Ética y comportamiento académico

Ética y comportamiento académico

Foto: Marlene Martínez
Martín López Calva

“La ciencia moderna se cimentó sobre la separación entre el juicio de hecho y el juicio de valor; o sea, entre, por un lado, el conocimiento y, por el otro, la ética”.

Edgar Morin. Método VI: Ética, p. 25

El día de mañana tendré el honor de participar junto con tres destacados investigadores en la conversación educativa sobre ética y comportamiento académico, en el marco del XV Congreso Nacional de Investigación Educativa convocado por el COMIE, que tendrá como sede la ciudad de Acapulco. Con este motivo, voy a dedicar esta Educación personalizante a compartir con mis lectores algunas de las ideas que desarrollaré con mayor amplitud en ese espacio de diálogo.

La creciente y grave problemática de conductas no éticas como el plagio, la autoría inapropiada, el aprovechamiento del trabajo de los alumnos y tesistas para provecho de los investigadores, la manipulación de datos para forzar la comprobación de supuestos o hipótesis de investigación, el sesgo originado por la necesidad de satisfacer las expectativas de las agencias o empresas que patrocinan los proyectos, etc., hacen que la mayor parte de los estudios sobre el tema de la ética en la investigación se centren en estas realidades negativas.

Sin soslayar la gravedad de este tipo de conductas, mi participación va a centrarse en compartir una visión más amplia y compleja que no contradice, sino complementa y aporta un marco metodológico para analizar todas las conductas éticamente inapropiadas en la generación de conocimiento.

Esta visión no es algo absolutamente innovador pero sí resulta necesaria en un contexto en el que –desde mi punto de vista– necesitamos perspectivas más integrales de análisis que contemplen los fundamentos teóricos que originan los problemas y no solamente los elementos observables. Mismos que se pretenden corregir a nivel práctico pero que muchas veces no se resuelven porque, precisamente, no tocan la raíz que genera estos comportamientos no deseables.

En primer lugar, hay que decir que –como afirma Morin– el origen de los comportamientos académicos contrarios a la ética es el paradigma moderno que pretendió separar el juicio de hecho del juicio de valor desde una falsa noción de objetividad. Esta planteaba que la ciencia y el conocimiento que produce son totalmente neutrales en términos axiológicos, y que la ética tiene que ver con elementos subjetivos que son naturalmente ajenos a la ciencia.

Por más que hoy se afirme en el discurso académico que esta idea de neutralidad axiológica del conocimiento ha sido superada, si analizamos las narrativas de los investigadores acerca del tema de la objetividad y la subjetividad, sigue prevaleciendo esta visión distorsionada que afirma que la objetividad implica dejar de lado la subjetividad y no –como afirman autores como Morin y Lonergan– emplearla a fondo.

De modo que, el primer paso para avanzar en el restablecimiento de la relación entre la ética y el comportamiento académico pasa necesariamente por lo que Lonergan llama una conversión o transformación intelectual. Esta, pues, consiste en el paso del realismo ingenuo al realismo crítico en el que se asume que la objetividad implica el pleno empleo de la subjetividad en sus dimensiones empírica, intelectual, racional y existencial.

“El bien es humano en la medida en que se realizamediante la captación y la elección humanas. Sin lacaptación y la elección humanas no existiríamos –somoshijos de nuestros padres–, no tendríamos nuestras ciudades, etc. Todo lo que conocemos de la vida humana […] depende de la captación y la elección humanas. Este es el rasgo distintivo del bien humano –es lo que proviene de la captación y la elección humanas–”.

Bernard Lonergan. Filosofía de la Educación, p. 67.

El segundo paso fundamental consiste en dejar de ver a la Ética como una disciplina abstracta, ideal e inalcanzable, que prescribe principios o normas a las que debemos ceñirnos desde lo que Lonergan llama una Ética de la ley. Se trata de entender que la Ética tiene que ver con la construcción del bien humano; es decir, de todo aquello que construye humanidad, y que esta construcción o realización del bien humano depende de la captación inteligente y crítica, así como de la elección responsable y libre de los seres humanos en un tejido complejo llamado Ecología de la acción, de acuerdo con Morin.

En esa tesitura, el bien humano es una historia que se está escribiendo cada día, en cada ejercicio de intelección y decisión de los seres humanos en todos los campos de la existencia. De manera que, el bien humano en la vida académica, se está escribiendo –hacia delante o hacia atrás– en cada acto de captación –inteligente y crítico o conceptualista y sin fundamento– y de elección –libre y responsable o caprichoso e interesado– de los investigadores.

Desde esta perspectiva, el problema de la ética en el comportamiento académico deja de verse desde la óptica meramente particular de ciertas conductas inapropiadas, o claramente no éticas, que intentan resolverla con protocolos o normatividad que restringe lo que los investigadores pueden o no hacer, deben o no permitirse en su trabajo cotidiano. Así, pasa a verse como un problema complejo que tiene que ver con el desarrollo de la capacidad de intelección y de decisión de los investigadores en formación, o en ejercicio, para afrontar los conflictos y dilemas que se les presentan a lo largo de su vida profesional.

El desarrollo de esta capacidad de captación inteligente y crítica, y de elección libre y responsable, considera que no existe una dicotomía absoluta entre conductas éticas y conductas no éticas –equivalente a valores contra antivalores–, sino que en la vida profesional de un académico se presentan siempre situaciones en las que están involucrados conjuntos complejos de valores concurrentes, complementarios y antagónicos que tiene que analizar y desglosar para poder entender, reflexionar y decidir la mejor forma de actuar.

El desafío ético permanente en los comportamientos académicos se da en una estructura compleja que tiene tres grandes niveles de alcance:

En primer lugar, el nivel del bien o el mal particular en el que cada académico o investigador tiene que desarrollar la capacidad de entender y reflexionar críticamente, así como valorar, responsablemente la forma más humanizante de actuar para generar conocimiento válido en pos de un mundo mejor, a través de medios válidos propios de un mundo humanamente aceptable.

En segundo lugar, el nivel del bien de orden contra el mal estructural. Este se refiere, pues, a la dimensión estructural conformada por esquemas de recurrencia de operaciones que pasan por la legislaciones, instituciones, formas de operación, presupuestos y formas de ejercerlos, paradigmas de gestión de la actividad académica, agencias acreditadoras, etc. En este nivel cada académico está sujeto a normas y presiones sistémicas que tiene que ir afrontando de la manera más ética posible.

En tercer lugar, el nivel del bien de valor contra la distorsión de la cultura. Esta es la dimensión cultural del bien humano, conformada por el conjunto de significados y valoraciones que determinan las formas concretas en que se vive la vida académica en cada momento y contexto. En este nivel los académicos son hijos de una manera de entender y valorar su propia actividad (el conocimiento y las formas en que se produce, difunde y legitima), pero tienen también el compromiso de analizar críticamente esta cultura académica y cuestionarla críticamente para proponer formas más humanizantes de entender y vivir la producción de conocimiento.

Desde mi punto de vista, y siguiendo esta perspectiva, el o los comportamientos académicos con relación a la ética tendrían que analizarse más que desde la visión particular –y muy específica– de protocolos de actuación y listas de cotejo de buenos comportamientos, desde la pregunta fundamental acerca de la aportación de estas acciones al bien humano en construcción.

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