 y 1971, y reconoce al Salón Independiente como el primer gran movimiento autogestivo de artistas en México e inspiración para la actual efervescencia de colectivos artísticos que desea separarse del aparato cultural institucional.

Libertad, autonomía y autogestión

Al ingresar a la exposición la primera pieza que el espectador ve es una escultura compuesta por piezas de acero pulido que soldadas entre sí generan dos picos hacia fuera. Son la representación de unas alas, evidentemente futuristas y fabricadas por la mano humana, como lo demuestra la soldadura fragmentaria, del tamaño necesario para que un adulto vuele. Es Ícaro de Pedro Cervantes, que funciona como una declaración de libertad a la que el Salón Independiente aspiraba. 

Foto: Cortesía

El SI surgió en oposición a la Exposición Solar que en 1968 el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) organizó con motivo de las XIX Olimpiadas. La convocatoria llamaba a artistas a exponer “pintura, escultura y acuarela”, interesados solo por el arte figurativo, lo cual demostraba que las instituciones no entendían el arte que se realizaba en la época -experimental y abstracto o conceptual- que distaba mucho de esas técnicas y clasificaciones tradicionales.

Por ello, un grupo de artistas, entre los que destacan Manuel Felguérez, Brian Niessen, Vicente Rojo y Kazuya Sakai, se organizaron como disidentes de lo que el Estado dictaba que debía ser el arte en México y crearon el Salón Independiente como un espacio donde el criterio era la innovación artística.

En la primera edición del SI –inaugurado el 15 de octubre de 1968 en el Centro Cultural Isidro Fabela– participaron 46 artistas, de los cuales la mayoría participó  como un acto de desaprobación a los eventos del 2 de octubre del mismo año, cuando el gobierno asesinó masivamente a estudiantes en Tlatelolco. 

Sin embargo, como algunos de los jóvenes artistas eran extranjeros residentes en México que temían las represalias si se pronunciaban abiertamente respecto a los eventos sangrientos, el SI prontamente se pronunció apolítico, aunque siempre anti institucional. No solo rechazaron al INBA, sino incluso decidieron no participar en bienales ni en ningún concurso donde estuviera involucrado el Estado.

En la exposición solo una obra remite a la matanza de estudiantes, Tlatelolco (estudiante acribillado) de Felipe Ehrenberg. Una pintura-ensamblaje de metal y madera, dividida a la mitad, donde del lado izquierdo una placa roja tiene una silueta humana cayendo y del lado derecho, en una placa amarilla incompleta, se puede observar la misma figura, pero con unas piezas redondas de metal incrustadas a modo de balazos.  

Las demás piezas que componen la reconstrucción del primer Salón Independiente de “Un arte sin tutela”, se mueven entre el arte abstracto y conceptual. Destacan, por ejemplo, las pinturas de Antoni Peyri, Tríptico de un mundo sin sol, de luces interiores, que entre colores morados, negros y grises remite a una voluptuosidad abstracta, entre movimientos y transparencias, son tres óleos montados sobre una estructura de madera.

Por otro lado, la hipnotizante Heliogonía de Ernesto Mallard, que sin ser escultura –tal vez podría ser categorizado como un ensamblaje o un objeto– presenta tres paneles donde se incrustan líneas de metal en diferentes patrones para crear ilusiones ópticas. O la también inclasificable Quinta dimensión de Lorraine Pinto: dos semiesferas huecas de acrílico con cubos de colores también de acrílico apilados dentro, iluminados por un foco azul desde abajo y con efectos de sonido; que a primera vista puede ser una escultura no convencional hasta que se cuestiona el papel del sonido y la iluminación.

Foto: Cortesía

Al ver estas obras se comprende el disgusto que generó en los artistas el encasillamiento de la convocatoria del INBA al requerir “pintura, escultura y acuarela”. Ellos estaban produciendo obras mucho más allá de lo convencional, explorando límites y nuevos lenguajes artísticos, produciendo un arte más enfocado en las sensaciones y la experimentación. 

La utilización de los artistas por el sistema gubernamental para crear discursos de identidad nacional, que era el objetivo de las convocatorias en 1968, a los integrantes del SI les parecía anacrónico y una opresión a la libertad artística. Por ello, son considerados como el primer gran movimiento autogestivo de artistas en México e inspiración para la actual efervescencia de colectivos artísticos.

La lucha por la autonomía se vio reflejada en la organización de los artistas, que se unieron a pesar de diferir en tendencias artísticas o en convicciones políticas. Ellos financiaron todas las exposiciones del SI, obteniendo recursos por medio de subastas y venta de obra que destinaban exclusivamente para exponer como un frente unido, y mantenerse como un espacio donde todo arte audaz tenía cabida. 

