Streaming: tres anécdotas sobre una nueva realidad

Streaming: tres anécdotas sobre una nueva realidad

Foto de Andrés Rodríguez en Pixabay

#Binario #Netflix

Alonso Pérez Fragua

@fraguando

I: De algoritmos y Black Mirror

Mi cerebro humano y el servidor de internet que guarda todos los datos de mi cuenta de Netflix registraron que el 10 de junio de 2019 vi el segundo episodio de la quinta temporada de Black Mirror. El celebérrimo algoritmo, responsable del éxito de la empresa de Reed Hastings, se dio cuenta –estoy seguro– que pausé la reproducción dos veces. Dichos datos fueron almacenados como parte de mi consumo de la plataforma de streaming. El algoritmo no sabe los motivos exactos de esas pausas pues –espero– no vio ni escuchó lo que pasaba a mi alrededor esa noche: la primera interrupción fue debido a que mi esposa, quien estaba enferma ese día, necesitó mi ayuda; la segunda sucedió cuando mi perra subió al sillón y quise acomodarla cerca de mí.

Podríamos discutir, por ejemplo, si otro material (serie o película) hubiera captado mi completa y sumisa atención, evitando así que hiciera las mencionadas pausas, lo que, estoy seguro, hubiera causado la ira de mi esposa y la tristeza de mi perra. Cabe señalar que de los tres episodios de esa temporada de Black Mirror, ese segundo fue mi preferido, aunque bien creo que la calidad global de la serie producida por Charlie Brooker no está a la altura de las primeras dos temporadas hechas en Inglaterra. Sin embargo, considero que la historia propuesta en “Smitheerens” era suficientemente interesante para mantenerme atento, y que mi decisión de detenerla no estuvo ligada a su calidad sino a circunstancias extraordinarias, ajenas a ella. ¿O será acaso que me miento a mí mismo y que el algoritmo sabe algo que yo no? Espero que no…

II: De (a)normalidades y American Crime Story

Entre el 14 y el 17 de junio de 2019, mi esposa y yo vimos la segunda temporada de la serie American Crime Story, dedicada en esta ocasión a El Asesinato de Gianni Versace. Cada noche, después de acostar a nuestra hija, vimos dos o tres episodios consecutivos. Luego de cuatro días habíamos terminado este relato delirante sobre la muerte del diseñador italiano en 1997 en Miami, a manos de un joven perturbado que antes había asesinado a otras cuatro personas.

Desde un punto de vista técnico y narrativo, no tuvimos queja alguna: la secuencia inicial del primer episodio, “The Man Who Would Be Vogue”, donde vemos a Versace desde el inicio de su jornada hasta el momento en que Andrew Cunanan le dispara frente a la puerta de su mansión, está hecha con tal elegancia que no queda más que aplaudirla. Todo está donde corresponde: el movimiento de cámara, los personajes, el diálogo (o la ausencia de este), y la magnífica musicalización, cortesía de Mac Quayle y su Adagio in G Minor que nos acompaña hasta el clímax.

No obstante, desde el primer momento, ambos notamos que algo raro pasaba. Al final de nuestra segunda sesión de binge-watching supimos qué era: al tratarse de una serie transmitida en la cadena de cable FX, en el lugar donde debía ir la publicidad habían quedado unas pantallas en negro de 5 interminables segundos que nos parecieron demasiado perturbadores. Cuando se ven materiales en una plataforma de streaming o a través de algún otro soporte digital (archivo informático o DVD), esas pausas cortan la experiencia de manera increíble. De cierta forma, más valdría tener anuncios que esos vacíos.

Al pensar sobre este asunto, nos dimos cuenta que ya habíamos experimentado algo similar con Crazy Ex-Girlfriend, la excelente serie original de The CW, aunque las pausas ahí no eran tan marcadas, según recordábamos. En cualquier caso, la experiencia con American Crime Story nos hizo ser conscientes de nuestra nueva “normalidad” de consumo mediático, es decir, el hecho de que esta falta de comerciales corresponde apenas a los últimos años de nuestra historia viendo series o películas en casa. También nos recordó que fuera de nuestras cuatro paredes existe gente que, en uno u otro momento, sigue viendo producciones audiovisuales a “la antigua” gracias a esas cosas que se llaman televisiones.

