Puebla: cuna de oligarcas. Nuestros elitismos en diez notas a la deriva
Políticos, empresarios, antojitos callejeros y Santiago Mataindios se conjuran en este texto y narran la configuración de Puebla como tierra de oligarcas
Por Klastos @
13 de febrero, 2020
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Diana Cuéllar Ledesma

Bienvenidos a Puebla

Paseaba con mi familia por el interior del estado cuando accidentalmente llegamos a un pueblo en cuya entrada había un letrero enorme: “Bienvenidos a (nombre del pueblo). Cuna del comercio ambulante.” Además de despertar mis dudas en materia de historia y economía, el suceso me remitió a una publicación estupenda de los años noventa donde la artista Helen Escobedo recopiló los ejemplares más hilarantes y disparatados de la estatuaria pública en México. Uno de los aspectos más jocosos de aquel compendio de adefesios era que uno podía imaginar a sus respectivos autores intelectuales (generalmente políticos priístas de la vieja escuela) sintiéndose profundamente satisfechos con “su legado”.

Otro libro excelente vino a mi memoria cuando el equipo de Klastos me invitó a escribir sobre elitismo en Puebla. Ricas y famosas es una serie fotográfica de Daniela Rossell en la que la artista retrató a mujeres mexicanas jóvenes y acaudaladas en poses y lugares que ellas asumían como una ostentación de su status symbol, pero que en realidad generaban imágenes del kitsch más desquiciado. La propensión a asumir con solemnidad u orgullo cosas o situaciones ridículas, y que en muchas ocasiones hasta deberían dar vergüenza, es solo una de las muchas extrañezas de la rica y compleja cultura mexicana. Es por eso que no me sorprendería que cualquier día de estos a las autoridades poblanas se les ocurriera modificar nuestro letrero de recibimiento: “Bienvenidos a Puebla: cuna de oligarcas”.

Daniela Rossell
De la serie Ricas y famosas, 2002
Tomado de http://minusplato.com/wp-content/uploads/2016/12/52ce8c2d44ffbcd1ff678d41b975fbcf.jpeg

1. ¿Qué elitismo y para cuál nosotros?

Al igual que todo estereotipo, la idea de que Puebla es uno de los lugares más elitistas del país se sustenta en hechos que tienden a generalizarse, exagerarse y asumirse como verdades incontestables. Sin embargo, y como todo acontecimiento social, el elitismo poblano merece ser matizado más allá de los lugares comunes.

Un estereotipo a cuestionar sería aquel que dicta que todas las élites son iguales. Aunque esto último también se fundamenta en ciertos hechos constatables, creo que es necesario tratar de aclararnos sobre qué es aquello a lo que queremos referirnos cuando hablamos de “élites poblanas” o del “elitismo en Puebla”. ¿Cuáles son esas élites? ¿Por qué se caracterizan? ¿En qué son parecidas, iguales o distintas de otras a escala nacional e internacional? ¿Por qué merece la pena pensarlas? ¿De qué nos hablan sus prácticas sociales y culturales? ¿Cómo interactuamos con ellas? Son solo algunas de las cuestiones clave en torno a este tema. Tomando en préstamo los planteamientos de la pensadora franco-chilena Nelly Richard, considero que esas preguntas podrían sintetizarse en una sola: ¿qué elitismo y para cuál nosotros?

2. Ustedes, nosotros y los otros

La pregunta por el “nosotros” opera con base en una noción engañosamente sencilla que es la de la diferencia: alguien pertenece al “nosotros” si nos parecemos, y pasa a ser “ustedes” si somos diferentes.

A los mexicanos el cine nos enseñó a entender nuestras diferencias de una manera patéticamente simple y lastimera: nosotros los pobres, ustedes los ricos; pero las diferencias de clase no son el único factor a considerar cuando se habla de reducidos grupos de gente con ventajas. Hoy que el discurso político nacional parece nutrirse nuevamente de estos esquemas, causando encono, polarización y revanchismo social (pueblo contra fifís), resulta más urgente que nunca cuestionar las maneras en las que cada uno de nosotros ejerce, condena o interactúa con determinadas prácticas elitistas.

En esta ocasión, no obstante, creo que es más que evidente que cuando hablamos de las “élites poblanas” nos estamos refiriendo a los grupos con más dinero y poder, es decir, a las oligarquías políticas y empresariales, sus perniciosos cruces, y a algunos de sus allegados. No quisiera, sin embargo, caer en la cómoda posición de referirme a las prácticas y formas del elitismo en términos de un “ellos” que me permitiera escindirme hábilmente del problema y señalarlo sin asumirme como parte de él. El elitismo en Puebla involucra también cuestiones culturales, étnicas, de raza y, por su puesto, de género. En tal sentido se parece mucho a nuestro periférico: es feo, peligroso, no tiene para cuándo terminarse… y todos lo hemos transitado.

