América Latina: ¿el malestar con la democracia o con esta democracia?
El último trimestre del año ha sido agitado y convertido a Latinoamerica en sinónimo de protestas, convulsión política y represión
Por Roberto Alonso @rialonso
25 de noviembre, 2019
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Imagen de Ulrike Leone en Pixabay

Roberto Alonso

@rialonso

El 16 de noviembre pasado se conmemoró el 30 aniversario de las y los mártires de la UCA (Universidad Centroamericana José Simeón Cañas). La madrugada del 16 de noviembre de 1989, un pelotón del batallón Atlácatl del ejército salvadoreño irrumpió en la comunidad jesuita ubicada dentro del campus universitario y terminó salvajemente con la vida de los sacerdotes Ignacio Ellacuría, Amando López, Joaquín López, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, su colaboradora Elba Ramos y su hija Celina Ramos. Esta columna tiene como base el trabajo presentado por su autor en el coloquio internacional conmemorativo de los 30 años del asesinato de Ignacio Ellacuría, llevado a cabo del 19 al 21 de noviembre de 2019 en la UCA, bajo el título “Observar la participación social para reinventar la democracia. Una respuesta universitaria ante la desafección democrática”.

El último trimestre del año ha sido un periodo particularmente agitado para América Latina. La región se ha convertido en sinónimo de protestas, convulsión política y represión; preocupantemente, se han declarado toques de queda en Chile y en Colombia, mientras que ha habido una escalada de violencia en las calles de Bolivia con claros signos de racismo y ajuste de cuentas. En otros países, como México y Argentina, el malestar acumulado parece haber encontrado cauce en las elecciones, aunque no convendría confiarse demasiado.

En 2004, Daniel Caputo concluía en un informe del PNUD que el malestar en América Latina por los altos niveles de desigualdad, pobreza y exclusión social era un malestar enla democracia, pero no conla democracia. A 15 años, las cosas han cambiado. El apoyo a la democracia en nuestra región mantiene una línea descendente desde 2010, llegando en 2018 al nivel más bajo del que hubiera registro desde 1995. La presencia en las calles de cientos de miles de latinoamericanos podría tener una explicación inicial en estas cifras, en las que habría que profundizar.

De acuerdo con el informe Latinobarómetro 2018, el apoyo a la democracia lo muestra 48% de la población, igual nivel que en 2001. La diferencia estriba en que la población a la que le es indiferente un régimen democrático que uno no democrático registra un aumento sostenido también desde 2010, llegando en 2018 a su nivel más alto (28%). Las líneas se van acercando: cada vez hay menos apoyo a la democracia y cada vez hay más indiferencia frente a ella. No crece la opinión de aquellos que preferirían un régimen plenamente autoritario, cuyo promedio es de 16% –en los 21 años que se ha hecho esta medición–, pese a que es visible la expansión de la extrema derecha en países como Brasil, Bolivia e incluso en Uruguay.

Si vemos los datos a detalle podemos identificar que, por edad, 61% de los latinoamericanos a quienes les es indiferente la democracia son personas entre 16 y 40 años de edad. Son los jóvenes y adultos jóvenes los que destacan por su desencanto. Este indicador de apoyo a la democracia se redondea con los siguientes: 79% opina que su país está gobernado por unos cuantos grupos poderosos en su propio beneficio y 16% considera que la distribución de la riqueza es justa. En una línea: sólo 24% de la población latinoamericana está satisfecha con la democracia.

Este reporte ha venido dando cuenta de que el malestar enlos tiempos de la democracia se convirtió en un malestar con la democracia. Ya el informe de 2017 advertía sobre el declive calificando la democracia como diabética, por su lento pero paulatino deterioro. Y la región, según la CEPAL, sigue siendo la más desigual del planeta, por lo que cabe la pregunta: ¿es acaso un malestar con la democracia como ideal o con la democracia como ha sido vivida y experimentada, vaciada de contenido social, de baja intensidad y funcional al sistema económico dominante? ¿La desafección es con la democracia real o con la fachada democrática?

En su tiempo, concretamente en 1988, Ellacuría recurrió a la expresión “fachada democrática” como correlato visible de una estructura democrática injusta, haciendo un llamado a trascender la democratización de las fachadas con la democratización de las estructuras. ¿Acaso es este el sustrato de la ola de protestas, de lo que algunos han llamado “el otoño latinoamericano”?

Alrededor del mundo, sostiene Manuel Castells, soplan vientos malignos, entre ellos coloca a la crisis económica que se manifiesta en precariedad, al destino ineludiblecon la inhabitabilidad del planeta, a la violencia como forma de resolver los conflictos y al predominio de la posverdad en el flujo de la información. Pero la crisis mayor, subraya, es la desconfianza en las instituciones, la deslegitimación de la representación política y la ruptura entre gobernantes y gobernados. Es la crisis de la democracia liberal, que de tanto convivir con el neoliberalismo se convirtió en democracia neoliberal, una democracia de tan bajísima intensidad que hoy tiene poca fuerza para defenderse de los poderes antidemocráticos, como bien apunta Boaventura de Sousa Santos. Los gobiernos, que deberían garantizar seguridad y derechos sociales, son fuente de corrupción, impunidad y concentración de la riqueza.

Si bien las causas son distintas en Haití, Ecuador, Chile y Colombia, el elemento común de la crisis sociopolítica que atraviesa el continente es el malestar con las élites en el poder que han marginado a grandes capas de la población, excluyéndoles de las mínimas condiciones de vida digna. Quizá Bolivia sea una excepción por haber logrado lo contrario, no obstante, el intento de Evo Morales de mantenerse en el poder llevó a los sectores que antes detentaron el poder político y económico a buscar el regreso de sus privilegios. Como mar de fondo habría que ubicar al neoliberalismo entendido no sólo como aquella batería de políticas en defensa del libre mercado, sino como un orden, en palabras de Wendy Brown, en el que la racionalidad económica domina por completo cada dimensión humana: la neoliberalización de la vida.

 Para Ellacuría –filósofo, teólogo y analista político, quien fuera asesinado siendo rector de la UCA en El Salvador– la lucha contra las injusticias estructurales en sociedades divididas, desiguales hoy, ha de tener como horizonte a las mayorías oprimidas. Treinta años después, la Compañía de Jesús entera ha confirmado esta lectura suya, al cabo una lectura cristiana, subrayando como preferencias apostólicas en este momento de la historia caminar junto a los pobres, los descartados del mundo, los vulnerados en su dignidad y sus derechos, y promover un cambio en las estructuras generadoras de injusticia participando con otros, especialmente los jóvenes, en la creación de un futuro esperanzador.

En su último discurso, pronunciado el 6 de noviembre de 1989, apenas diez días antes de su asesinato, Ellacuría sentenció: “Lo que queda por hacer es mucho. Solo utópica y esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”. Desde ese mirador, ¿qué de anuncio tienen las protestas en nuestros países latinoamericanos?

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Académico del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana Puebla y coordinador del Observatorio de Participación Social y Calidad Democrática.

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Roberto Alonso
Académico del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana Puebla y coordinador del Observatorio de Participación Social y Calidad Democrática.