Dejar aparecer: amor y educación

Dejar aparecer: amor y educación

Foto: Cole Stivers en Pixabay
Martín López Calva

“Cuando decimos que amar educa, lo que decimos es que el amar como espacio que acogemos al otro, que lo dejamos aparecer, en el que escuchamos lo que dice sin negarlo desde un prejuicio, supuesto, o teoría, se va a transformar en la educación que nosotros queremos. Como una persona que reflexiona, pregunta, que es autónoma, que decide por sí misma.

Amar educa. Si creamos un espacio que acoge, que escucha, en el cual decimos la verdad y contestamos las preguntas y nos damos tiempo para estar allí con el niño o niña, ese niño se transformará en una persona reflexiva, seria, responsable que va a escoger desde sí. El poder escoger lo que se hace, el poder escoger si uno quiere lo que escogió o no, ¿quiero hacer lo que digo que quiero hacer?, ¿me gusta estar donde estoy?”, son algunas de las preguntas que aparecen.

Para que el amar eduque hay que amar y tener ternura. El amar es dejar aparecer. Darle espacio al otro para que tengan presencia nuestros niños, amigos y nuestros mayores”.

Humberto Maturana. Amar educa.

El viernes de la semana pasada se celebró –aunque es una fiesta que no surge en nuestra cultura, se ha asimilado ya plenamente en México- el llamado Día del amor y la amistad. Esta celebración remite originalmente al amor romántico y a las relaciones de pareja “…en países más rotundos que el nuestro…” como afirma Juan Villoro en su artículo semanal de ese día, pero en México le añadimos el tema de la amistad que lo hace más amplio –y también más ambiguo, dice Villoro- y por ello prácticamente lo generaliza.

No voy a hablar propiamente de esta celebración que por supuesto ha invadido el ámbito de las escuelas y universidades pero aprovechando lo reciente de la fecha me parece importante hablar de la relación entre el amor y la educación.

Ya he citado en otras entregas de esta Educación personalizante la contundente frase del eminente historiador y profesor Edmundo O´Gorman que dice que “La educación es un acto de amor y si no lo es, es mera pedantería”. Tiene razón el creador de La invención de América puesto que toda educación implica la elección –y a veces la tensión- entre dos perspectivas: la del docente que se centra en sí mismo y en todo lo que sabe y se admira a sí mismo cuando hace gala de estos conocimientos en una clase sin importar si el alumno aprendió, y la del educador que se vuelca hacia cada estudiante y tiene como eje central de su labor el crecimiento de los educandos sin darse demasiada importancia a sí mismo.

Más allá de visiones cursis en este dilema se encuentra la clave de una educación auténtica y la relación profunda entre el amor y la educación. Porque la educación parte del descentramiento del educador que da y se da al educando buscando su propio desarrollo y no el reconocimiento o el poder sobre él. Si no existe ese descentramiento estamos, como afirmaba O´Gorman, ante un acto de pura pedantería.

Como afirma Maturana, la educación es un espacio de acogida al otro, que lo deja aparecer y lo escucha sin negarlo ni manipularlo desde un prejuicio, un supuesto o incluso desde una teoría, por más correcta que sea.

Es así que amar educa porque a partir del amor profundo y bien entendido se crea un espacio abierto de diálogo en el que miramos al niño o al adolescente como una persona capaz de reflexionar, de preguntar, de buscar la construcción de su autonomía para poder decidir por sí mismo y construir su propio proyecto de vida.

Amar educa porque a partir del amor, de la actitud que manda el mensaje del profesor al alumno que dice: “tú me importas”, “ estoy realmente comprometido contigo”, “vamos juntos en esta aventura”, se van poniendo las condiciones que transforman a cada niño o niña, a cada joven en una persona que se hace cargo de su propia existencia y por ello es capaz de escoger lo que hace y lo que dice, el lugar del mundo en el que quiere estar y la forma en la que quiere mirar la realidad y caminar en ella.

Foto: Steve Riot en Pixabay

El filósofo canadiense Keneth Melchin, estudioso de la ética de la realización humana propuesta por Lonergan, dice que amar a una persona es conocer las preguntas que mueven su vida. El educador que realmente ama a sus estudiantes es aquel que se interesa por conocer las preguntas que mueven la vida de cada uno de sus estudiantes, por más numerosos que sean sus grupos.

Conocer las motivaciones profundas de los niños y jóvenes, las inquietudes que los impulsan en su vida es la clave para poder encontrar las formas más adecuadas de facilitar el aprendizaje de cualquier materia y el desarrollo humano integral en las aulas y en todos los espacios escolares y universitarios.

¿Nos interesamos por conocer las preguntas que mueven la vida de nuestros estudiantes? ¿Dialogamos con ellos para tratar de desentrañar estos motivos profundos que los hacen querer aprender y crecer como seres autónomos? ¿Abrimos espacios para que ellos planteen sus preguntas existenciales o damos consejos a manera de moralina pensando que así educamos en valores? Más allá de simpatías o antipatías emotivas o de amiguismos superficiales: ¿Amamos realmente a nuestros estudiantes? ¿Nos descentramos para buscar su crecimiento intelectual, emocional, social, cultural, espiritual o enseñamos centrando la mirada en nosotros y admirando lo que sabemos y la capacidad que tenemos de explicarlo?

Estas son algunas preguntas esenciales que deberíamos hacernos todos los educadores más allá de celebrar con regalitos o convivios el día del amor y la amistad en la escuela.

Como dice Maturana, amar es dejar aparecer: ¿Qué tanto dejamos aparecer a nuestros alumnos o más bien los anulamos y bloqueamos sus posibles talentos y aportaciones? Amar es dar espacio al otro para que tenga presencia y afirme su personalidad. ¿De verdad damos espacio a los otros –estudiantes- o trabajamos siempre poniendo nuestro propio espacio por delante e invadiendo todo el proceso educativo en lugar de replegarnos para que ellos puedan desarrollarse y brillar?

El amar educa y la educación desarrolla la capacidad de amar. Tratemos de amar para educar, tratemos de educar para hacer que las nuevas generaciones aprendan a amar.

*Foto de portada: Steve Riot en Pixabay

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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