The Art of Self-Defense: o el arte de ridiculizar lo ridículo

The Art of Self-Defense: o el arte de ridiculizar lo ridículo

Foto tomada de YouTube
Héctor Jesús Cristino Lucas

¡De acuerdo, de acuerdo! No vengo aquí a hacerme el interesante, ni a causar polémica gratuita… pero voy a decirlo: odio la corrección política en la era actual. Que algún producto, sea de la índole que sea, te diga lo que está bien y lo que está mal; de qué puedes reírte, de qué no. Y ni siquiera es porque el mensaje en sí sea el problema – ¡se los juro! – sino porque a veces el discurso moralista no encaja dentro del material original NI CAGANDO.

Como cuando el cesto de la cocina ya está lo suficientemente saturado, pero en lugar de sacar la bolsa optas mejor por aplastarla y seguir llenándola de más basura. ¡No sean tan cínicos, por favor!

Sobre todo, cuando estos discursos son empaquetados como una suerte de “mensaje subliminal” para venderse después en películas cuyas tramas ni siquiera tienen que ver con estos temas.

Ya sea con una infumable Ghostbuster (2016) de Paul Feig dedicada a convertir una película de comedia sobre cazar fantasmas en “un reboot políticamente correcto” que exalta la figura femenina simplemente por ser femenina; o el caso de Men in Black: International (2019), que insinúa con chistes baratos que la famosa corporación secreta debe cambiar su nombre por algo más “equitativo” como Humans in Black. ¡Porque claro!, estos detalles aportan muchísimo a la trama, ¿no es así?

Llámenme como quieran llamarme, pero no es secreto que la corrección política en estos tiempos resulta tan innecesaria como ridícula cuando es metida con calzador. Haciendo incluso que algunos mensajes forjen premisas tan fofas y descafeinadas que son el paralelo absurdo de otros tópicos como: “los malos siempre son ricos y los buenos siempre son pobres”.

Pero tampoco es que esté en contra del recurso. Pasa que algunas cintas tienen tan claro su cometido y el mensaje encaja tan bien dentro de su trama, que aquello que en un principio podría ser un inevitable estorbo, en buenas manos, es un acierto formidable.

¿Recuerdan la divertidísima Rocko’s Modern Life: Static Cling (2019) que estrenó recientemente la casa Netflix? ¿Qué mejor ejemplo que ese para demostrarlo?

A través de un especial de 45 minutos que continuaba con la mítica serie noventera de Nickelodeon, Joe Murray -su creador- nos narró el regreso del simpático Rocko y sus amigos al planeta Tierra luego de pasarse 20 años perdidos en el espacio, para recrear una suerte de crítica al siglo XXI… aunque no precisamente al tecnológico mundo moderno, sino, más bien, al individuo que se niega adaptarse a él.

Lejos de venderte el típico discurso romántico de añorar el pasado porque el futuro apesta; este particular episodio usa el peliagudo concepto de “el cambio” como una suerte de jugada auto paródica que tanto sirve para identificarse con el inadaptado personaje, como para probar que no asumir el paso de las eras puede llegar a convertirse en un problema mayor.

Leer / Rocko’s Modern Life: Static Cling y la hilarante autoparodia del cambio

Esto se ve mejor reflejado cuando Murray incluye un personaje dentro de la comunidad LGBTTTIQ para evidenciar que ciertos conflictos sociales siguen repitiéndose hoy en día, precisamente, por falta de tolerancia al cambio: como la discriminación o la terrible homofobia. Haciendo que, de hecho, la corrección política de su trama no solo sea ingeniosa sino tremendamente imprescindible.

¡Pues bien! Dentro de esta misma categoría podríamos incluir la reciente cinta de Riley Stearns: The Art of Self-Defense (2019) que no solo llega en el momento más indicado; también en el más interesante.

En una era donde “el discurso de lo políticamente correcto” está a la orden del día, pero de una forma tan gratuita que estorba en el desarrollo del entretenimiento, el cineasta no solo te propone una cinta de protesta contra algún mal de carácter social como el machismo o la misoginia, por ejemplo; también se toma la molestia de enseñarnos cómo debe hacerse una buena película de este tipo sin morir en el intento.

Una suerte de manifiesto actualizado que no solo hace mofa del problema en cuestión, también de cómo se imparten estos discursos moralistas a través de historias poco preparadas.

¿Y qué mejor que con una cinta de comedia negra con tintes violentos que pretenda tomar el encanto de lo políticamente incorrecto para usarlos en su contra? O al menos eso es lo que parece ser.

Lejos de tomar la típica figura “femenina de empoderamiento” para ridiculizar a la masculina sin justificación aparente, The Art of Self-Defense pretende, más bien, que sean los propios estereotipos del “macho alfa” que se ridiculicen por sí mismos. Ya que, a decir verdad… por sí mismos ya son bastante ridículos. Solo hace falta exponerlos de cerca en lugar de atacarlos.

Con una historia enfocada en el drama y el humor norteamericano, Riley Stearns nos presenta a un personaje retraído -interpretado otra vez por Jesse Einsenberg- que, según la perspectiva de esta sociedad, no es lo suficientemente “macho” como para alcanzar el poder o la plenitud añorada. Ni en el trabajo, ni en el amor. Por lo que decide adoptar ciertos elementos “masculinos”, luego de que un evento traumático lo marque de por vida.

