Ni acompañantes ni mercancías

Ni acompañantes ni mercancías

Samantha Páez

*Primera de dos partes*

¿Les ha pasado que están bien tranquilas o divertidas en un bar, restaurante o café, cuando llega un onvre orible a arruinarlo todo? A mí me pasó hace como un mes: estaba en un bar del centro de Puebla bailando, cuando sentí que un bato me empujó. Mi respuesta fue bailar más intenso y empujarlo de regreso. Entonces el tipo me tomó de las axilas, me alzó y me aventó lejos de él.

Una vez en el piso, mis colegas y yo le reclamamos al tipo. Nos dijo que yo estaba sobrepasando SU espacio. (¿Acaso no lo pudo decir antes de empujarme?) Además, en un lugar tan pequeño como en el que estábamos -donde solo hay una barra y los baños están cruzando la calle-, creo que es un poco difícil tener un espacio personal tan amplio. En fin.

Con la boruca que armamos se acercó un mesero, le dije lo que había pasado y fue a hablar con el onvre. Cuando el mesero regresó conmigo me comentó que no podía sacarlo porque ya había pagado. (¡WTF! Como si mi dinero y mi dignidad no valieran, ¿o qué?) Entonces le respondí que yo también ya había pagado. Según el mesero, el chavo ya no se me acercaría más.

Por un momento intenté relajarme y dejar que todo pasara, pero entonces vino una idea a mi cabeza: ¿qué pasaría si otras mujeres fueran acosadas sexualmente en ese mismo espacio? ¿si fueran discriminadas? ¿si se sintieran inseguras? El lugar tendría que tener un protocolo para reaccionar ante este tipo de casos, ¿no? Así que fui a buscar al gerente, le conté lo que había y esperé a ver cómo actuaba. Fue a hablar de nuevo con el onvre y lo mismo: no lo podían sacar del lugar. En esta ocasión el tipo se puso más agresivo y amenazó a un amigo con golpearlo.

Lo único que hizo el gerente fue ir a vernos a mí y a mis colegas a cada rato para ver si todo estaba bien (obvio, nada estaba bien). El tipo se fue, pero en mi mente seguía la idea de por qué chingaos no hay protocolos de actuación para violencias de género en bares, por qué los establecimientos actúan como si la violencia contra las mujeres no fuera de su competencia.

Me acordé que en la sucursal de San Pedro Cholula de ese mismo bar, hace ya algunos años, había una muchacha muy joven y muy borracha a la que dejaron sola. Ella empezó a besarse con otro grupo de jóvenes, que se reían y se rolaban para besarla. Mis amigas y yo nos acercamos a ella, le preguntamos si estaba bien y nos dijo que sí, que se iba a quedar con ellos. De repente mis amigas y yo ya no la vimos, salimos a buscarla. Le dijimos al empleado que estaba en la puerta, nos dijo que no podía hacer nada.

También recuerdo que leí en Facebook cómo unas chicas salieron a bailar en Cholula (supongo que San Andrés), los chicos de la mesa de al lado les invitaron unas bebidas y después de tomarlas ellas se sintieron muy mal. La que aún tenía un poco de consciencia pidió un taxi, afortunadamente llegaron con bien al lugar donde se estaban quedando. Al día siguiente fueron al hospital porque estaban intoxicadas.

Más allá de las anécdotas, no hay mucha información de Puebla sobre las violencias que ejercen contra nosotras en bares, restaurantes, cafeterías y otros centros de entretenimiento.

Según la Encuesta Nacional de Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2016  , en Puebla el 35.7% de las mujeres de 15 años y más vivimos violencia comunitaria en los últimos 12 meses (respecto a cuando fue aplicada el estudio).

En el ámbito comunitario siete de cada diez mujeres encuestadas a nivel nacional vivieron violencia sexual, que incluye acoso sexual, intimidación, acecho, abuso sexual, intento de violación y violación. El 1.1% de estas violencias ocurrieron en una cantina, bar o antro.