3. Distancia suficiente

La idea de Puebla como urbe de élites se nutre en gran medida de un hecho histórico que ha devenido casi un mito: la fundación de su capital en 1531 como “villa de españoles”. Lo primero que hay que decir al respecto es que la creación de la ciudad de Puebla fue parte de un experimento para solventar el fracaso del sistema de encomiendas con el que hasta entonces habían sido administrados los territorios de la Nueva España. La encomienda fue una mezcla fallida entre las unidades políticas indígenas (altépetl) y el sistema feudal de la Europa medieval.

Los españoles denominaron a los altépetl como “señoríos” y, respetando sus estructuras y funcionamiento internos, se los repartieron entre ellos. Sin embargo, la violenta competencia por poseer los mejores señoríos se disparó casi de inmediato hasta que llegó a ser insostenible. Inició entonces el proyecto de erigir ciudades “sin encomienda”, es decir, pobladas exclusivamente por españoles que no fueran conquistadores militares y, desde luego, sin indígenas. Por tanto, y a diferencia de otras urbes como la misma Ciudad de México, Puebla no se construyó sobre asentamientos indígenas preexistentes, sino en una zona por completo despoblada, pero rodeada por los importantes epicentros de Cholula, Huejotzingo, Tepeaca, etc.

En la Cartilla vieja de la nobilísima ciudad de Puebla, publicada en 1781, el historiador Pedro López de Villaseñor refiere algunas de las directrices para la creación de la nueva ciudad: pueblo de cristianos españoles, cercano a Tlaxcala y Cholula, en el camino de México a la Vera Cruz y, muy importante, “buscando siempre que la población estuviera lo suficientemente alejada de las comunidades indígenas, pero, al mismo tiempo, a la distancia suficiente para que éstas pudieran colaborar en el levantamiento del nuevo asentamiento . . . al tiempo que desde ella se podría controlar una de las regiones indígenas más densamente pobladas.”

Como puede verse, la voluntad de establecer distancia entre españoles e indígenas estuvo en la base misma de la fundación de la ciudad. Pero fracasó: las élites necesitaban de la periferia y se vieron forzadas a incorporarla.

4. Márgenes expandidos

Desde el inicio, la demanda de mano de obra, servidumbre y comercio agropecuario hizo necesaria una mayor cercanía entre la ciudad y la población indígena, causando una importante movilidad de esta última (y algunos asentamientos irregulares) alrededor de la traza española.

Ante tal situación, y a menos de diez años de la fundación de Puebla, el cabildo pidió a la corona la autorización para asentar a aquellos grupos en lo que se denominó como los “barrios de indios”, que fueron ubicados en la periferia de la ciudad, en lo que actualmente son los barrios de Analco, San Francisco, Xanenetla, La Luz, etc.

Hacia finales del siglo XVI los indígenas y “las castas” superaban numéricamente a los españoles y, como asegura el urbanista Ramón Gutiérrez, “la idea de la ciudad eminentemente española había caducado”. Sin embargo, las relaciones de poder no son un mero asunto numérico y a menudo resultan mucho más complejas de lo que normalmente se piensa. Hay siempre un grupo dominante dentro del conjunto de los dominados y un grupo dominado dentro del conjunto de los dominantes. Es lo que Nelly Richard llamó “estratificación de los márgenes” o, como suele decirse en el habla popular, para todo hay niveles.

Antes de la invasión española, las civilizaciones indígenas ya vivían de acuerdo a una sofisticada estructura de jerarquías sociales, y ciertas etnias sometían a otras. Esto no fue diferente durante la colonia y se agravó aún más después de la independencia. Por tanto, el esquematismo victimista que divide tajantemente a conquistadores y conquistados es incapaz de agotar, por sí mismo, las complejas relaciones de poder y dominio que se vivieron en México durante los tres siglos de virreinato.

La expansión de las élites hacia los márgenes ha sido incesante hasta nuestros días y, especialmente después de la fracasada reforma agraria tras la Revolución, ha tenido lugar de forma caótica, autoritaria y gandallista. Así ocurrió con los expropiados terrenos ejidales de la zona de Valsequillo y, más recientemente, con la denominada Reserva territorial Atlixcáyotl-Quetzalcóatl.

A pesar de que en inicio (durante los gobiernos de Mariano Piña Olaya y del actual director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlett Díaz) la expropiación se promovió, entre otras cosas,  como una iniacitiva para la construcción de viviendas de interés social, ahí se encuentran hoy (¡vaya sorpresa!) la zonas de mayor plusvalía inmobiliaria de la ciudad.

La reciente y paulatina incorporación de “las Cholulas” al dilatado espacio conurbado de la capital poblana tampoco ha estado exenta de conflictos relacionados con la tenencia y propiedad de la tierra. Es de sobra conocido el caso de los terrenos aledaños a la pirámide, que fueron expropiados entre 2014 y 2016 para la construcción de un parque turístico recreativo a pesar de las movilizaciones y la oposición de la población local. Tristemente, en la mayoría de estos procesos se comprueba la teoría de los niveles. Históricamente las periferias siempre han tenido enemigos dentro de casa y no han faltado en los procesos de despojos de tierras los “charros” o caciques locales que trabajen para los intereses del gobierno y las empresas, sacandoa cambio “su tajada”.

