No es que ganar el premio Nobel sea algo que ir presumiendo por ahí –te meten en el mismo club que a criminales como Henry Kissinger o a defensores de la limpieza étnica como Peter Handke–, pero en 2008 a Paul Krugman se lo concedieron por algo que merecía la pena: su trabajo en “geografía económica”. 

¿Qué es eso? Pues el estudio de cómo la geografía de nuestra ciudad o nuestra región se configura por las prácticas económicas y, específicamente, por la infraestructura y logística que las hace posibles. ¿Cómo se organiza una ciudad en torno a las fábricas textiles, ferrocarriles, bodegas, viviendas, mercados? ¿Cómo se ha transformado el espacio urbano en México por las actividades económicas desde, por ejemplo, la entrada en vigor del TLC? ¿Cómo ha modificado la digitalización los modos de relacionarnos con la ciudad que habitamos?

La infraestructura transmuta profundamente nuestras vidas y, a la vez, se hace pronto invisible. Autopistas, puentes, zonas industriales, basureros y drenaje, minas, oleoductos y plantas de bombeo, centrales de abasto, estaciones de autobús, antenas de telefonía y hotspots. Todo ese entramado logístico dicta cómo y para qué habitar la ciudad y, simplemente, lo damos por supuesto.

La geografía económica del estado se ha reconfigurado notablemente desde la apertura de la autopista México-Puebla en 1962, hasta la construcción de la planta de Audi en San José Chiapa (2016) pasando por la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad del Centro Histórico (1987), o la construcción de centros comerciales como Angelópolis (1998). La mano invisible del mercado nos ha ido señalando qué (no) podemos hacer con nuestra ciudad.

En todos esos momentos, las prácticas urbanas se han visto trastocadas: cómo y dónde nos asentamos, de qué modo nos comunicamos y desplazamos, para qué y a dónde. Si la transformación que comenzó en la década de 1960 fue, sobre todo, automotriz, en estos últimos años estamos además sometidos a la más reciente reestructuración de la ciudad. 

Por una parte, con la onerosa edificación por iniciativa pública de infraestructura de ocio y cultura para atraer las tarjetas Visa del turismo global  (carriles bici, “parques lineales”, norias y museos) y, por otra, con las –cada vez más– omnipresentes mediaciones digitales, vía proyecciones multimedia, apps, big data y toda clase de software de espionaje. Quien tenga ojos para ver, que lea.

Consejo editorial

Klastos. Investigación y crítica cultural

 

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