Instalar una conversación
Se deben tender puentes de comprensión que ayuden a instalar una conversación intergeneracional, lo que posibilita un trabajo pedagógico con universitarios
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
05 de febrero, 2020
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Foto tomada de PxHere

Martín López Calva

«No veo esperanza para el futuro de nuestra gente si dependen de la frívola juventud de hoy en día, pues ciertamente todos los jóvenes son salvajes más allá de las palabras […] Cuando yo era joven, nos enseñaban a ser discretos y respetar a los mayores, pero los jóvenes actuales son excesivamente ofensivos e impacientes a las restricciones».

Descubriendo los tesoros

Cuando uno lee la cita que sirve de epígrafe a la Educación personalizante de hoy, podría pensar que se trata de una referencia a las generaciones de jóvenes actuales: millenials, generación Z, etc., escrita por algún adulto que es profesor, psicólogo, sociólogo o simplemente padre de familia.

Porque en efecto, los adultos de hoy pueden –podemos, me incluyo porque no he estado exento de expresar alguna idea como esta en más de una ocasión– decir que la esperanza en un mejor futuro para el país y para el mundo, es muy débil si nos fijamos en la juventud actual, a la que puede calificarse de frívola y superficial, e interesada solamente en divertirse, en poseer objetos cada vez más sofisticados, ropa de marca y dispositivos electrónicos que los ayuden a evadirse de la realidad y a no asumir sus responsabilidades. 

También es muy común que las generaciones mayores tengan expresiones como la de la cita respecto a que “cuando eran jóvenes se les enseñaba a ser discretos y a respetar a los mayores” pero ahora ese respeto y discreción se han perdido.

Sin embargo, más de un lector quedará sorprendido si al seguir el hipervínculo entra a la página de la que está tomado este párrafo y descubre que se trata de una cita de Hesíodo, un poeta destacado de la antigua Grecia que vivió hacia la mitad del siglo VIII antes de Cristo.

Tal parece, si vemos esta cita y algunas otras como la muy conocida de Platón acerca de la moralidad en decadencia de los jóvenes de su tiempo, o la de Sócrates que habla del amor al lujo y el desprecio a la autoridad que caracteriza a la juventud, que en todas las épocas de la historia las generaciones adultas se han sentido escandalizadas y han cuestionado los modos de pensar y de vivir de las nuevas generaciones. (Estas citas pueden consultarse en la misma liga de la de Hesíodo).

La semana pasada tuve la oportunidad de participar como ponente en un foro para reflexionar sobre la universidad en el mundo globalizado, y pensar qué modelo educativo y qué modelo curricular tendría que construir una institución de educación superior que quiera estar a la altura de los desafíos de estos tiempos.

Durante el diálogo que tuvo lugar al terminar las dos presentaciones programadas –la de una académica de otra institución del norte del país y la mía–, el moderador tocó el punto de la “infantilización de la universidad” y, haciendo referencia al caso de las protestas estudiantiles de fines del año pasado en el ITAM, preguntó nuestra opinión acerca del fenómeno de brindar educación profesional a los jóvenes de hoy en día, a quienes se nombra de manera descriptiva como miembros de la Generación de cristal.

Esta fue de hecho una de las ideas que se usó para descalificar la protesta de los estudiantes universitarios a raíz de la muerte de una compañera estudiante de Derecho. La otra fue, como era de esperarse en este México polarizado, la del estereotipo ligado al nivel socioeconómico, dada la condición de universidad privada de alto prestigio y colegiaturas elevadas en la que ocurrió dicho movimiento.

Desde mediados del siglo pasado se han venido acuñando términos para nombrar a las distintas generaciones. Desde los llamados Baby Boomers –nacidos entre 1946 y 1965–, seguidos de la Generación X –de 1972 a 1980–, la Generación Y –entre 1980 y 1990– y la Generación Z –de los nacidos entre el 1990 y el 2000– hasta la ahora llamada Generación de Cristal, que es un concepto creado por la filósofa Montserrat Nebrera.

La Generación de Cristal es la que tiene actualmente un poco más de 18 años y está compuesta por los hijos de la Generación X, que padecieron ciertas carencias y por ello se dedicaron en su vida a buscar dar a sus descendientes la mejor calidad de vida posible –o más bien dicho, el nivel más alto de vida posible–, lo cual los hizo ser personas despreocupadas y frágiles.

Los jóvenes de esta generación, dicen los analistas, nacieron plenamente en la era tecnológica donde todo avanza de manera vertiginosa, por lo que para ellos todo en la vida es efímero y cambiante –viven a un ritmo similar al de las redes sociales–, son frágiles porque vivieron bajo sobreprotección de sus padres y tienen por ello poca empatía, poco interés por la lectura, por la cultura heredada, además de una baja autoestima, poca confianza en sus propias habilidades y muy escasa tolerancia a la frustración, a la crítica y al rechazo.

Pero al mismo tiempo son personas motivadas por estar a la vanguardia en lo tecnológico –aunque con poco conocimiento de cómo usar la tecnología para generar conocimiento–, mayor propensión al desarrollo de la inteligencia emocional por ser más sensibles, y requieren de modelos de permanencia, de contacto con valores estables como la amistad, la prudencia, la justicia y la fortaleza.

Si bien es cierto que los jóvenes de hoy en día se caracterizan en general por estos rasgos, es importante no etiquetarlos y mucho menos interpretar que todas esas características son negativas e indeseables para poder formarse profesionalmente con calidad.

Porque su fragilidad, su poca tolerancia a la frustración, pueden ser obstáculos para una exigencia académica fuerte o para evaluaciones estrictas y procesos muy rigurosos, pero al mismo tiempo, su mayor énfasis en la inteligencia emocional cuestiona seriamente toda una cultura del maltrato, el desprecio, la explotación que priva aún hoy en día en muchas instituciones universitarias y que se malinterpreta como cultura de excelencia académica.

Como dice Lonergan, el problema de la educación es el problema de la educación del ser humano de hoy, por lo que en lugar de descalificar a esta nueva generación tendríamos que analizar sus debilidades para buscar formas adecuadas de apoyo para superarlas y también sus fortalezas para potenciarlas; abrirnos a escuchar sus cuestionamientos a todas las concepciones, ante las  prácticas obsoletas y abusivas que siguen considerándose hoy como propias de un buen profesor universitario o de una universidad de prestigio.

La cuestión central es hacer conciencia de ese viejo prejuicio de las generaciones adultas hacia las nuevas, tener clara esta brecha que existe siempre entre los adultos y los jóvenes; se deben tender puentes de comprensión, de sensibilidad, que ayuden a instalar una conversación intergeneracional que es lo que posibilita que haya un trabajo pedagógico con los universitarios.

Una conversación en los términos que plantea Carlos Skliar en esta cita con la que cierro la Educación personalizante de hoy:

«El tema es instalar una conversación entre jóvenes y adultos que hasta ahora está siendo negada […] El principio de cualquier pedagogía es que haya conversación […] Hoy la conversación tiene que girar en el tono de la sensibilidad y no en el de la moralidad. El abandono se produce cuando queremos instalar una conversación moral sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que deberían hacer y no hacen. En cambio, si ocupa el lugar de la sensibilidad, esto es hablar sobre lo que nos pasa, nos gusta o nos disgusta, la tensión y la distensión, por ahí se puede establecer. Y establecida la conversación, hay pedagogía. Si no, no la hay». 

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..