Tecnologías para la opresión: ¿existen alternativas?
Estar conectado bajo el esquema tecnológico actual busca controlar nuestra información ¿Podemos disentir de los modelos digitales que imponen los gobiernos?
Por Klastos @
14 de noviembre, 2019
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Mayeli Sánchez Martínez

Antes que nada: aceptar los términos y condiciones del contrato. Parece que la vida en las ciudades nos obliga hoy a un cambio de paradigma en la forma cómo las habitamos. Un paradigma en el que la tecnología sería la guía para alcanzar el bienestar social pero para eso hay que dar “clic” y aceptar sus términos y condiciones.

Meme encontrado en internet

La llegada de la 5G o quinta generación de tecnología móvil, que se caracteriza por tener un mejor flujo de datos, la posibilidad de controlar objetos, determinar nuevas formas de experiencias audiovisuales, así como sistemas de vigilancia más precisos, ya ha dado pie a toda suerte de especulaciones sobre oportunidades de negocio e imaginarios optimistas sobre interacciones en ciudades inteligentes. Sin embargo, todo parece apuntar a que aún tardaremos un quinquenio para que este tipo de tecnología comience a popularizarse. Por ahora, lo que existe es la 4G, que para los usuarios permite la integración de dos aspectos que ya están cambiando el cómo vivimos en la ciudad: las redes sociales y las aplicaciones basadas en la geolocalización.

Aunque en un principio las redes sociales nos permitieron expandir sin más nuestras posibilidades de interacción, en la práctica su uso ha sido bastante diferente. De acuerdo con el manual Redes Sociales en perspectiva de género: Guía para conocer y contrarrestar las violencias de género on-line, hay tres conceptos clave para pensar las redes “sociales” en internet: el capital social, el efecto Mateo, y los filtros burbuja.

Manual Redes Sociales en perspectiva de género: Guía para conocer y contrarrestar las violencias de género on-line

Se puede entender como “capital social” a las oportunidades individuales que se generan por la interacción que hay entre grupos de personas. El “efecto Mateo” es un fenómeno sociológico sobre la acumulación. Así, en el contexto de las redes sociales se resume como: «Cuantos más contactos tienes, más fácil te es establecer nuevos contactos y poder disfrutar de tus privilegios y las oportunidades que te otorgan tus redes sociales». Mientras que los “filtros burbuja” son dispositivos de limitación y control, consecuencia de los algoritmos que usan las redes sociales de acuerdo a tus preferencias o gustos.

Como en nuestro día a día, no todas las personas tenemos las mismas oportunidades en las redes sociales, a pesar de que se promueven como incluyentes y democráticas. Además, aunque para muchas personas lo que ocurre en estas redes no se relaciona con lo que llaman «la vida real», ahora es fácil constatar que lo virtual penetra en lo más profundo de lo “real”. Así, el mundo cotidiano y el virtual se van entrelazando –no siempre de modo perceptible– de maneras negativas en términos de control, vigilancia y violación de nuestra privacidad. 

Una de las formas más terribles en las que se enlazan las redes sociales digitales y el mundo no virtual se da con el tráfico de personas. Organizaciones de familiares de personas no localizadas de la ciudad de Puebla, y en otras partes del país, han encontrado que un mecanismo para sustraer menores es el uso de redes sociales. Sin embargo, también hay usos para el fortalecimiento de lazos comunitarios; pienso, por ejemplo, en todos los grupos de mensajería instantánea que se han creado para oponerse a la creciente ola de asaltos. En estas redes, el ser vecino –algo ya casi olvidado en la ciudad– cobró sentido nuevamente, y la gente ha tenido que poner un piso común sobre el cual basar la comunicación. Por supuesto, hay problemas. No falta quien hace engañosos comentarios religiosos o partidistas, pero se está hablando de nuevo. Tal vez, uno de los ejemplos más radicales de la interacción sobre cómo habitamos la ciudad y las redes se puede ver en las manifestaciones feministas. Desde la #PrimaveraVioleta al #FuimosTodas, Puebla ahora sabe que hay mujeres que no nos quedaremos calladas ante la violencia: desde el acoso callejero hasta el feminicidio.

Por su parte, las aplicaciones que te permiten pedir servicios de transporte, alimentos hasta tu casa o consultar mapas para que llegues más rápido a tu destino, no sólo transforman la relación con la ciudad, también están teniendo un profundo efecto en el deterioro y la normalización de las condiciones de trabajo que ya estaban precarizadas. Jornadas de trabajo que superan por mucho las ocho horas establecidas por ley, falta de prestaciones, inseguridad e indefensión en caso de accidente, son el cotidiano para quienes trabajan para las compañías que prestan estos servicios.Así, un efecto secundario del uso de redes sociales y de aplicaciones basadas en la ubicación geográfica es la posibilidad de extracción de datos de sus usuarios, que toma forma como “vigilancia generalizada”. El problema inicia con un consentimiento no informado en el que estamos accediendo a compartir nuestra información con la empresa que nos provee el servicio y, en muchos casos, a que la utilice con fines de lucro. 