El ambiente de experimentación

Entre las salas que reconstruyen el Salón Independiente de 1968 al de 1969 se encuentra una instalación de Helen Escobedo: una especie de túnel techado por tiras blancas, entre las cuales se cuela la luz, que el espectador tiene que cruzar, caminando junto a un espejo, cuya función es pretender, a la vista, que el pasillo es más largo de lo que realmente es. Es la construcción de un ambiente transitable y efímero –porque es creado in situ y la artista hizo una réplica para “Un arte sin tutela”–, llamado Corredor blanco

Foto: Cortesía

Esa es una de las primeras piezas donde más se refleja la experimentación por la que apostaban los artistas del SI. Se cuestionan cosas como el papel del espectador en la obra y los materiales y soportes nuevos que utilizaron para producir obras.

En la exposición de 1970 –la última que realizó el SI– es donde esas prácticas fueron explotadas con mayor intención creativa, pues por falta de presupuesto los artistas utilizaron el cartón y el papel como materiales principales para sus obras.

Destaca la obra de Gilberto Aceves Navarro quien, utilizando periódicos desgarrados y pintados de negro, produjo una especie de cuarto, al que se puede acceder. En el centro están los restos de una quema de libros: cenizas, hojas carcomidas por el fuego y libros incompletos. La obra pretende cuestionar la información desde los medios de comunicación y la priorización del texto sobre otras formas. 

También sobre sale Ambientación alquímica de Marta Palau, que consiste en paneles de madera movibles –como puertas– forrados de papel periódico sobre los cuales pintó símbolos alquímicos. O las piezas de cartón coloridas de Sebastián (Enrique Carbajal) que están armadas con fuelles, que remiten a formas abstractas y a gran escala de origami, por lo que el espectador –en teoría– puede moverlas y cambiar sus formas, a las que denominó “ejercicios prácticos de formas y color”.

Moda y cine

Debido al afán de experimentación y el rechazo a los discursos serios desde las instituciones, los artistas del SI adquirieron cierto interés lúdico e interdisciplinario para la realización de su obra. 

Eso es muy evidente en las piezas movibles y transitables, de juegos de texturas y materiales, pero también se ve reflejado tanto en su influencia en ciertos movimientos cinematográficos como en la iniciativa –que nunca se llevó a cabo por falta de presupuesto– de hacer un happening emulando a un desfile de modas en colaboración con Carlos Monsiváis, Alejandro Jodorowsky y Juan José Gurrola. 

En 1969 algunos cineastas, como Felipe Cazals, Pedro Miret, Rafael Castanedo y Arturo Ripstein, formaron el grupo Cine Independiente en México, con una gran influencia del Salón Independiente. También tuvieron la intención de alejarse de las instituciones y de las tendencias comerciales del arte. Los dos grupos se ayudaron mutuamente, colaborando en la gestión recursos e incluso financiándose unos a otros. 

En “Un arte sin tutela” se puede ver la cinta titulada Salón Independiente 69 que, a manera de documental, con tintes humorísticos, hicieron Castanedo, Cazals y Ripstein sobre la exposición de los artistas plásticos, esto con la intención de retribuirles el apoyo que les brindaron para hacer otros filmes. 

Sobre el desfile, en la exposición del Museo Amparo hay un espacio dedicado a los bocetos de los diseños de las prendas por diferentes artistas del SI: un vestido con los senos descubiertos; una especie de sombrero puntiagudo imposible usar; un bikini hecho de manos; unos rayos saliendo de la cabeza de la modelo; un blusa de styrofoam -el poliestireno con el que están hechos los trastes desechables-; y muchos otros dibujos de ropa imposible de hacer y vestir, geométricas, de materiales inusuales, altamente sexualizadas, que retan convenciones sociales acerca de la alta costura, el vestir y el cuerpo mismo. 

Parte de su objetivo, según lo documentado, era hacer una crítica a la sociedad de consumo -que se puede apreciar sobre todo en las prendas imposibles o las realizadas con materiales como el styrofoam- al mismo tiempo que demostrar  la inspiración de la moda en el arte y viceversa.  

Aunque el evento nunca se realizó, se puede apreciar el interés del SI por producir desde diferentes disciplinas, con proyectos disruptivos que establecían que no consideraban que la abstracción y conceptualidad del arte contemporáneo estuviera peleado con la crítica social y política.

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“Un arte sin tutela: Salón Independiente en México 1968-1971” estará en el Museo Amparo hasta el 15 de junio de 2020.

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Majo Andrade