El silencio de Nietzsche

El silencio de Nietzsche

Imagen de Ernie Stephens en Pixabay
Mtro. Manuel Antonio Silva de la Rosa

Coloquialmente decimos que existen dos tipos de silencios. El primero, es la ausencia de ruidos externos. El segundo, tiene que ver con la capacidad de silenciar la mente. En ambos casos, el silencio, en un primer momento, tiene que ver con el callar. No obstante, lo que nos interesa, es ir más allá de estas dos maneras de entender el silencio. Desde nuestra opinión, guardar silencio no es simplemente dejar de hablar.

El silencio nos habla. Y con esto me refiero a que, en el silencio, nos encontramos en un diálogo con nosotros mismos. Ante esta manera de entender el silencio, conviene precisar que silencio y mutismo no son sinónimos. Por un lado, la palabra “mutismo” está formada con raíces latinas y significa “mudez, mutis, silencio voluntario o impuesto”. El silencio, en cambio, nos invita a cultivar un espacio para escuchar nuestro interior. En el fondo, todo lo que brota en el silencio dentro de nosotros tiene un sentido.

Así pues, el silencio me obliga a escucharme, me exige hacerme cargo de mí mismo. Cuando dejamos que el silencio nos hable, cuando hacemos pausa y nos dejamos empapar por los sonidos internos, descubrimos presencias: ideas, deseos, juicios, rostros, historias, experiencias, que nos mueven. Hay un mundo dentro de nosotros que nos hace actuar de determinada manera. Estas presencias están ahí, nos guste o no, aunque no les prestemos atención.

Ahora bien, en estos tiempos, vivir este silencio en el ámbito académico, es un gran reto. Pocas veces generamos espacio para que la pausa y el silencio entren como parte de nuestra formación. Pero este –aceleramiento– no es solamente algo que está aconteciendo en estos tiempos. Ya desde 1874, Friedrich Nietzsche, en su libro, Schopenhauer como educador, narra que «la prisa es común a todos, porque todos huimos de nosotros mismos, común a todos es también el timorato ocultamiento de esa prisa, porque queremos parecer contentos y desearíamos engañar sobre nuestra miseria a los observadores más agudos, y común a todos es la necesidad de nuevos repiques verbales, sonoro, con los que adornar la vida con algo festivo y ruidoso”.

Considerando nuestra tendencia alocada por responder a lo inmediato, propongo alimentarnos desde el silencio de Nietzsche. Para este filósofo, el silencio no es un medio que tenemos para escucharnos internamente, y así encontrar una identidad fija y estable que nos brinde seguridad y proporcione un fundamento para caminar. Este silencio no se limita a quitar todo impedimento, abdicar todo ruido, para podernos comprender en una vía que ofrezca certezas. ¡No! El silencio de Nietzsche no es para encontrar una morada en donde podamos reposar y encontrar tranquilidad. Todo lo contrario, en el silencio profundo, nunca conseguimos conocernos en totalidad, ni mucho menos logramos encontrar convicciones sólidas sobre quiénes somos. Más bien, nos desconocemos, nos convertimos en extraños.

En un mundo que ofrece soluciones simples y rápidas como el más alto valor del mercado, el silencio de Nietzsche contribuye a devolver la dificultad de nuestra vida. El silencio es un conflicto interno. Pero este conflicto, no nos llama a caer en la fatalidad. Cuando somos conscientes de este silencio comprendemos que los conflictos no tienen por qué ser necesariamente destructivos. Las situaciones conflictivas pueden mostrar un aspecto constructivo.

Experimentar el silencio de Nietzsche es integrar la vida como experiencia, es decir, no podemos acudir al silencio como un manual que se ha de consultar cuando tengamos que solucionar un problema. Más bien, el silencio de Nietzsche es una fuente de aprendizaje que deforma la vida para volverla a configurar. Proporciona un saber singular. El silencio de Nietzsche brinda una mirada honesta, acoge la vida sin maquillaje y, desde ahí, nos resignifica haciéndole frente a nuestros problemas. De esta manera, asumimos que el silencio jamás ofrece una resolución definitiva para nuestras problemáticas.

Este silencio que perturba, provoca un caos inmanente que despierta los sentidos. Nos desinstala y hace que despertemos de la anestesia provocada por la prisa. Por la necesidad compulsiva de llenarnos de ruidos. El silencio se transforma en una lucha afanosa entre nuestros fantasmas internos y las exigencias nuevas que nos incita a cultivar una libertad inagotable. El silencio de Nietzsche es implacable, es tenso, creativo y decisivo. En el silencio podemos poner rostro a la tropa de prejuicios que llevamos internamente y abrir los ojos ante el ejército de miedos que nos gobiernan.

En esta lucha interna algo de mí muere y algo de mí resucita. Algo vuelve a ser clandestino y algo nuevo se reafirma en mi intimidad. Este silencio, en términos nietzscheanos, va más allá del bien y el mal, pues no respondemos ante la vida desde el deber, más bien, nos desvela sin ambages nuestra fragilidad y cristaliza el gesto de querer asumir la propia vida desde nuestra sabiduría interna.

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