¿Realidad simplificada por no entendida?
Roberto Alonso analiza las respuestas que el presidente López Obrador y su gobierno han dado ante las críticas por el creciente número de feminicidios
Por Paula Hernández Gándara @
17 de febrero, 2020
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Foto de lavaca.org

Roberto Alonso

@rialonso

“No nos pinten las puertas, las paredes, que estamos trabajando para que no haya feminicidios, que no somos simuladores”, pidió Andrés Manuel López Obrador a grupos feministas el pasado 17 de febrero hacia el final de su mañanera. El viernes anterior, 14 de febrero, mientras el presidente sostenía su ritual informativo, un centenar de mujeres protestaban ante el brutal feminicidio de Ingrid Escamilla afuera del Palacio Nacional, exigiendo al mandatario pronunciarse al respecto.

“No esperen que nosotros –continuaba el mensaje presidencial– actuemos como represores”. Tres días antes, la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, Nashieli Ramírez Hernández, denunció que la policía capitalina utilizó extintores de manera excesiva para dispersar a las mujeres que tomaron las calles clamando justicia por el mismo feminicidio, disparando polvo químico seco en la cara de las manifestantes.

La protesta afuera del Palacio Nacional que rubricó una de sus puertas con la leyenda “Estado feminicida”, junto con la intervención de la activista Frida Guerrera en la mañanera, llevaron a López Obrador a improvisar un decálogo que rápidamente fue cuestionado por redundar en lugares comunes y no incluir acciones concretas para enfrentar la violencia feminicida.

Con una fuerte impronta gramsciana, el antropólogo Alejandro Grimson distingue cuatro momentos en los procesos de emergencia de nuevos sujetos colectivos: el primero es el de una aparente estabilidad de la hegemonía, en la que ya se presentan algunos avisos de lo posible; el segundo es el momento de la emergencia, con el que los sectores políticos dominantes se desconciertan actuando sin comprender lo nuevo que emerge; salvo que el sujeto emergente sea derrotado, el tercero fluctúa entre la transformación social y cultural, y la operación de mecanismos de coacción y negociación; el cuarto momento, por último, es uno en el que la hegemonía se estabiliza con nuevas características, nuevos repertorios de acción y nuevos conflictos.

Foto: Marlene Martínez

Más allá de la discusión alrededor de las fuerzas hegemónicas y contrahegemónicas, recupero este análisis para poner de relieve que en el segundo momento de un proceso de emergencia, fase en la que podríamos ubicar la lucha feminista actual contra la violencia de género en nuestro país, es usual que las acciones del poder instituido refuercen la potencialidad emergente por sus propias torpezas.

Y ante esos errores estamos: la molestia de López Obrador por las preguntas relacionadas con el feminicidio –por la que luego ofreció disculpas–, su ingenuo y pueril decálogo, el uso de extintores contra la protesta feminista, su llamado a no pintar puertas y paredes, o el “ahorita no” con el que respondió la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo, a la petición de un mensaje sobre la manifestación feminista del viernes pasado; sólo por recoger lo ocurrido en la última semana.

Es cierto que la cobertura periodística de las declaraciones del presidente acerca de los feminicidios ha sido tendenciosa en algunos casos. En estos días pudimos atestiguar cómo le atribuyeron a López Obrador la frase “no quiero que los feminicidios opaquen la rifa”, lo que llevó incluso a que el jueves 13 de febrero un grupo de mujeres quemaran la reproducción de un boleto de la rifa del avión presidencial, cuando lo que dijo en realidad, tras una fallida explicación del fiscal Alejandro Gertz Manero de lo que la oficina a su cargo pretende impulsar para hacer más sencillo el delito de feminicidio, fue lo siguiente: “Miren, no quiero que el tema sea nada más lo del feminicidio, ya está muy claro. Se ha manipulado mucho sobre este asunto en los medios, no en todos desde luego, los que no nos ven con buenos ojos aprovechan cualquier circunstancia para generar campañas de difamación, así de claro, de distorsión, información falsa”.

Foto: Marlene Martínez

Con todo, pese al dominio de la conversación pública, en la comunicación presidencial hay un área de oportunidad evidente para ser más precisos en ciertos planteamientos. Si lo claro respecto al feminicidio, según lo ha repetido el fiscal, es redefinirlo como todo homicidio en contra de una mujer, entonces el señalamiento de manipulación no es del todo impreciso, pues dicha formulación equivale a eliminar el núcleo del concepto.

Por el contrario, si lo claro es, como afirmó el propio mandatario en su mañanera del 13 de febrero, que no se harán modificaciones en la concepción del feminicidio “para reducir penas ni cambiar los tipos o causales”, la narrativa podría ser otra, y por ahí podría iniciar un decálogo a la altura de la realidad.

Dos apuntes

Uno. En medio de este debate, una arista cardinal es la cobertura periodística de los feminicidios. La filtración de imágenes debe ser castigada y también debe ser sancionada la publicación de imágenes y mensajes que revictimizan y atentan contra la dignidad humana. Leyes y protocolos hay, de modo que la responsabilidad es mayor. En un cartón del monero Rapé a propósito del lamentable papel de algunos medios de comunicación a la hora de reportar el feminicidio de Ingrid Escamilla vemos a tres feminicidas: quien la mató, quien filtró la foto y quien lucra con el morbo. A ese cartón le faltó un cuarto personaje: quien consume la foto como espectáculo. La sanción también está en nuestras manos.

Dos. En mi colaboración anterior sobre la propuesta de retipificación del feminicidio de la FGR, apunté que la falta de capacidades para la persecución de este delito es particularmente notable en los ministerios públicos. Después de escuchar el análisis en torno a esta medida de la directora de la organización EQUIS Justicia para las Mujeres, Ana Pecova, no cabe duda que esta ausencia también existe y de manera preocupante en los jueces. 

*Foto de portada: Marlene Martínez

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Paula Hernández Gándara