Come to Daddy: del thriller al horror; del horror a Elijah Wood
Para el Cinemaniaco, Come to Daddy, protagonizada por Elijah Wood, "es un acontecimiento fílmico de naturaleza inclasificable"
Por Héctor Jesús Cristino Lucas @
27 de febrero, 2020
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Foto tomada de YouTube

Héctor Jesús Cristino Lucas

Oh, Elijah Wood… ¡el tan querido Elijah Wood! Pese a debutar en la película de Back to the future II (1989) de Robert Zemeckis, es más recordado por haber hecho del mítico “Sr. Frodo” en la trilogía The Lord of the Rings de Peter Jackson… aunque su verdadero emblema -el auténtico- vino con otro tipo de películas. Más enfocado, por supuesto, al género de horror. 

Ya sea con el thriller psicológico The Good Son (1993) donde participaba junto Macaulay Culkin en esa aterradora historia sobre inocencia y perversión; o bien, con el clásico noventero de ciencia ficción y cine teen sobre invasiones alienígenas, The Faculty (1998) de nada menos que Robert Rodríguez.

¿Y recuerdan que la semana pasada hablamos de la fascinante Color Out of Space (2019) de Richard Stanley como un épico regreso junto a la productora independiente SpectreVision encargada de ofrecer estos nuevos vistazos al género fantástico? 

Pues resulta que Elijah Wood es el principal fundador de esta compañía junto a los cineastas independientes Daniel Noah y Josh C. Waller desde el año 2010 debido al fetichista gusto que siempre ha declarado tener hacia el cine de terror.  

Por lo que no demoró mucho tiempo en aportar un granito de arena al género con estas alocadas y alucinógenas películas. Pero no solo produciéndolas, también interpretándolas.  

Por ello, en la SpectreVision, tanto lo podemos ver en el techno-thriller de Nacho Vigalondo, Open Windows (2014) donde trabajó junto a Sasha Grey, como una suerte de reinvención al clásico Rear Window (1954) de Alfred Hitchcock, pero trasladado a la era tecnológica; hasta la irregular, aunque aceptable comedy/horror Cooties (2014) de Cary Munrnion y Jonathan Milott con desquiciados niños zombis al lado de Alison Pill y Rainn Wilson.

Todas y cada una de ellas, encargadas en rendir un importante homenaje a un cine infravalorado por la macro industria hollywoodense a través de productos que se están haciendo notar gradualmente gracias al propio Elijah Wood. Hasta volverse, por supuesto, en una suerte de ícono bastante reconocible para todos nosotros… sea de la productora que sea.   

En 2012, por ejemplo, protagonizó Maniac (2012) del cineasta Franck Khalfoun como una suerte de remake del clásico ochentero de William Lustig pero de la mano esta vez de Canal+. La mítica productora francesa detrás de joyas contemporáneas como Dogville (2003) de Lars Von Trier o Martyrs (2008) de Pascal Laugier. Por la que todos empezamos a ligarlo inmediatamente al cine de terror.    

Y pese a recibir críticas mixtas desde su paso en festivales por ser considerada, -además de un remake “descafeinado” para los amantes del gore– altamente misógina por líderes feministas, se destacó principalmente por la actuación de Elijah Wood como este psicótico coleccionista de cabelleras femeninas -que en su tiempo, protagonizó el grandioso Joe Spinell- y que hizo que se convirtiera indudablemente en una joya de culto para nuestros días.

Pero nada, absolutamente nada como la última película que ha protagonizado junto al director emergente Ant Timpson en su potentísima ópera prima. ¡Porque amigos míos, esto está a otro puto nivel! Así que parad lo que estéis haciendo y prepárense para conocer una desquiciada pero exquisita aventura considerada por los fanáticos como la primer gran película de terror del año 2020. ¿Y saben una cosa? ¡Tienen toda la maldita razón!

Come to Daddy es una película canadiense y neozelandesa que, si bien no pertenece a la estrambótica compañía de SpectreVision, comparte elementos tan característicos de esta última que hasta podríamos considerarla como una suerte de prima cercana de “esta familia cinematográfica”. Que tanto se dedica a ofrecer argumentos fuera de serie, como añade nuevas vertientes en pos de experiencias o hasta subgéneros que rompen con los cánones establecidos. 

Por ello, seamos justos al respecto y no la vendamos como una simple cinta de horror, porque sería quedarse bastante cortos. Esto es más como un cine de autor, pero sin el halo pretencioso. Una encantadora experiencia que se traduce como una potente y exquisita carta de presentación. 

Lo cierto es que al igual que cintas experimentales como Midsommar (2019) de Ari Aster o Climax (2018) de Gaspar Noe, su ontología, además de mutar e ir a terrenos inexplorados se vuelve casi por obligación en un acontecimiento fílmico de naturaleza inclasificable. Que tanto puede encajar en un género en específico, como puede pertenecer a otro completamente distinto. Y lo mejor, es que funciona de maravilla en todos ellos. 

Foto tomada de YouTube

El debutante ha fabricado una suerte de thriller que, a forma de trampa argumental, pretende emular la fórmula de estas películas minimalistas sobre encierros y misterios al menos en sus primeros 30 minutos. Con dos personajes opuestos encerrados en un solo lugar mientras deben soportarse en este extraño infierno sartreriano, como lo hemos visto antes en cintas del tipo The Lighthouse (2019) de Robert Eggers, pero con una peculiar diferencia: aquí, la claustrofobia es vivida entre padre e hijo. 

