Parasite, sobre aquella eterna lucha de clases

Parasite, sobre aquella eterna lucha de clases

Foto tomada de YouTube
Héctor Jesús Cristino Lucas

Las imprescindibles cintas del expresionismo alemán mantenían como único objetivo el representar los temores más profundos del ser humano a través de ciertas figuras monstruosas que servían como una suerte de metáfora existencialista. Tanto de sucesos que ocurrían en el momento, como de otros que simplemente se adelantaban al paso de las eras.

Si The Cabinet of Dr Caligari (1920) de Robert Wiene y Nosferatu (1922) de F. W. Murnau respondían al horror y espíritu decadente que trajo consigo la Primera Guerra Mundial con el uso del claroscuro, los vampiros y los muertos vivientes; Metrópolis (1927) de Fritz Lang -mítica pionera dentro de la historia del cine de ciencia ficción junto a Le Voyage Dans la Lune (1902) de George Méliès- hacía lo propio, pero al horripilante futuro que nos esperaba a todos.

No solo como una terrorífica distopía encargada de develar un futuro donde las máquinas habrían tomado el control sustituyendo al hombre en una suerte de dictadura automatizada; también como una escabrosa profecía encargada de develar que el concepto de “la lucha de clases” -venido de Nicolás Maquiavelo y expuesto en las teorías de Karl Marx y Friedrich Engels- seguiría repitiéndose una y otra y otra vez por el resto de las eras como un sistema inquebrantable:

“Que los ricos, desde arriba, dieran órdenes a los pobres… de allá abajo”.

Algo similar a lo que mostró el fantástico Charles Chaplin cinco años después con la imprescindible Modern Times (1936), cuya divertidísima sátira del obrero intentando sobrevivir a una extraña y opresora fábrica futurista, comprobaba que el temor de Fritz Lang, de hecho, no solo era algo bastante cierto, también eterno y atemporal si lo trasladáramos a un rubro más histórico como la Gran Depresión de los años 30…

Por lo que este escabroso escenario, para bien o para mal, sería retomado tiempo después como un eterno tópico que seguiría vigente en prácticamente cualquier género del séptimo arte.

En la ciencia ficción, por ejemplo, podemos encontrar la lucha de clases a través de filmes distópicos que hacen uso de escenarios distinguibles a manera de alegoría para representar a los que pertenecen a la clase alta, como aquellos que pertenecen a la clase baja.

En Elysium (2013) de Neill Blomkamp, mientras los ricos viven en una cómoda estación espacial, los pobres se las arreglan como pueden entre los escombros de lo que alguna vez fue nuestro planeta Tierra. Mientras que en Soylent Green (1973) de Richard Fleischer, si la burguesía disfruta los lujos y placeres vanos, el proletariado se hunde en la escasez de comida.

En el cine de terror podemos hallarlo en las brutales reglas del subgénero home invasion. Los intrusos cumplen el rol de “verdugos” o “antihéroes” encargados de irrumpir la tranquilidad de ciertas familias acomodadas como una especie de “karma” o “justicia divina”.

Ya sea con un Funny Games (1997) de Michael Haneke en la que sus antagonistas no presentan una motivación más allá del “castigo” como forma de entretenimiento; o con un Don’t Breathe (2016) de Fede Álvarez, cuya clase baja justifica sus acciones al deterioro económico y moral de su propia sociedad.

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Mientras que, con los thrillers de drama social, estas películas suelen develar a manera de protesta ciertos conflictos internos que algunos países ocultan como un mal vergonzoso.

Por un lado, Un monstruo de mil cabezas (2016) de Rodrigo Plá evidenció la terrible corrupción sanitaria que encierra México, a través de una fatalista historia sobre una mujer de clase baja que haría hasta lo imposible para que una fraudulenta compañía de seguros continúe pagando el tratamiento de su esposo.

Y por el otro, Dream Home (2010) de Pang Ho – Cheung, denunció los altos costos inmobiliarios con los que debía enfrentarse constantemente el ciudadano promedio en Hong Kong… pero combinada como una brutal cinta slasher a la vieja escuela.

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No obstante, la reciente Parasite del cineasta Bong Joon-ho, ganadora de la codiciada Palma de Oro en el Festival de Cannes 2019 y considerada entre la crítica especializada como “la mejor película del año”, establece un punto y aparte entre las cintas de protesta con esta particular radiografía de la lucha de clases conviviendo dentro de una misma nación como lo sería una Corea del Sur en pleno siglo XXI.

Recordemos que las cintas de este director siempre han seguido la línea del cine contestatario, pero haciendo uso del género fantástico para recrear una suerte de fábula con poderosa moraleja tanto social como política.

Con la magnífica The Host (2006), que le valió el reconocimiento mundial, retomó el ya mítico cine de monstruos gigantes para recrear una ingeniosa crítica medioambientalista vs las enormes fábricas -tanto norteamericanas como norcoreanas- que arrojaban sus desechos químicos al océano.

Mientras que, con la polémica Okja (2017) coproducida por la mismísima casa Netflix, viajamos a un futuro distante en donde la creación de un nuevo ser vivo nos daría la oportunidad de sobrevivir ante una inevitable escasez de comida… pero pasando por alto temas como la bioética o el abuso animal.