En este sentido, uno de los escándalos más grandes fue cuando Facebook proporcionó datos a la empresa Cambridge Analytica y esto sirvió para manipular a posibles votantes en periodos electorales. En el caso de Puebla, tenemos varios ejemplos del uso de la vigilancia a partir de redes digitales. En 2013, el movimiento de hackers y hacktivistas Anonymus convocó a protestar durante la conmemoración de la batalla del 5 de mayo en Puebla, evento al que asistiría Enrique Peña Nieto y Rafael Moreno Valle. La reacción desde el poder fue hacer una investigación que llevó a que tres jóvenes fueran detenidos teniendo como pruebas sus publicaciones de Facebook. No fueron detenidos por cometer un delito sino por la posibilidad de cometerlo. Por primera vez, veíamos claramente en la ciudad esta pesadilla distópica de la vigilancia a través de las redes que usamos y la criminalización de antemano de los usuarios.

Si bien la vigilancia y espionaje han formado parte de la historia política del país, en el periodo de Moreno Valle se hizo notorio un esfuerzo enorme por incrementar estas capacidades integrando tecnologías digitales. Prueba de ello fueron las revelaciones de la inversión que se hicieron para adquirir los servicios de Hacking Team y su sistema para interceptar información, llamado Galileo, y cómo fue usado en contra de activistas, periodistas y «adversarios» políticos.

Tecnología de espionaje Remote Control System (RCS). Tomado de: https://ladobe.com.mx/2015/07/el-gobierno-de-rmv-guarda-silencio-sobre-el-espionaje-politico/

Aún me pregunto dónde estuvo el mayor impacto social, si en la información que recolectaron a partir de sus plataformas espía o en que, cuando se hizo público que nos estaban vigilando, se sembró en el imaginario colectivo la idea de que hay alguien que lo puede ver todo y que es inevitable nuestra vulnerabilidad.

Desafortunadamente, estas violaciones continuaron con la instalación del sistema de vigilancia conocido como C5. En cuanto a este, se sabe poco sobre las condiciones de los contratos para la renta de dispositivos, instalación y software de operación. Aunado a ello, si consideramos el Plan Municipal de Desarrollo 2018-2021, en el que se indica que se busca «instrumentar programas informáticos de detección de rostros, identificación de imágenes u objetivos de riesgo, entre otros, en la infraestructura de videovigilancia», podemos considerar que esto no va a parar.

Imagen tomada de la página web del Centro de Control, Comando, Comunicaciones y Cómputo (C5), del Gobierno de Puebla

Paradójicamente, uno de los aspectos menos tangibles de cómo las tecnologías están modificando la forma en la que habitamos Puebla tiene que ver con la infraestructura que requieren, por ejemplo, las antenas de telefonía móvil. De acuerdo con datos entregados a una solicitud de acceso a la información en 2018, en Puebla existen 780 antenas, pero los ciudadanos no podemos conocer su ubicación bajo el pretexto de «seguridad nacional», lo cual resulta ridículo porque este tipo de equipos suelen ser visibles por sus dimensiones. A esto se suma que no existe una norma que nos proteja de las emisiones que emiten estas antenas.

El problema de la vigilancia generalizada por parte de las empresas que nos “proveen servicios” y aquella que el gobierno puede realizar, está fuertemente ligado con la infraestructura, por ello uno de los frentes más importantes no solo para resistir sino para una transformación emancipadora –de las condiciones actuales de la misma infraestructura– es el del movimiento de la infraestructura autónoma. Este movimiento tiene ya más de una década desarrollándose y aunque se desenvuelve de manera global tiene acciones muy locales, como puede ser proveer un espacio para que una radio comunitaria pueda transmitir por internet cuando el mal gobierno le quita su transmisor. Pero tal vez lo más relevante del movimiento de infraestructuras autónomas es que no parte de la pregunta de cómo nos conectamos, sino de cómo nos organizamos y generamos comunidad.

Estar conectado bajo el esquema actual no busca la generación de comunidad, busca hacernos clientes y controlar nuestra información. No somos más que big data. Disentir de la ciudad digital que nos imponen las megaempresas y el gobierno cómplice es abrir la posibilidad de habitarla de otros modos, más participativos, autogestionados y libres.

 

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