La simplificación de la realidad y la moralinización de la vida pública
Roberto Alonso escribe sobre la insistencia del presidente López Obrador en moralizar la vida pública como respuesta al incremento en los feminicidios
Por Roberto Alonso @rialonso
24 de febrero, 2020
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Foto: Olga Valeria

Roberto Alonso

@rialonso

En plena emergencia por la violencia feminicida que azota al país, Andrés Manuel López Obrador utilizó sus mañaneras de la última semana para insistir con su discurso sobre la necesidad de moralizar la vida pública. La narrativa no es nueva, lo que llama la atención es que recurra a ella en la actual coyuntura de movilización feminista.

Cuestionado el lunes 17 de febrero acerca del feminicidio de Fátima (7 años), afirmó: “Yo sostengo que se cayó en una decadencia, fue un proceso de degradación progresivo que tuvo que ver con el modelo neoliberal. (…) Hay una crisis profunda de pérdida de valores en el país. No han pasado a más las cosas, aunque están de por sí muy graves, porque México es un país con una gran reserva de valores, culturales, morales, espirituales, pero fue mucha la descomposición que produjo el individualismo, el egoísmo, el predominio de lo material.”

Al presidente no le falta razón en los efectos negativos del neoliberalismo y tengo para mí que la crisis que atravesamos en términos globales, en buena medida por estas secuelas, es también una oportunidad para moralizar la vida pública, o como se ha sostenido en otros países –España, por ejemplo– para regenerar la vida democrática. Al cabo, apunta Victoria Camps, el sustento de la democracia está en la gente y en las instituciones, estas últimas gobernadas por personas cuya acción puede aproximarse o distanciarse de los fines comunes, y eso pasa por el cultivo de virtudes cívicas como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. 

En el contexto de la preponderancia de una racionalidad liberal y de un, a veces malentendido, Estado laico, un propósito de esta naturaleza es complejo y polémico. No obstante, no deja de ser ocasión para una regeneración ética sostenida en la premisa de que la moral individual coexiste en un régimen democrático con una moral social que tiene un carácter público y, por tanto, abierto a la discusión.

El problema con la perspectiva de moralización de la vida pública de la Cuarta Transformación es doble. En primer lugar, su carácter voluntarista, es decir, la lógica que antepone la voluntad al entendimiento, y que es posible encontrar en el decálogo presidencial contra la violencia de género. Si la cruzada para robustecer de contenido a la moral pública es la de un listado vacío de política pública, no serán sólo las colectivas feministas las que se opondrán a esta, sino cada vez más y más actores sociales.

Foto: Olga Valeria

En segundo lugar, su carácter moralino, junto con la visión maniquea que le es propia a esta forma superficial e inoportuna de moralidad que termina reafirmando el conservadurismo. Cuando López Obrador relata que su plan de moralización de la vida pública respeta, pero no comparte, la indignación, la frustración y la furia que suscita uno de los dolores más profundos del México contemporáneo, y que no renunciará a sus “convicciones de siempre”, encapsula y vuelve impenetrable un proyecto que debería estar abierto y receptivo al sufrimiento que genera un tipo específico de violencia que cobra la vida de 10 mujeres al día.

Ante esta realidad simplificada, urge un quehacer ético que reflexione sobre una propuesta de moralización pública que pareciera querer únicamente rescatar lo perdido o debilitado en el pasado, cerrándose a afrontar aquello que hay de indigno en el presente. Una reflexión ética, en el México feminicida de hoy, reclama justicia y cuidado, verdad y compasión, reparación del daño y cercanía con las víctimas, garantías de no repetición y rechazo a lo inadmisible, siendo estos elementos parte del equipaje que tendría que acompañar un proyecto genuino de moralización de la vida pública. Lo urgente son estrategias, políticas y medidas concretas para atender la emergencia.

¿Que si habrá oportunismos en la marcha del 8 de marzo, en el paro nacional del 9 de marzo y en las acciones subsecuentes? Sin duda, pero ello no deslegitima la movilización y la solidaridad con la tragedia de la violencia feminicida. El arribismo es reprobable, la convocatoria es genuina y la respuesta que ha suscitado es variopinta, pero compromete públicamente a las instituciones que se han sumado a ella con una agenda potencialmente transformadora.

Irónicamente, tampoco le falta razón al presidente a la hora de señalar como lo hizo en su mañanera del 19 de febrero que “los movimientos sociales son los que permiten que haya avances en el terreno de la justicia”. Lo que hace falta es que comprenda que está ante uno de ellos. Y es que como lo han advertido muchos desde fuera y desde dentro, la Cuarta Transformación será feminista o no será.

*Foto de portada tomada de YouTube

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Roberto Alonso
Académico del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana Puebla y coordinador del Observatorio de Participación Social y Calidad Democrática.