García Luna detenido. Juicio al calderonismo
Calderón es responsable de la estrategia contra el crimen organizado que trajo nulos resultados en la lucha contra los grupos de criminales
Por Juan Manuel Mecinas @jmmecinas
05 de enero, 2020
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Foto tomada de Flickr

Juan Manuel Mecinas

@jmmecinas

Es una tragedia. No solo porque un funcionario principalísimo de la estrategia (es un decir) de combate contra el crimen organizado sea sobornado precisamente por los grupos a los que debe combatir. Lo es porque la historia se repite y todas las instituciones importantes lo saben, todo el mundo lo susurra, pero el gobierno lo negó una y otra vez. García Luna era el elefante en la sala que el calderonismo se negaba a ver.

Genaro García Luna fue detenido porque tenía vínculos con el narcotráfico y recibió sobornos de parte del cártel de Sinaloa para beneficiar a este por encima de otros grupos criminales que el gobierno combatió. El resultado, no obstante, no tenía como objetivo luchar contra los grupos que controlaban el mercado de drogas: su intención era favorecer al Chapo Guzmán y a sus socios. En otras palabras, la llamada «guerra contra el crimen organizado» ha quedado en entredicho. ¿Se combatió a los cárteles o se limpió el camino para que uno de los grupos prevaleciera sobre los demás? La respuesta no es menor. Las muertes de muchos inocentes merecen el mínimo respeto. Los familiares de esas víctimas y toda la sociedad mexicana merecemos una pizca de verdad.

Desde hace algunos años, más de un periodista ha sostenido que lo que Calderón emprendió y García Luna lideró fue una estrategia para que solo un cartel de drogas reinara, y se acordara solo con este el trasiego de drogas. Un capítulo de la novela Los señores del narco, de la periodista Anabel Hernández, tiene un título de retumba como una verdad en estos días: “El ejército del Chapo”. En este, Hernández describe que en realidad las instituciones de seguridad mexicana estaban favoreciendo al cártel de Sinaloa, y no estaban combatiendo al crimen organizado en su conjunto. Difícil rebatir a la periodista después de conocer que el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusa a García Luna de recibir sobornos del Chapo.

Veinte años antes, otro alto mando del gobierno había caído por un tema similar: Jesús Gutiérrez Rebollo, quien desempeñó su función como zar antidrogas para forrarse los bolsillos, cortesía de los cárteles de droga (aunque sus familiares afirman que todo fue una represalia por haber indagado vínculos de la familia Zedillo con los Amezcua –otro grupo de narcos–). El tema, faltaba más, no es nuevo y no sorprende, pero no deja de ser doloroso. Quienes combaten a los malosos son parte de la banda. Nunca mejor utilizado el epíteto de López Obrador: son una mafia del poder. El problema es saber si en algún momento, los presentes o futuros funcionarios, pueden dejar de serlo.

Si García Luna decide colaborar con las autoridades norteamericanas puede desvelar nombres de los involucrados en el contubernio que tuvo con el cártel de Sinaloa. Calderón puede decirse sorprendido de los vínculos de García Luna, pero hay evidencia de que más de una persona le ofreció pruebas de los malos pasos de su Secretario de Seguridad Pública y el expresidente las ignoró. Por acción o por omisión, Calderón es responsable de que se haya implantado una estrategia contra el crimen organizado que no solo trajo muchas muertes, sino nulos resultados en la lucha contra los grupos de criminales, que hoy reflejan un poderío superior al del Estado en muchas zonas del país.

Para el pueblo de México, la detención de García Luna es la confirmación de una tragedia y una noticia desoladora: durante trece años se ha luchado contra un enemigo y no se sabe bien a bien para qué, y mucho menos por qué. La única pista real la da la detención de Genaro García Luna. Y la respuesta es dolorosa: fue para beneficiar a un cártel.

El palo histórico contra el calderonismo, sus defensores y sus asesores –muchos de ellos aún con la pluma y la lengua sueltas– es brutal. Han defendido a capa y espada una estrategia que hoy resulta descubierta. Defendieron y escupieron vituperios para solapar a un funcionario que todos consideraban siniestro. Hoy, aún con el arrojo que da el descaro y la ignorancia, quieren justificar sus acciones. La realidad es que la historia los alcanzó pronto. Y los ha juzgado de manera terrible: son los de la guerra fallida; los del combate simulado. Maestros de una guerra que mató a muchos y benefició a pocos –incluidos ellos–. Históricamente, pasaron de haber sido un grupo en el poder a meros vasallos del señor de Sinaloa.

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Juan Manuel Mecinas
Profesor e investigador en derecho constitucional. Ha sido docente en diversas universidades del país e investigador en centros nacionales y extranjeros en temas relacionados con democracia, internet y políticas públicas.