¿Qué te puedo dar?

¿Qué te puedo dar?

Imagen de skalekar1992 en Pixabay
Martín López Calva

Qué te puedo dar que no me sufras

qué te puedo dar que no te hundas

que no vea en tus ojos reflejos de cristal

que me mata tu angustia, que me puede tu mal

Qué te puedo dar…

Víctor Manuel. La madre.

Todos los domingos suelo leer la columna semanal de Eduardo Caccia en el diario Reforma porque me parece alguien que aborda siempre temas novedosos y analiza la realidad desde perspectivas innovadoras e interesantes. Lo hice esta semana que pasó y en su texto citaba un episodio de la muy conocida serie Black Mirror titulado Arkangel.

Caccia ponía este episodio como ejemplo de la necesidad que tenemos los seres humanos de conocer y experimentar lo negativo, lo malo, lo riesgoso, lo violento, para poder desarrollar nuestra capacidad de supervivencia frente a situaciones inesperadas o emergencias que se nos presenten  y para poder relacionarnos con el entorno y con los demás.

Seguí su recomendación y vi el episodio completo. Se trata de Sara, hija de una mamá soltera que quiere protegerla y evitarle sufrimiento –o tal vez quiere evitarse a ella misma sufrimiento por lo que pueda vivir su hija- y para lograrlo la lleva a que le implanten un chip en el cerebro mediante el cual ella puede, a través de una tableta electrónica, localizar siempre el lugar en que se encuentra, ver lo que ella ve en tiempo real e incluso ponerle un filtro a sus experiencias desagradables –de miedo, ira, dolor- que la hacen literalmente ver pixeladas las escenas que le puedan alterar su estado emocional.

Es así que no puede ver al perro del vecino que le ladra furiosamente al pasar por el frente de su casa o mirar la cara de su abuelo, que está sufriendo un ataque al corazón, para pedir ayuda. De esta manera, Sara crece con una total incapacidad para reaccionar ante el peligro y para lidiar con realidades como las drogas o una hemorragia. Como dice el autor del artículo, se trata de un organismo sin “anticuerpos” emocionales que le ayuden a sobrevivir.

La madre de Sara la ama y tiene sin duda una buena intención cuando hace que le implanten ese chip protector. Sin embargo, el resultado es que la sobreprotección que le brinda la hace crecer totalmente desprotegida frente a los peligros reales de la existencia. Como dice la frase popular: sobreproteger es desproteger.

El episodio me hizo recordar la muy bella pero durísima canción del cantautor asturiano Víctor Manuel titulada La madre. Se trata de la historia de una mamá de muy escasos recursos que ha trabajado toda su vida para darle todo lo indispensable a su hijo que sin embargo, en algún momento, se desvía del buen camino y ella no sabe “quién le enseñó esas cosas, cuándo probó la muerte y amaneció entre sombras…”. Esta madre quiere ayudar a su hijo “sin saber ni cómo” y finalmente decide comprarle la droga más pura y administrársela hasta causarle la muerte: “…él creyó que soñaba en el fugaz instante en que acabó su tiempo abrazado a la madre…”

La mamá de esta canción se pregunta qué puede darle a su hijo que no lo hunda y se tortura a sí misma porque “…me mata tu angustia…me puede tu mal…” Creo que todos los padres y madres de familia en situaciones mucho menos extremas hemos sentido esta angustia y tratamos siempre de evitar que nuestros hijos o hijas sufran porque su sufrimiento es mucho más fuerte para nosotros que el propio. Sin embargo este deseo de evitarles sufrimiento puede ocasionarles mucho más daño que bien.

Existe en la literatura de divulgación del campo de la psicología el término “padres helicóptero” para referirse a quienes por este amor y este deseo de evitar todo tipo de frustración y sufrimiento a sus hijos terminan por dañarlos dejándolos sin las herramientas esenciales para convivir y sobrevivir en el mundo.

“Los padres sobreprotectores y ultracontroladores pueden tener un efecto muy negativo que afecte al desarrollo del niño para manejar de forma correcta sus emociones y comportamientos”… La investigación demuestra que los pequeños que “tienen padres helicóptero son menos capaces de lidiar con los desafíos que demanda el propio crecimiento como pueden ser: comportarse bien en clase, hacer amigos o tener un buen rendimiento escolar”.

Carolina García. Los ‘padres helicóptero’ crían hijos incapaces y dependientes. El País.

Este fragmento de una nota periodística sobre el tema define claramente a los padres helicóptero y los efectos que su forma sobreprotectora e hipercontroladora de tratar a sus hijos puede causar en su vida. Para poder manejar de manera asertiva sus emociones y guiar de manera autónoma sus comportamientos, todo niño necesita espacios de libertad que incluyen por supuesto y de manera inevitable experiencias de frustración, de miedo, de dolor, de violencia, de incomodidad y de sufrimiento.

Los padres helicóptero que abundan hoy en día no pueden ponerles este chip para vigilar y controlar sus días mediante una tableta. Sin embargo desarrollan mecanismos sutiles equivalentes o incluso más efectivos para generar dependencia que cualquier artefacto tecnológico como el que aparece en la serie de televisión.

De manera que detectan e intentan resolverles a sus hijos cualquier problema con sus profesores, con sus compañeros y amigos o con personas con las que tienen interacción cotidianamente, pero al hacerlo muchas veces agravan estos problemas o si los resuelven, les quitan la oportunidad a sus hijos de hacerlo y les generan el hábito de evadir su responsabilidad sobre sus propias vidas.

El desafío educativo de los padres y madres hoy en día está en el difícil pero posible descubrimiento cotidiano de las respuestas a las preguntas de la canción de Víctor Manuel: ¿Qué te puedo dar, que no me sufras? ¿Qué te puedo dar, que no te hundas?

Las respuestas están en el equilibrio entre el cuidado – “Cuida de mis labios/ Cuida de mi risa/ Llévame en tus brazos/ Llévame sin prisa/ No maltrates nunca mi fragilidad…dice Pedro Guerra – y la imprescindible necesidad de educar en libertad porque como dice esta reflexión atribuida a la madre Teresa de Calcuta:  Enseñarás a volar/pero no volarán tu vuelo./Enseñarás a soñar/ pero no soñarán tu sueño./Enseñarás a vivir/ pero no vivirán tu vida…”

*Foto de portada: skalekar1992 en Pixabay

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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