Volviendo a la colonia, si bien Puebla fracasó en su intento por ser una ciudad exclusivamente española, hay que decir que desde su fundación sí hubo en la angelópolis una importante presencia de peninsulares que a la larga concentraron gran poder económico, político y religioso. Eran, sin embargo, minoría. No obstante, la idea de Puebla como ciudad de españoles se implantó poderosamente en los imaginarios locales y nacionales, y hasta la fecha es uno de los mitos más socorridos por cierto sector de la población local al que le gusta pensarse como superior en comparación con zonas más marcadamente indígenas como, por ejemplo, las vecinas Oaxaca y Tlaxcala.

Durante el periodo colonial, Tlaxcala era ciertamente un enclave indígena, pero con una aristocracia (también indígena) poderosa y de gran abolengo. Esto se debió a que la nobleza indígena tlaxcalteca había recibido prebendas por parte de la corona española en reconocimiento a su temprana adhesión al catolicisimo y la conquista.

Muchos tlaxcaltecas fueron además enviados al norte para someter a los indios chichimecas y aquellos que se iban solían tener los mismos privilegios que los españoles, no sólo se les consideraba “cristianos viejos”, sino que también se les dotaba de tierras e hidalguía. Paradójicamente, fue por esa misma razón por la que luego los tlaxcaltecas ganaron fama de traidores en el México independiente (sobre su fama de malos conductores no tengo ni idea).

En resumen, desde la colonia los poblanos se sintieron mejores que los tlaxcaltecas, pero también inferiores a los capitalinos. Entonces, para afirmar su supuesta superioridad y amilanar el complejo de inferioridad, recurrieron a una apelación racial de origen que, aunque solo era real para una minoría, les permitía distinguirse frente a otros puntos de la geografía nacional e incluso de cara a la gran metrópoli.

Pintura de castas (anónimo), siglo XVIII, Museo Nacional del Virreinato, Tepotzotlán, México.
Tomado de: https://www.researchgate.net/figure/Fuente-Las-Castas-anonimo-Siglo-XVIII-Museo-Nacional-del-Virreinato-Tepotzotlan_fig2_262185906

5. Angelitos chinos, prietas poblanas

El color de piel y los rasgos físicos tenían implicaciones importantísimas en el contexto de una Nueva España cuya población estaba perfectamente clasificada de acuerdo con jerarquías raciales que aún pueden apreciarse en las pinturas de castas. Ser español quería decir ser blanco y eso a su vez significaba riqueza, poder y legitimidad social. A lo anterior hay que sumar un hecho importante: en los tiempos de la Inquisición, el linaje y la pureza de sangre no eran una cuestión menor.

Además de referir al éxito de la industria porcina, y la comprensible predilección de los paladares locales por el pozole y el chorizo, es probable que el dicho “cuatro cosas come el poblano: puerco, cochino, cerdo y marrano”, que data de, por lo menos, el siglo XVIII, también buscara de alguna manera resaltar el hecho de que en Puebla predominaban los honorables “cristianos viejos”, es decir, españoles que no tenían sangre musulmana ni judía ya que, como es sabido, aquellas religiones prohíben la ingesta del mentado animal. Afortunadamente, más de un musulmán encubierto logró escapar del Santo Oficio —y para más fortuna alguno de ellos debió inmiscuirse en la construcción de la Capilla Real de Cholula, cuya planta se asemeja más a una mezquita que a un templo cristiano, constituyendo así uno de los ejemplares arquitectónicos más fascinantes del continente americano.

No suele contarse en los libros de historia de la escuela que durante la colonia, y al igual que en muchos otros lugares de México, en Puebla hubo una importante presencia de esclavos africanos y asiáticos. Fue precisamente en aquel contexto de esclavitud en el que llegó a la ciudad el personaje que más tarde se convertiría en su principal ícono. Todo parece indicar que la llamada “China Poblana” fue una princesa hindú que llegó a México en la Nao de China, el navío comercial cuya ruta conectaba Filipinas y Acapulco alrededor de 1620. Sin embargo, en Puebla la vida de aquella mujer discurrió en condiciones muy diferentes a las de sus orígenes nobles, ya que tuvo que dedicar la mayor parte de su vida a la servidumbre doméstica. De esta manera, y para llamar a las cosas por su nombre, vamos a decir que el emblema de la ciudad es una esclava y criada asiática, víctima de lo que hoy conocemos como trata de personas.

Lo anterior permite concluir dos cosas. La primera: el espectro racial de la Puebla colonial fue mucho más amplio de lo que comúnmente se piensa (por ejemplo, el marido de aquella princesa hindú fue un esclavo chino). La segunda: si había esclavos tenía que haber gente rica que los comprara y mantuviera. En cuanto a las “mezclas” raciales hay que decir que no fueron pocas, aunque ciertamente nunca tan prolíficas como en las zonas portuarias de México. Sobre la riqueza, aquella acumulada durante los siglos XVI y XVII fue, en efecto, cuantiosa (y para muestra basta un vistazo al soberbio patrimonio que alberga la ciudad); no obstante, el auge minero del siglo XVIII hizo que el eje Veracruz-Puebla dejara de ser el centro económico de la Nueva España, y posicionó al norte y el bajío como las plazas más boyantes.