III: Del flow y Raymond Williams

Me gusta pensar que mi anécdota alrededor de American Crime Story es, de cierta forma, la versión del siglo XXI de aquella que cuenta el sociólogo británico Raymond Williams en su famoso texto Television: Technology and Cultural Form de 1974 donde da cuenta de su primera experiencia, real y directa, con la televisión estadounidense. Sus reflexiones son tan interesantes que no queda más remedio que la cita in extenso:

Una noche en Miami, aún aturdido de una semana a bordo de un trasatlántico, empecé a ver una película, y al principio tuve cierta dificultad para acostumbrarme a una mayor frecuencia de “pausas” comerciales. No obstante, esto fue un problema menor comparado con lo que pasó eventualmente. Otras dos películas, que estaban programadas para noches posteriores en el mismo canal, empezaron a ser insertadas a manera de avances. Un crimen en San Francisco (el tema de la película original) empezó a servir de contrapunto extraordinario no solo a comerciales de desodorante y cereal, sino a un romance en París y a la destrucción de Nueva York a manos de un monstruo prehistórico. Todo esto constituía una nueva secuencia en sí misma. Incluso en la televisión comercial británica hay una señal visual –el signo residual de un intervalo– antes y después de secuencias de comerciales, y los avances de otros programas suceden solo entre programas. En este caso había algo bastante diferente dado que las transiciones entre película y comercial, y entre película A y película B y C no estaban marcadas de forma alguna. En cualquier caso hay suficiente similitud entre ciertas películas, y entre varios tipos de películas y ciertos comerciales que muchas veces las imitan conscientemente, como para hacer que una secuencia de este tipo se convierta en una experiencia muy difícil de interpretar. Sigo sin estar seguro qué saqué de todo este flujo (flow). Creo que registré algunos incidentes como parte de la película equivocada, y algunos personajes de los comerciales como si estuvieran involucrados en momentos de la película, en lo que acabó siendo –con todo y las extrañas disparidades– un solo flujo irreflexivo de imágenes y sentimientos.[1]

La experiencia general de Williams –el ver series y películas en la televisión– era mi cotidiano hasta los primeros años de este siglo, como lo era también de la mayoría de la gente. Hoy, gracias al streaming, los comerciales son una interrupción odiosa a la que me confronto cuando veo YouTube, pero ya no cuando veo una serie o una película desde la comodidad de mi casa a través de Netflix, Cuevana o algún otro servicio de streaming. Tan opuestas como son una y otra anécdota, ambas describen formas predominantes de consumir contenidos audiovisuales en las respectivas épocas que tuvieron lugar.

Cabe decir que al hablar del streaming como forma predominante para el consumo de producciones audiovisuales en el siglo XXI no me refiero forzosamente a una hegemonía en términos numéricos sino en influencia social y cultural. Como lo escribí para el caso de Netflix en una entrega anterior, si bien se habla del líder del mercado del streaming, con una presencia prácticamente en todo el mundo, las condiciones económicas y de infraestructura en muchos países y regiones hacen que el impacto real de esta empresa estadounidense sea menor. Lo mismo se puede decir de forma general del consumo de audiovisual distribuido por internet: se asume como una práctica muy extendida y una aspiración a la que apuntan grandes sectores del público y de la industria, pero sus cifras se mantienen por debajo del consumo de la televisión abierta.

En México, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Consumo de Contenidos Audiovisuales 2018 del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), el 72% de la población del país consume televisión abierta, contra 46% que lo hace a través de algún tipo de servicio por internet. “Entre los principales hallazgos”, dice el boletín del IFT, “se encuentra que el 93% de los entrevistados cuenta con televisor en su hogar; de los cuales poco más de la mitad (51%) señaló contar solo con el servicio de televisión abierta”.

Estamos tan inmersxs en la cotidianidad que nos es difícil ver que los modelos co-existen, en lo mediático y en todos los campos. A pesar del terreno ganado en poco tiempo, el streaming y todo lo que representa actualmente forma parte, sobre todo, del imaginario colectivo, pero aún no de la realidad. Si los viejos actores –empresas, críticos, público– rechazan a los nuevos en festivales y entregas de premios, colgándoles pecados a diestra y siniestra, es por un temor al imparable cambio, actitud comprensiblemente humana.

Esta historia de enfrentamientos entre viejo y nuevo es cíclica. Ahí están la llegada de la televisión (Video killed the radio star!), de la novela y su encumbramiento como forma hegemónica de la literatura occidental (“¡Las novelas son para las mujeres ociosas!”), y varios siglos antes del libro impreso (“¡La gente ya no va a recordar las cosas porque las tendrá escritas en esos armatostes!”). En otras palabras, haters gonna hate. Lo que nos queda es comprender los cambios, revisarlos y reflexionarlos, y solo entonces, si estos representan un perjuicio, ejercer nuestro derecho a oponernos. De lo contrario, seremos la versión de carne y hueso del abuelo Simpson gritándole a la nube.

[1] Traducción personal del fragmento contenido en la página 92 de la edición electrónica de 2004 de Television: Technology and Cultural Form, disponible para descarga legal y gratuita en: https://library.memoryoftheworld.org/#/book/733d9005-b339-413c-8b55-4581870cff74

Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando

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