¿Quién salvará a ese chiquillo?

¿Quién salvará a ese chiquillo?

Foto: José Luis de la Cruz
Martín López Calva

«Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.» 

Miguel Hernández. «El niño yuntero».

El poema “El niño yuntero” que sirve de símbolo para la reflexión de esta educación personalizante fue escrito por Miguel Hernández entre el verano de 1936 y de 1937 –en plena guerra civil española- y forma parte del libro Viento del pueblo, publicado en el verano de 1937. 

En él se narra la historia triste de uno de esos niños nacidos en los campos de Andalucía, en los sectores más pobres de la sociedad y por esta condición de carencia, está condenado a trabajar la tierra desde muy pequeño, a no tener nunca una infancia en la que pueda jugar, aprender, disfrutar, cultivar sus gustos y desarrollar sus potencialidades humanas.

Lo conocí por primera vez por mi afición a la música de Joan Manuel Serrat durante mis estudios de bachillerato a finales de los setenta;  lo leí y analicé con mayor detenimiento hace ya casi tres décadas, durante un curso de Antropología filosófica impartido por el inolvidable gran filósofo jesuita, Juan Bazdresch S. J. cuando apenas iniciaba mi carrera académica. 

Es un poema sobrecogedor que plantea la tragedia de muchos millones de menores de edad, que parecen estar inevitablemente condenados a vivir un destino previamente escrito, del que no podrán hacer nada para escapar. Porque han nacido “carne de yugo”, “más humillados que bellos” y tienen desde la cuna el yugo sobre su cuello, un yugo que no podrán quitarse de encima en toda su existencia.

Lo tomo hoy porque me vino a la mente de inmediato al leer, impactado, las notas acerca de niños armados y entrenados para “defender a sus comunidades” en este México nuestro, en el que la violencia sigue escalando y nos pone cada día frente a noticias cada vez más terribles y dolorosas.

“Un grupo de autodefensa en el sur de México, presentó públicamente el miércoles a una tropa compuesta por 19 niños armados y enmascarados que fueron reclutados como «policías comunitarios».

Los niños parecen tener entre 8 y 15 años,  portaban rifles y escopetas. Algunos de los más jóvenes cargaban palos en lugar de armas”.

Esta es una de las notas informativas que se publicaron al respecto, las cuales, a pesar de hacer cierto ruido en las redes sociales, en la conversación pública pasarán de moda como todas las tragedias que se viven hoy en este país, se archivarán en el repositorio de agravios que se van normalizando, no causan ruido, ni preocupación en nuestra conciencia como sociedad, que se va acostumbrando a la cultura de la violencia y la muerte que lo envuelve todo.

Porque a pesar de que la Convención sobre los Derechos del Niño, que fue firmada por el gobierno mexicano hace ya muchos años, señala en su artículo 38 que el Estado debe hacer todo lo necesario para que ningún menor de 15 años participe en conflictos armados o sea reclutado por las fuerzas armadas. En muchas comunidades de nuestro territorio nacional, tenemos niños que nacen “…como la herramienta/ a los golpes destinado (s)/de una tierra descontenta/ y un insatisfecho arado…” y que ya no solamente están predestinados al arduo trabajo físico en el campo sin poder disfrutar de su infancia, sino que están ya envueltos desde que nacen en la dinámica de la violencia.

Niños que, como dice el poema, empiezan a sentir “la vida como una guerra y a dar fatigosamente en los huesos de la tierra”, que tienen que responder a sus condiciones de existencia que los pone en la tesitura diaria de buscar la supervivencia que les impide cualquier posibilidad de aspirar a vivir para vivir, a construir un proyecto de vida humanamente válido y sostenible.

“Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura…” 

Para estos niños cada amanecer no es una oportunidad de imaginar, de generar y hacer realidad sus ilusiones, de convivir, de jugar como cualquier persona de su edad, sino una pesada losa que lo hace menos criatura, la cual le obliga a escuchar bajo sus pies la voz de la sepultura sin entender cabalmente las causas de esta batalla cotidiana, las razones de esta sinrazón.

«¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?»

Ante esta triste noticia, que se suma a la tragedia de Torreón -en la que un niño, igualmente condenado por su origen y su entorno, mató a su maestra e hirió a un profesor y a varios compañeros para luego suicidarse- y a la no menos trágica situación de tantos niños migrantes que están cruzando la frontera sur de nuestro país,  siendo objeto de maltrato y violación de sus derechos humanos fundamentales, surge inevitablemente la pregunta que hace el poeta: ¿Quién salvará a estos chiquillos menores que un grano de avena? ¿De dónde va a salir el martillo que romperá por fin esta cadena de injusticia, desigualdad, abuso y sufrimiento?

Varias veces he citado aquí la idea del filósofo vasco Fernando Savater, respecto a que la educación es –o debería ser- la antifatalidad, es decir, la herramienta para evitar que el destino pre-escrito para los niños de sectores pobres o vulnerables se cumpla, el martillo que rompa la cadena de todos estos seres humanos que han nacido carne de yugo. 

Ante esta realidad de necesidad urgente, violencia imparable, impunidad rampante y desesperanza extendida, no puedo más que seguir creyendo en esta misión transformadora de la educación aunque me sienta totalmente impotente, rebasado, sin ideas claras sobre cómo se puede ir logrando esta meta.

Hoy más que nunca tenemos que seguir siendo profesionales de la esperanza, aunque no existan muchas razones para el optimismo.

*Foto de portada: José Luis de la Cruz

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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