6. Aspiración y apariencia

A lo largo del siglo XVIII, en el tardío periodo colonial, Puebla cayó lentamente en una decadencia que la alejó de sus orígenes acaudalados y, en términos macroeconómicos, no volvió a recuperarse hasta entrado el siglo XIX. Entonces, si tenemos una sociedad empobrecida que antes fue muy rica y en la que la cuestión racial es determinante en todos los aspectos de la vida, no resulta extraño que aspirar y aparentar se hayan convertido en los dos verbos que mejor definan a la sociedad poblana hasta el día de hoy.

Quien no puede ser lo que aspira a ser, tiene que aparentarlo. Quien consigue serlo, se esfuerza por mostrarlo. Los burós de crédito y las revistas de sociedad han sabido capitalizar muy bien este afán poblano por la legitimación y las apariencias. Hoy las páginas de Rostros actúan involuntariamente como una mezcla entre las pinturas de castas y Ricas y famosas.

En todo México, pero especialmente en Puebla, el orden colonial legó un racismo que hemos introyectado hasta lo más profundo de nuestro ser con fatales resultados. A partir del siglo XX, y cada vez con más fuerza, el consumo ha devenido la práctica más habitual con la que la población ancestralmente herida intenta superar sus traumas de pobreza y discriminación mediante la adquisición comercial del status. Es lo que los antropólogos denominan como gastos de prestigio o consumo aspiracional.

Las clases medias urbanas tienden a calificar ciertas prácticas rurales como burdos despilfarros, pero los desorbitados gastos destinados a los multitudinarios “moles de pueblo”, así como a arcos florales, cuetes, música y demás componentes de las mayordomías, padrinazgos y fiestas patronales, forman parte de una particular manera de entender la sociedad y la economía: son inversiones, formas de gestionar la deuda y también gastos de prestigio que otorgan status y legitimidad social. ¿Qué tienen entonces en común las élites rurales y las urbanas? ¿En qué son diferentes los mecanismos de legitimación social de polos tan aparentemente alejados? ¿Dónde se inscribe cada uno de nosotros en este espectro?

7. Moros con cristianos

La producción cultural de la Puebla colonial no fue, como suele creerse, un simple y feliz mestizaje, sino una auténtica zona de conflicto y negociación entre los múltiples grupos que conformaban aquella realidad multifacética.

Además de la lujosísima Capilla del Rosario, el templo de Santo Domingo tiene una capilla “de mixtecos”, llamada así porque estuvo destinada a evangelizar a aquella etnia. También tiene un enorme atrio en el que se reunía a los naturales y se los catequizaba mediante, entre otras cosas, representaciones teatrales de las batallas de moros contra cristianos (como baile, esa representación es aún común en algunos carnavales rurales; por otra parte, “moros con cristianos” sigue siendo el nombre de  un platillo típico en algunos países del Caribe que consiste, básicamente, en arroz con frijoles ). La advocación mariana del Rosario, como la de los Remedios o Loreto, fue ampliamente difundida en la Nueva España, lo cual puede apreciarse claramente en Puebla, debido a su carácter bélico y triunfal. Al igual que Santiago Matamoros, todas ellas se relacionan con victorias militares cristianas sobre los musulmanes y, por lo tanto, no es casual que se usaran también para someter y evangelizar a los aborígenes americanos.

Que la cenefa de talavera de la Capilla del Rosario tenga plasmados algunos angelitos prietos es un feliz accidente. Que Santiago Matamoros se convirtiera en América en Santiago Mataindios resulta bastante lógico. Y que las élites indígenas del centro del país veneraran cuadros y esculturas en las que aquel santo aparece aniquilando violentamente a los indígenas chichimecas, comprueba la anteriormente mencionada teoría de la estratificación de los márgenes.

Escultura en madera del Señor Santiago (para llevar en andas), s. XVI, Santa María Chiconautla, Ecatepec, Estado de México. Al lado: detalle de la peana de la misma escultura


Santiago “Mataindios”, ca. 1610, relieve en madera policromada, templo de Santiago Tlatelolco, Ciudad de México

Un aspecto cultural característico de Puebla que, por cierto, considero bastante español, es nuestra casi obsesiva pulsión por la comida. La gastronomía local es rica y diversa y, en sintonía con los antecedentes coloniales de los que he hablado, se clasifica jerárquicamente de acuerdo con su origen y las prácticas de su consumo.