No obstante, lo que en un principio sería la típica historia cómica de corrección política -como una odiosa Ghostbuster (2016) de Paul Feig- el cineasta la convierte en una auténtica declaración, sincera y hasta honesta a la hora de evidenciar los estragos del machismo. Pero no a través de discursos moralistas, sino desde perspectivas netamente masculinas. La acusación del género con el mismo género. Lo que la vuelven ingeniosa a la hora de recrear estas alusiones sexistas de lo que es “ser un hombre” hoy en día: desde qué tipo de mascota se debe tener, hasta qué tipo de música se debe escuchar.

Pero ojo, que no os engañen los tráilers ni su mala distribución. No es la típica comedia ni es el típico escenario tampoco. La crítica ya habla incluso de The Art of Self-Defense como una digna sucesora de la cinta de culto Fight Club (1999) debido a la peculiar forma de abordar este tipo de tramas: como una sátira rocambolesca de ciertos problemas sociales, pero acompañado de un poderoso thriller psicológico de naturaleza salvaje.

No es casualidad incluso que, a 20 años de su estreno, aparezca una cinta cuya historia de “redención masculina” con tintes introspectivos recuerde bastante a la de Fincher. Aunque algo sí que es seguro: la película de Stearns logra emular la fórmula con un carisma genuinamente personal.

Mientras Fight Club (1999) se enfocaba en el constante rubro anticapitalista haciendo uso del imponente tema de la dualidad y la violencia física como un medio de autodescubrimiento, The Art of Self-Defense hace lo propio, pero a través de un extraño dōjō de karate que es capaz de despertar la furia reprimida de un hombre -el alter ego del macho alfa soñado- aunque no como un medio de equilibrio, sino de manipulación.

Como ya lo vimos en su fabulosa ópera prima, Faults (2014), el cineasta, al igual que Fincher, gusta de tomar el escabroso tema de los cultos o las sectas secretas como un imponente recurso argumentativo. Ya sea a la hora de develar, a manera de protesta, los errores de esta sociedad, o de remarcar el discurso de lo políticamente correcto de una forma más hilarante todavía.

Desde un Fight Club (1999) buscando destruir el sistema capitalista al unísono del mítico Where is my mind de The Pixies; o bien, con un The Art of Self-Defense que expone cómo algunos, en lugar de atacarlo, se preparan para enfrentarse a él y sacarle provecho… aunque eso signifique engendrar otros problemas más grandes todavía.

Aquí es donde ambas cintas toman su propio camino, ya que no es una copia descarada tampoco. El filme de Stearns aguarda con esa tranquilidad sospechosa y esa fotografía tan limpia, que el contraste de sus giros toque en el momento menos oportuno para sorprender a la audiencia. Y lo mejor es que el discurso de lo políticamente correcto ayuda a fortalecer aún más las intenciones de la cinta.

Stearns no solo demuestra que es “la ridiculización por sí misma” la mejor manera de usar corrección política; también la única. Ya que atacar un nefasto enemigo usando sus propios métodos, es como cortar la cabeza de una Hidra de Lerna esperando a que muera… como este hipotético culto o secta que tanto fortalece como debilita; que tanto salva como condena. Así en un círculo interminable. He ahí la gran metáfora del “arte de defenderse”.

En cuanto a estructura es una joya narrativa que podría servir incluso como material de análisis para futuras clases de guionismo. The Art of Self-Defense obedece a un principio dramático común tanto en la literatura como en el cine: la tan citada “arma de Chéjov” que nos dice que cualquier elemento expuesto al principio o durante el desarrollo de una historia -sea de la índole que sea- debe forzosamente cumplir un rol importante en el futuro de la narración.

Así que, si describes o muestras un arma al principio de tu historia, por poner un ejemplo, es porque definitivamente va a tener que dispararse en algún momento crucial. La cinta de Stearns es tan pulcra; tan limpia y a veces tan minimalista, que todo elemento usado se aprovecha para cumplirte sin dejar cabos sueltos. Simplemente es una genialidad.

Aunque parezca la misma cinta de comedia gringa con un Jesse Einsenberg haciéndole al introvertido de siempre -véase al tímido Columbus de Zombieland (2009) o al torpe Simons de The Double (2013)- la película cumple a niveles de una pieza de culto. Tan memorable como única a la hora de su ejecución: usar el peliagudo camino de lo políticamente incorrecto, para transmitir una crítica total o parcialmente correcta.

A veces no es el mensaje el problema, sino la forma. Eso es lo que no ha entendido del todo el entretenimiento actual para inyectarnos ese famoso discurso. The Art of Self-Defense, en cambio, usa ambos; y los usa de manera perfecta. Es el arte de ridiculizar lo ridículo; el verdadero arte de usar lo políticamente correcto.

Sinopsis:

“La película se centra en Casey (Jesse Eisenberg), quien es atacado al azar en la calle y se alista en un curso de karate dirigido por un carismático y misterioso Sensei (Alessandro Nivola), en un esfuerzo por superar sus miedos y aprender a defenderse. Pero lo que descubre es un mundo siniestro de fraternidad y violencia. Casey emprende un viaje, tanto aterrador como sombrío, que lo colocará directamente en la mira de su enigmático nuevo mentor.”

Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com

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