La premisa, ya lo advierto, es una genialidad. Sobre una carta misteriosa de un padre arrepentido -magistralmente interpretado por Stephen McHattie de la película Pontypool (2009)- que llega a las manos de un hijo abandonado -quien por supuesto, es nuestro querido Sr. Frodo- luego de haber estado ausente desde que éste tenía apenas cinco años. 

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Y acudiendo a dicho llamado, el joven se quedará un tiempo para resolver este dilema familiar y descubrir, de una vez y para siempre, qué movió a su padre a marcharse definitivamente de la familia. 

¡Vaya cosas! Si alguien me hubiese mostrado los primeros 30 minutos de la cinta sin nada más que eso, probablemente hubiera creído que se trataba de un simple cortometraje pretencioso sobre una relación fallida que debía arreglarse. Extraño y retorcido, ciertamente, pero pretencioso. No obstante, y luego de transcurrido este claustrofóbico tiempo, la película te dará una bofetada in-your-fucking-face que te aseguro no vas a olvidar nunca en tu miserable vida. 

Come to Daddy es como una suerte de perro guía que nos conduce a ciegas hacia un impredecible pero excitante campo minado donde todo acontecimiento, por más pequeño que este sea, terminará convirtiendo esta historia -simple y descafeinada en primera instancia- en una estrambótica odisea de inesperadas conclusiones. Y es justo a lo que me refiero con que puede llegar a ser tan inclasificable y altanera como ella se lo proponga.

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Porque si todo comienza como un thriller minimalista con dilemas familiares que deben ser resueltos… de alguna u otra manera Ant Timpson se las arregla para que a mitad del metraje nos topemos con géneros tan dispares como el horror home invasion hasta otros tan incómodos como el humor negro, en pos de llevar esta peculiar historia mil veces vista hacia otra chingada dimensión.  

Aunque aquí la crítica se divide. Mientras hay algunos que sostienen que el arranque es tan malditamente bueno como un arco independiente que funciona hasta el momento de su inevitable ruptura, otros, más cercanos a este cine alaban sus inesperados giros por dotarle, precisamente, de un poderoso encanto que pocas películas consiguen hoy en día: ¡la maldita innovación!

Así que, si de frescuras hablamos, Come to Daddy no solo se vuelve una exquisita sorpresa para el cinéfilo empedernido; es toda una referencia para el cine contemporáneo. Ya no solo una apuesta ganada para el cine de terror, sino una más grande todavía para el cine general. 

Aunque nadie lo ha dicho propiamente -y espero no me malinterpretéis- esto es como si una suerte de Tarantino te estuviese presentando una suerte de Reservoir Dogs (1992). Aunque a simple vista parece una película conocida, la experiencia es diferente. Un potencial talento que nace para retar a la audiencia y sospecho, si mi intuición no me falla, más grande de lo que a simple vista parece ser. 

Por ello invito. ¡NO! Exijo que se tome esta película como una máxima sorpresa a descubrir. Que se tomen la molestia, como en los viejos tiempos, de sentarse y esperar. Estamos frente a una máxima del género. Una película que mantiene la tensión desde el principio; que te apresa cuando menos lo imaginas y te engaña para atarte entre sus garras. Que juega y te lleva; que arriesga y te trae. 

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Mientras la violencia cumple en sus niveles más extremos, cercano por momentos a los home invasion del tipo You’re Next (2013) de Adam Wingard o The Strangers (2008) de Bryan Bertino; el humor negro, por otra parte, roza inesperadamente como si de una película de los Hermanos Cohen o Kevin Smith se tratara. Tan irónica en impredecible en su estructura argumental como Fargo (1995); tan hilarante y retorcida en diálogos como Tusk (2014).

Acuérdense de mí. Sobre todo, con la conversación de los ojos en forma de pasas. ¡Maldita sea Ant Timpson!

En cuanto a horror, haciendo uso de un escenario reducido como potente herramienta claustrofóbica, hace de esta faramalla pocas veces vista una premisa abruptamente filosófica. Pronto, el angustioso drama interpretado por Stephen McHattie y Elijah Wood -las mejores actuaciones en toda la puta película- nos llevará a conocer de cerca el verdadero dilema que representa la figura de un padre ausente.    

Una premisa cuya grandeza radica -además de otras tantas cosas- en el desconocimiento de su verdadera trama. En el humor que en ello representa. Pero he ahí donde conquista; he ahí donde inevitablemente innova y hasta sorprende. 

Come to Daddy de Ant Timpson es muestra de un ingenio inesperado listo a romper las reglas; la primer gran sorpresa del 2020; y el efecto de genialidad traducido en una simple fórmula. Así como en SpectreVision: Del thriller al horror; del horror a Elijah Wood.

Sinopsis:

“La vida de Norval (Elijah Wood) está siendo difícil. Mientras vive con su madre entra y sale de terapias de rehabilitación relacionadas con el alcohol sin rumbo aparente. Un día recibe una carta de su padre solicitando una visita y no se lo piensa dos veces: acude rápidamente a su casa, convencido de que reunirse con él llenará el vacío emocional que lleva sintiendo desde su adolescencia. Sin embargo, al cabo de poco tiempo Norval comienza a sentir que hay algo que no encaja en la actitud de su padre, un adictivo empedernido al alcohol. El joven muchacho pronto se da cuenta de que su soñada reunión familiar se ha convertido en un camino hacia una pesadilla.”

*Foto de portada tomada de YouTube

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Héctor Jesús Cristino Lucas
Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com