Las leyendas nos dicen que el mole lo inventaron las monjas para agasajar a sus ricos benefactores y que el chile en nogada fue inicialmente un platillo imperial. En su magnífico libro sobre la cocina poblana, Jesús Manuel Hernández cuenta que dicho platillo cayó en demérito debido a la creencia de que fue inventado en honor a Agustín de Iturbide. A los ojos de la historia oficial, Iturbide no es un personaje grato porque después de la consumación de la Independencia restableció la monarquía y se autoproclamó emperador de México. El afectuoso recibimiento de Puebla a aquel personaje demuestra la simpatía de la ciudad con el orden monárquico imperial y, por lo tanto, no es de extrañar que durante el auge liberal del siglo XIX el chile en nogada fuera un platillo “vetado” de las cocinas mexicanas hasta el punto de que casi llegó a estar prohibido. Como describe Hernández, “la fama de conservadores de los poblanos ayudó en el asunto”.

Como es sabido, el chile en nogada requiere muchos ingredientes de los cuales la mayoría son de temporada y además endémicos de las fértiles tierras de Calpan. De este modo, para agasajar al emperador fue necesario recurrir a aquel pueblo ubicado a las faldas del volcán: nuevamente (y en esta ocasión, de manera literal) podemos ver a las élites alimentándose de la periferia. Una paradoja, casi tan deliciosa como el platillo mismo, es el hecho de que en la actualidad Calpan haya apropiado el chile en nogada como parte de un ejercicio de reivindicación identitaria (y también como dinámica de supervivencia, para dar a la economía local un giro hacia el turismo en vista del debilitamiento de su agricultura).

Más allá de la cocina aristocrática, el reino de “los antojitos” poblanos es inabarcable y representa el núcleo más irreductible de lo popular. Confirma, además, que como en casi todos los confines de la tierra, la cocina de los pobres es la más inventiva y dinámica. Los molotes, chileatoles, esquites, tostadas, chalupas, pelonas y chanclas han sido incorporados a las cartas de algunos restaurantes fresones, pero, no puedo evitar caer en el lugar común: todos sabemos que los más ricos son los callejeros.

En términos gastronómicos la población poblana puede clasificarse básicamente en dos tipos: los que comen sus cemitas con pápalo y los que no. La cemita fue en origen un pan humilde cuya masa fermentaba con pulque. Los pobres lo comían en las afueras del mercado La Victoria, a donde acudían a vender sus productos del campo muy temprano por la mañana. Para desayunar, abrían el pan y lo rellenaban con aguacate y, si había suerte, queso. Luego, lo complementaban con un buen racimo de aquel quelite oloroso. El gusto es un asunto personal, pero el sociólogo Pierre Bourdieu ha demostrado que en gran medida también se genera y transmite colectivamente.

Probablemente el rechazo de algunos paladares a la cemita con pápalo se deba a que, en combinación con el regusto a pulque, remite a lo más profundo de la idiosincrasia indígena. Una persona me explicó su repugnancia por aquellos alimentos recordando sus traumas de infancia: “… me llevaba mi mamá a la fuerza a La Victoria para que la ayudara a cargar las bolsas del mandado. Ahí estaba la indiada tomando su pulque, comiéndose sus cemitas… ¡y manojos de pápalo a mordidas!”.

Las cemitas «de afuera de las luchas” constituyen una categoría culinaria aparte, que sigue estando restringida para aquellos que no estén dispuestos a acercarse a la Arena Puebla los lunes por la noche. Los tacos árabes son un portento de incorporación reciente, aportación de la inmigración libanesa al estado.

Los primeros libaneses llegaron a Puebla durante el porfiriato gracias a la políticas migratorias favorables a la inmigración (la misma coyuntura en la que inmigraron los barcelonnettes de Francia, fundadores de tiendas como Fábricas de Francia y Liverpool,  y los italianos del actual Chipilo) promovidas por Justo Sierra, quien estaba profundamente interesado en “europeizar” el país promoviendo, entre otras cosas, que los indígenas se “cruzaran” con gente de sangre europea —lo cual fue un intento fallido porque tanto los chipileños como los libaneses han sido comunidades históricamente endogámicas y, en el caso chipileño, hermética.

No todas las familias libanesas prosperaron, pero las que lo hicieron (casi todas vinculadas con la industria textil) consiguieron posicionarse como uno de los grupos más poderosos del Estado. Por ejemplo, la familia Yitani, que durante la Segunda Guerra Mundial se vio favorecida por los contratos con el gobierno de Estados Unidos para producir uniformes, sigue siendo una de las más pudientes de Puebla. Este poder económico libanés dio origen a un dicho que causó fuerte impacto en mi mamá cuando llegó a vivir a Puebla allá en 1966, y que espero no llegue a oídos del partido español Vox: “Puebla es la última ciudad española dominada por árabes” (el dicho, por otra parte, podría generar confusión, puesto que la mayoría de los inmigrantes libaneses asentados en México no profesaban la religión musulmana, sino que eran cristianos).

8. ¿Dominada… por quiénes?

