Coraje, generosidad y prudencia
Educar el pensamiento crítico de los niños es un elemento indispensable para darles herramientas en este mundo donde la violencia ha sido normalizada
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
14 de enero, 2020
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Imagen de Pexels en Pixabay

Martín López Calva

Para José Ángel, para la maestra María Assaf Medina,

para los heridos y la comunidad del Colegio Cervantes de Torreón.

Hasta hace poco lo veíamos como un asunto muy lejano, como algo que nunca podría ocurrir en México. Era cosa de los gringos que viven en una sociedad enferma que hace apología de la violencia y vende armas a cualquiera, en cualquier supermercado. Jamás pensamos que esta realidad, tarde o temprano, podría alcanzarnos; jamás contemplamos la posibilidad de que una cosa semejante podría ocurrir en una escuela mexicana.

Sin embargo, el pasado viernes, en una escuela particular de la ciudad de Torreón, Coahuila sucedió eso que nunca iba a llegar a ser parte de nuestra realidad. El destino de la violencia sin control alcanzó también al espacio escolar, al lugar en el que se supone se forma para vivir humanamente y para convivir pacíficamente con los demás.

Un niño de apenas 11 años, alumno de buenas calificaciones y comportamiento que nunca llamó la atención por salirse de las normas, llegó a la escuela con dos armas, pidió permiso para salir al baño y cuando la maestra fue a buscarlo porque tardaba mucho tiempo, disparó al menos en nueve ocasiones y la mató, hirió a un profesor así como a otros alumnos y se quitó la vida.

Lo más fácil es juzgar, hacer afirmaciones apresuradas, decir que este hecho fue causado por la influencia de los videojuegos violentos, buscar culpables y señalar a los familiares como responsables del comportamiento del niño; afirmar sin saber que “seguramente lo tenían abandonado” o no “lo hicieron sentir querido o aceptado”; pensar tal vez que la escuela no tenía las medidas de seguridad necesarias para evitar una tragedia como la que ocurrió.

Lo más natural o espontáneo, pero simplista, también es sumarse a compartir ese post que apareció en estos días en varios muros de Facebook y cuentas de Twitter de algunos docentes en donde se expresa con razón el luto por la muerte de la maestra, y se “exige” a los padres de familia que se “ocupen de la crianza, disciplina y atención de su hijo”, como si la responsabilidad fuera exclusivamente de los padres.

Sin embargo, como escribió en la misma red social una directora escolar:

No es culpa de los videojuegos. Exclusivamente.
No es culpa de los maestros o la escuela. Exclusivamente.
No es culpa de los padres. Exclusivamente.
No es culpa de una sociedad indiferente al dolor ajeno. Exclusivamente.
No es culpa de la violencia que vemos a diario. Exclusivamente.

La solución no es reducir horas frente a las pantallas. Exclusivamente.
La solución no son clases de Educación Socioemocional. Exclusivamente.
La solución no está en el diálogo, la atención y el amor familiar. Exclusivamente.
La solución no son cursos, pláticas, ni talleres de Desarrollo Humano. Exclusivamente.

La solución, definitivamente, no es “Operación Mochila” ni ocultar la realidad a los niños.

Me queda claro que la responsabilidad está en nosotros, adultos.
No me queda claro qué hacer a partir de hoy.

La clave de esta reflexión está en el término “exclusivamente”, porque es cierto que todos los factores que se mencionan aquí tienen que ver en parte con el trágico acontecimiento de Torreón pero ninguno puede asumirse como la causa única o principal de lo que pasó. ¿Qué lleva a un niño a planear un hecho como este? ¿Por qué un menor de edad mataría a su maestra y dispararía contra sus compañeros? ¿Por qué se quitaría la vida? Es un fenómeno complejo –no solamente complicado, sino que tiene múltiples ángulos y causas posibles– que debe por ello analizarse y tratar de prevenirse de manera compleja.

A partir de que circuló la noticia se ha enfatizado mucho la urgencia de que la educación se ocupe de la dimensión socioemocional, de la que empieza ahora a hablarse mucho y se incluye de manera incipiente en el currículo formativo de la educación básica. Se trata, sin duda, de una dimensión muy importante que hasta ahora había sido ignorada en la educación escolar y universitaria.

Hay otro elemento que me parece importante introducir y tiene que ver con el desarrollo de un auténtico pensamiento crítico desde la infancia. Alguna vez esuché o leí que un ser humano se vuelve adulto cuando comprende cabalmente y asume responsablemente que es mortal. ¿Qué tanta conciencia puede tener un niño de 11 años sobre lo que es la muerte de otro ser humano y la propia muerte? ¿Qué tan distorsionado puede estar el imaginario sobre la muerte en un niño de estos tiempos en los que todos los días se ve morir y se matan personas, no solo en videojuegos, películas o series televisivas sino en las noticias y en las calles de las ciudades donde vivimos? ¿Qué tanta conciencia hay de la gravedad y la definitividad de la muerte en un niño que está creciendo en una realidad en la que se ha normalizado la violencia y se ve como natural el hecho de matar?

Educar el pensamiento crítico de los niños para que sean capaces de distinguir los distintos ámbitos y tipos de realidad –la realidad virtual de un videojuego; la realidad imaginaria de una película o una serie de ficción; la realidad “real” concreta de una muerte que ocurre en una guerra o en un hecho delictivo cercano–, y así desarrollen sentimientos acordes con cada tipo de realidad, es un elemento indispensable para darles herramientas en este mundo donde la violencia ha sido normalizada y se ha trivializado la vida y la muerte.

Solo así un niño será capaz de construir una conciencia clara que lo haga entender que, como dice la canción de Mecano: “Yo no sé, ni quiero / de las razones / que dan derecho a matar / pero deben serlo / porque el que muere / no vive más, no vive más”.

Atender el desafío de la educación que prevenga hechos como el que ocurrió la semana pasada implica, además de educar el pensamiento crítico y la dimensión socioemocional, superar la falsa idea de que solo los padres pueden educar valores a sus hijos. Esta es una tarea que nos implica a todos puesto que, como afirma el filósofo vasco Fernando Savater: “La sociedad debe transmitir valores en defensa propia, no podemos esperar a que los padres sean buenos […] Alguna alternativa hay que dar a los niños para que vean las cosas más claras”.

Siguiendo al mismo Savater, habría que asumir con seriedad y humildad el reto de una auténtica educación ética que consiste en desarrollar en los educandos “tres virtudes: coraje para vivir, generosidad para convivir, y prudencia para sobrevivir”.

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..