Pensando en que sea el mismo porcentaje a nivel estatal, hice el siguiente cálculo: en Puebla somos 2.3 millones mujeres mayores de 15 años (según el Inegi), de nosotras unas 834 mil habríamos sido objeto de violencia en los espacios comunitarios y 557 mil habríamos vivido -en específico- violencia sexual.

Si el 1.1% de esa violencia comunitaria ocurrió en cantinas, bares o antros, unas 9 mil 178 mujeres habríamos sido agredidas en estos espacios en el lapso de un año, es decir, 25 mujeres al día. ¿Es mucho no?

Encontré también un boletín de Inmujeres, en el cual se explica que los delitos de hostigamiento o violación sexual cometidos en contra de mujeres de 18 años y más  ocurren en 3.3% en negocios (donde se incluyen restaurantes, bares y cafés), carretera u otro. Estos delitos suceden, principalmente, en la noche, de 18:01 a 24:00 horas.

Buscando tener datos más cercanos, hice un pequeño sondeo a través de Facebook sobre situaciones de violencia y discriminación en lugares de entretenimiento. De las 19 mujeres que me compartieron sus experiencias (las adoro, son bien valientes), contra cuatro ejercieron violencia sexual, verbal y psicológica. Las otras 15 padecieron actos de discriminación (de esto hablaré en la segunda parte de la columna, no se la pierdan).

Teniendo este panorama, ¿qué se puede hacer? Un compañero mío, Hazael Juárez, lidera un programa en el Consejo Ciudadano de Seguridad y Justicia de Puebla para capacitar a centros de entretenimiento (entiéndase como bares, restaurantes o antros) para implementar protocolos de seguridad en tres tipos de situaciones distintas:

  1. Una mujer se encuentre sola en un lugar, ya sea porque sus amistades la dejaron (no se pasen de lanza), su plan era en solitario o está esperando a alguien, que se sienta vulnerable e indispuesta.
  2. Una mujer en estado de ebriedad o por sensación de haber consumido sustancias no consentidas, como alcohol adulterado o sustancias tóxicas que alteren su bebida (como en el caso de las chicas de Cholula).
  3. Hostigamiento o acosos de uno o varios individuos, ya sea el personal del lugar o clientes.

En complemento al protocolo habría una aplicación, que funcionaría como botón de pánico, donde una persona del Centro de Atención Telefónica canalizaría el tipo de ayuda para cada uno de los casos y daría seguimiento en los días posteriores para ver si en el lugar la resguardaron, si llegó el vehículo seguro que se mandó, si la llevaron a un lugar de su confianza y si llegaron las autoridades, en caso de que se presuma algún delito.

Además, con la información del programa se generaría una base de datos para realizar acciones de prevención y detección de riesgos.

Pero ¿qué creen? El programa no arranca porque los dueños de los establecimientos o los corporativos de los que forman parte no tienen un interés real en aplicarlo, es decir, no dan fecha para las capacitaciones o no contestan las llamadas.

Después de mi propia experiencia y por lo que me contaron las cuatro valientes que mencioné arriba, me da la impresión que a los bares, restaurantes o cafeterías no les interesamos las mujeres, no nos piensan como clientas. En el mejor de los casos nos piensan como acompañantes de sus clientes, los hombres, o, peor aún, como mercancía qué ofrecerles. ¿Cuántos bares y antros ofrecen bebidas gratis a las mujeres o no hay cover para nosotras?

Creo que es momento de demostrar a estos lugares que no somos ni acompañantes, ni mercancía. Dejemos de consumir en los lugares donde nos hagan sentir mal, vayamos donde nos sintamos cómodas. También debería ser un requisito para cualquier sitio de entretenimiento, tener un protocolo para atender la violencia de género y, obviamente, sancionar a quienes no lo tengan o lo cumplan.

Coordinadora del Observatorio de Violencia de Género en Medios de Comunicación (OVIGEM), periodista y activista. Tengo especial interés en los temas de género y libertad de expresión. Formo parte de la Red Puebla de Periodistas. También escribo cuentos de ciencia ficción.

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