La formación de los cuadros empresariales poblanos, tal como los entendemos hoy, se dio durante el porfiriato. Desde la colonia, los recursos hidráulicos de la región hicieron que la industria local se orientara hacia los textiles y molinos. Eso llevó a edificar los complejos industriales principalmente junto a ríos y, más tarde, también en antiguas haciendas o ranchos alejados del centro.

Así, las primeras generaciones de la clase obrera se conformaron mayoritariamente por campesinos indígenas, y muchas veces los dueños de las empresas solían también ser dueños de grandes extensiones de tierra. Ya en el siglo XX tal fue el caso de la familia Jenkins en Izúcar de Matamoros o de los Garci-Crespo en Tehuacán. A causa de lo anterior, la producción industrial solía adaptarse a los ciclos agrarios y a mecanismos de articulación social del ámbito rural altamente jerarquizados, tales como los sistemas de cargos.

En combinación con lo anterior, los solapamientos de poder entre latifundistas y empresarios con sectores como el religioso, político y militar dieron como resultado la conformación de una oligarquía local muy diferente a la de, por poner un ejemplo diametralmente distinto al de Puebla, Monterrey. Mientras la industria de Nuevo León nunca dependió directamente de la economía agropecuaria porque su fuerte era la metalurgia, la poblana se diversificó principalmente hacia productos vinculados con aquel sector: harina de trigo, pastas, azúcar, piloncillo, agua mineral o huevo son algunos ejemplos.

Las relaciones entre el campo y la ciudad fueron, por tanto, problemáticas y promiscuas. Algunas fábricas se establecieron en los márgenes de la capital y atrajeron a grupos humanos que se asentaron en zonas aledañas, y que con el paso del tiempo conformaron una clase proletaria urbana, mientras que sus colonias iban incorporándose a la ciudad en carácter de juntas auxiliares. Por ejemplo, los primeros habitantes de la Romero Vargas eran campesinos de Cuautlancingo y, al crecer la mancha urbana, enclaves rurales como Santa María Xonacatepec o San Francisco Teotimehuacán se han ido urbanizando sin que por ello hayan dejado de prevalecer en ellos los mecanismos sociales propios del campo. De esta manera, las estructuras de peonazgo del campo se traslaparon al sector empresarial y, por supuesto, impactaron en nuestra manera de entender la praxis política y, en definitiva, casi todas las esferas de la vida. Es una manera característica de vivir las relaciones de poder que no es exclusiva de Puebla sino que existe, en distintos grados, en todo el centro y sur del país. Con su humor brillante y mordaz, Jorge Ibargüengoitia lo resumió así:

. . . cada hogar mexicano, por humilde que sea, cada oficina, por rascuache que parezca, cada organización, por mucho que carezca de importancia, tiene una constitución que es propia de la corte de los faraones . . . encontraremos una persona que funge como rey y que ejerce poder ilimitado (dentro de sus posibilidades) por derecho divino, un administrador incompetente y uno o muchos esclavos.

En términos generales, los cacicazgos rurales y las cúpulas empresariales han tenido un desafortunado empalme con las prácticas que desde hace décadas definen a la política mexicana (corrupción, nepotismo, tráfico de influencias), y esto se ha traducido en lo que se conoce como la dinámica de las “puertas giratorias”: los privilegios de las minorías se mantienen y reproducen gracias a que estas cambian de ocupación de manera estratégica.

En Puebla los cuadros del priísmo old school se nutrieron durante décadas de los cacicazgos rurales que aún hoy tienen a los indígenas de las serranías bajo obscenas condiciones de explotación y miseria. Hoy esas prácticas permanecen en la base de la praxis política sin importar las nomenclaturas partidistas. Los partidos son hoy la más descarada de las puertas giratorias por las que los transfugas pasan de un partido a otro a conveniencia, sin perseguir otro beneficio que el propio.

Mientras más alejadas estén de la capital, las oligarquías suelen ser más cínicas en cuanto a su explotación de los recursos naturales y los abusos hacia las comunidades indígenas locales. En la actualidad el caso más paradigmático probablemente sea el corredor Tehuacán-Zongolica, donde, como ha demostrado la socióloga Lourdes Flores, existen centenas de maquiladoras que subcontratan mano de obra femenina en las peores condiciones de explotación y de paso contaminan el agua de la zona con total impunidad. Uno de los episodios más tristes de la vinculación entre empresarios y políticos se dio precisamente en ese sector y fue el que tuvo lugar entre “el rey de la mezclilla”, Kamel Nacif, y el entonces gobernador del estado, Mario Marín Torres.

Mientras tanto, entre las élites urbanas, y cada vez con más frecuencia, el que antes era empresario de pronto se convierte en funcionario público y el que empezó como político después pone su negocio… Algunos no han necesitado cambiar de giro porque les basta con tener cuates que estén del otro lado, dispuestos a “echarles la mano”. Este tipo de prácticas han venido a complementarse con otras de antaño como, por ejemplo, inscribir a los hijos en determinadas escuelas para que se codeen con la gente selecta con la que después harán negocios o alianzas familiares.