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No obstante, con esta nueva película, dejamos de lado el cine de ciencia ficción y nos adentramos ahora al thriller y al drama social en pos de retratar las dos caras de una misma moneda: de cómo se las arreglan los pobres, pero también, de cómo es que sobreviven los ricos en estos ajetreados tiempos modernos.

Bong Joon-ho ya había abordado el peliagudo tema de la lucha de clases con aquella distópica Snowpiercer (2013) que nos narraba cómo luego de una segunda era glacial, la humanidad formó una nueva sociedad dentro de un inmenso tren en la que los ricos ocupaban los vagones más cómodos de enfrente, mientras los pobres, los más sucios y deteriorados del final. Pero será con Parasite, de hecho, que esta fábula quede muchísimo mejor explicada.

Porque si en esta última los ricos fungían como diabólicos antagonistas simplemente por ser los ricos; y los pobres, héroes bondadosos simplemente por ser los pobres, aquí se hace hasta lo imposible por tratar de empatizar con ambos lados de la balanza. Mostrar que, de hecho, hasta los más afortunados son humanos y no merecen el cansino estigma de Hollywood.

Es interesante reconocer que no existe heroísmo ni antagonismo como tal en esta película: solo mera supervivencia; un montón de personajes intentando rascarse con sus propias uñas mientras comparten, afortunada o desafortunadamente, el mismo mundo que les tocó.

A través del escenario como recurso metafórico, ya sea con los pobres viviendo apretados en una pequeña casa o con los ricos malgastando el espacio de una lujosa mansión, la cinta ayuda a remarcar las enormes diferencias que existen entre la burguesía y el proletariado para después confirmar que irónicamente comparten muchas cosas en común.

Bong Joon-ho, a través de este malicioso juego de contrastes, manufactura un espléndido drama social que, como ya es costumbre en su cine, salta constantemente a otros géneros como el thriller y la comedia negra de manera perfecta. Y lo mejor es que puede cumplirte con cada uno de ellos sin parecer forzado ni mucho menos abrupto.

En el drama, con la angustia de los marginados por tratar de sobrellevar el sistema que los arrojó a ser “parásitos” de los que más tienen; en la comedia, por la ironía y el ingenio de cómo se las arreglan para conseguirlo; y en el thriller, cuando todo su plan parece venirse abajo. Señores, Parasite, no es más que una sorpresa tras otra.

Cualquiera que se jacte de ser un arduo fanático del cine surcoreano va entender perfectamente cuando digo que estas películas no son realmente lo que aparentan ser. Siempre aguardan tranquilas una trama superior; ocultas; hasta que encuentren el momento perfecto para saltar y sorprender a la audiencia.

Para muestra, la impactante Oldboy (2003) del maestro Chang-Wook Park, cuya trama va mutando de una cinta de encierros y misterio a un auténtico thriller de venganza cuyo desenlace la vuelven un auténtico delirio psicológico. ¿O qué me dicen de la escalofriante I Saw The Devil (2010) de Kim Ji-Woon cuya historia sobrepasa los confines de un thriller común y corriente para convertirse en una auténtica tragedia griega del siglo XXI?

La reciente Parasite no rompe con la tradición, moviéndose en su primera hora en un drama cómico fácilmente predecible, pero en su segunda, en algo más especial incluso para los niveles de la propia industria.

La dirección es como un baile hipnótico que invita al espectador a involucrarse más de la cuenta; que no teme ser apacible en los momentos de calma, pero lo suficientemente corrosivo y salvaje cuando en verdad lo amerita.

En cuanto a actuación yo no sé qué pasa con estos surcoreanos que son realmente enérgicos y desafiantes. Desde los más jóvenes como Choi Woo-shik y Park So-dam interpretando a este par de hijos que harían lo que fueran para salvar a su familia de la pobreza, hasta los más veteranos, como Lee Sun-Kyun junto a Cho Yeo Jeong en el papel de este ingenuo matrimonio multimillonario. Cada uno de ellos construido de manera espectacular para representar ambas clases sociales sin salir del realismo puro.

Una vez que la cinta termina; cuando los créditos finales aparecen; solo resta preguntarse: ¿cómo es que todo esto terminó así? La tan temida lucha de clases, según la arriesgada tesis de Bong Joon-ho, nos vuelve a todos seres furiosos, impredecibles y materialistas sin importar de qué clase social seas. No solo es una crítica a la burguesía, es una radiografía del estrés colectivo del siglo XXI que nos empuja a ser parásitos inconscientes del propio sistema.

Amigos míos; queridos padawans de toda la vida; nos hemos empecinado a nombrar una “mejor película del año” sin antes considerar que el auténtico ingenio surcoreano -el famosísimo y encantador Hallyuwood– puede atacar en cualquier momento para arrebatarle este estatus a cualquier película norteamericana. ¿Y saben una cosa? ¡Qué gustazo da a veces!

Entretenida, inesperada y desafiante, nunca una película tan honesta en el peliagudo rubro social, desde la escabrosa Metrópolis (1927) de Fritz Lang, había mostrado con excelentes resultados… aquella eterna lucha de clases. Parasite es cita obligada; una obra maestra; un referente inmediato.

Sinopsis:

Tanto Gi Taek como su familia están sin trabajo. Cuando su hijo mayor, Gi Woo, empieza a recibir clases particulares en la adinerada casa de Park, las dos familias, que tienen mucho en común pese a pertenecer a dos mundos totalmente distintos, comienzan una relación de resultados imprevisibles.

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