La incorporación más reciente a la industria local ha sido la automotriz alemana Volkswagen, que llegó a Puebla en la década de 1960 y ha dado lugar a un importante parque industrial en el corredor Puebla-Tlaxcala. En los puestos gerenciales de esa empresa se ha gestado una nueva clase media con pretensiones, que suele aparecer en Rostros, vivir en Lomas de Angelópolis y mandar a sus hijos a las escuelas y universidades más exclusivas. Sin embargo, hay un techo de cristal que ese grupo no puede romper, porque en la empresa existen límites muy claros con respecto de hasta dónde pueden llegar los mexicanos dentro de su escalafón.

No obstante, la industria no es hoy por hoy el punto fuerte de la economía poblana. De acuerdo con datos del INEGI, de cada 100 pesos del PIB estatal 62 corresponden al sector terciario, 34 al secundario y solo 4 al primario. En otras palabras, actividades como el comercio y los servicios casi duplican los ingresos generados por la industria, mientras que el campo es el sector más castigado, ya que no representa ni el 10 por ciento de nuestro producto interno bruto.

Es en este contexto en el que debe leerse la inclinación al turismo como nueva fuente de bonanza. Se trata de una tendencia global que ha probado ser arma de doble filo: por una parte representa un potente y fácil ingreso económico pero, por otra, y especialmente en lugares con débil infraestructura política y civil, afecta directamente la calidad de vida de la población local y tiene devastadores efectos en los entornos naturales y la planificación urbana. 

9. ¿Y la cultura, apá?

Para la industria turística las ciudades se dividen en dos categorías: las que tienen playa y las que tienen cultura. Como Puebla no tiene otra playa que la de Amalucan, se ha buscado que el “desarrollo” turístico vaya por el otro lado.

Es en esta coyuntura que tuvo lugar  la fusión de los organismos públicos de turismo y cultura. Esta última ha dejado de ser el “gasto inútil” que era antes y se ha convertido en una más de las puertas giratorias por las que las minorías en el poder entran y salen a capricho. Es una puerta grandotota, porque por ella puede caber casi de todo y, más importante, también puede salir mucho.

El problema con el turismo cultural es que no somos, ni de lejos, una ciudad amigable para la industria cultural ni la cultura viva. Las autoridades del área de turismo han tenido que enfrentarse al hecho de que nuestra mejor cultura es la que podríamos llamar “muerta”, es decir, el patrimonio. Pero resulta que esa no vende como ellos quisieran, porque no involucra innovación y dinamismo, esas dos cualidades tan altamente apreciadas por el consumo contemporáneo.

El productor cultural más destacado que ha dado la angelópolis en los últimos años (y prototipo por excelencia del emprendedor millenial) es Luisito Comunica. Estamos ante un ejemplo claro de cómo ciertos “talentos” se concentran en la Ciudad de México —y de ahí saltan a sus dilatados circuitos globales— porque provincias como la nuestra no les proporcionan los entramados institucionales y sociales que les permitan vivir de su trabajo como productores simbólicos (audiovisuales, diseñadores, dibujantes, guionistas, comediantes, etc.).

Ante tal situación, y para tratar de sacudir un poco el olor a rancio de nuestra bella Puebla, algunas mentes maestras han ideado un pack de iniciativas que, en términos generales, ya podrían formar parte de ese orgullo por lo ridículo presente en las fotografías de Ricas y famosas o el libro de los monumentos de Helen Escobedo de los que hablé al inicio de este texto. Como era de esperarse, lo anterior ha chocado de frente con ciertos grupos de la escena cultural local que se han negado a ser parte de la farsa del absurdo (y otros pocos que habrían querido formar parte, pero no los invitaron).

Luisito comunica reseñando los chiles en nogada
Imagen tomada de: https://www.youtube.com/watch?v=4u-dSZsvfdQ

El asunto es demasiado complejo y tiene, por lo menos, cuatro niveles de lectura en los que no voy a entrar de lleno porque cada uno ameritaría un ensayo aparte. El primero, y más grave, tiene que ver con las irregularidades y poca transparencia con la que los organismos públicos han realizado sus operaciones en materia de cultura. El segundo está relacionado con las posibles finalidades ocultas detrás de aquellas operaciones. En tercer lugar, la idea de cultura que subyace en ellas responde a esquemas retrógrados y poco incluyentes. Finalmente, y en consonancia con el punto anterior, las actividades culturales gestadas desde el sector gubernamental (da igual que sea estatal o municipal) se caracterizan por su mala calidad y desfachatada improvisación.

La gran mayoría de las movidas culturales de la última década han surgido como caprichos u ocurrencias de los funcionarios en turno, y no como el producto de diagnósticos serios y especializados, que se inscriban en programas a largo plazo o hayan sido elaborados con base en una planificación, contextualizada y experta. Operan, además, poniendo de manifiesto el profundo desprecio que las élites político-económicas sienten por el grueso de los profesionales de la cultura (artistas, gestores, conservadores, investigadores y especialistas) a quienes escasamente consultan o toman en consideración a la hora de emprender sus acciones.

Todo lo anterior, que no es poco, se agrava cuando esas mismas élites favorecen con descaro a determinadas individualidades a causa de complicidades políticas, por amistad, parentesco o simplemente por sus gustos personales. Que las minorías en el poder ejerzan sus prácticas y preferencias culturales, por chafas que estos sean, no debería ser ningún problema en una sociedad plural e incluyente. El problema surge cuando lo hacen con dinero de las arcas públicas, usando la cultura como un vil pretexto para beneficiarse entre ellos y persiguiendo objetivos que poco o nada tienen que ver con aquello que proclaman.

10. No es que no nos importe, sino que nos vale madres

Las administraciones recientes han logrado lo que nadie: generar conciencia crítica y articular a un sector que estaba cómodamente adormilado. Aunque el cinismo y la arbitrariedad con los que nuestros oligarcas ejercen el poder ha llegado a niveles casi bananeros, lo cierto es que tampoco puede hablarse aún de totalitarismo. Sobreviven a nuestra maltrecha democracia espacios para el pensamiento, la disidencia y las subjetividades diferentes pero es necesario que estos últimos hallen el ímpetu que los lleve a hacer uso de aquellos y apropiarlos.

A nivel institucional, el Museo Amparo es hoy por hoy el espacio cultural más serio y riguroso de Puebla; la universidad, por otra parte, sigue albergando dosis mínimas de pensamiento crítico. Más allá de lo institucional, esta misma plataforma editorial es una muestra evidente de cuán fecunda puede resultar la acción propositiva en el terreno cultural.

El verano antepasado, y a tenor de la puesta en marcha del controvertido Programa de Artistas Urbanos en la ciudad de Puebla (PAU), un reclamo por parte de los indignados llamó mi atención. Exigían al estado “cultura para todos”. El estado no tiene que proveer cultura para todos sino fomentar y garantizar que todos puedan desplegar sus prácticas culturales en condiciones equitativas, libres y plurales. Se trata de un cambio de paradigma para el que no estamos preparados porque vivimos todavía en la corte del faraón de la que hablaba Ibargüengoitia.

Si algo ha mostrado el desmantelamiento del débil aparato cultural en Puebla es precisamente que eso que se entiende como cultura siempre ha sido para unos cuantos, pero parece que solo nos damos cuenta cuando deja de ser para nosotros. No son pocos los sectores poblacionales que están, y siempre han estado, descobijados del paraguas cultural sin que eso le importara a nadie.

Un músico me contó que simpatizaba con el PAU: algunos compañeros suyos, que habían sido malos estudiantes y no habían terminado la carrera, tenían mejores ingresos tocando en los portales de los que tenía él como profesor, y después de haber realizado una maestría para la que tuvo que invertir esfuerzo y dinero —de contra, me decía, esos ex compañeros suyos no pagaban impuestos—. Solo unas semanas antes, esa misma persona se había quejado amargamente porque en la orquesta en la que trabaja no le dan seguridad social. Entonces, cuando escuché su punto de vista (que ciertamente me pareció legítimo) no pude evitar pensar que la cosa estaba mal, puesto que la “escena cultural” en Puebla existía únicamente como un montón de grupos e individuos defendiendo sus intereses de manera desarticulada. Para ser honesta, pensé que en dichas circunstancias, y dada la apatía generalizada que caracteriza a la sociedad poblana, el malestar no iba a llegar muy lejos. Celebro haberme equivocado y celebro que el pasado Foro sobre el estado de la cultura en Puebla haya planteado una ruta tan productiva como inteligente: la unión desde la diferencia.

Vuelva pronto

De antaño Puebla tiene al menos un par de monumentos que bien podrían sumarse al libro de Helen Escobedo del que hablé al inicio. El primero es la horrible fuente de Loreto y el segundo la cabezota de Aquiles Serdán que engalana el patio del Museo de la Revolución. Ahora las clases altas poblanas (y los círculos wannabes que las ensanchan) también pueden presumir de otras vergüenzas: abundante obra pública mal hecha, tala masiva de árboles, patrimonio barroco en estado lamentable que contrasta con un museote del barroco en el que hace exposiciones Avelina Lésper,  la “crítica y curadora” que es el hazmerreír del mundo del arte a escala internacional, exposiciones compradas a precios desorbitados y que en realidad son malas versiones de un arte supuestamente selecto…

En el actual contexto nacional, en el que todo parece indicar que unas nuevas élites políticas y económicas se están posicionando y han entrado al juego de las puertas giratorias, urge cuestionarnos hasta dónde seguiremos tolerando o cómo queremos interactuar con esta dinámica de entronización, perpetuación y sustitución de unas oligarquías por otras.

Ante las recientes amenazas de desmantelamiento de la sociedad civil, es imperativo pensar en espacios y prácticas al margen del paternalismo asitencialista y el consumismo al que las élites políticas y económicas han reducido nuestra interacción con ellas.

Meme anónimo encontrado en internet

 

*Fecha de publicación original: 28 de marzo de 2019

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Klastos
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