¿Iguales o diferentes? La paradoja de la inclusión educativa

¿Iguales o diferentes? La paradoja de la inclusión educativa

 Martín López Calva
Imagen de Cole Stivers en Pixabay

…quisiera no dejarme convencer por la seducción de los eufemismos que suelen engalanar el universo de las reformas escolares, me gustaría no dejarme convencer por los nuevos neo-nombres dados a los “otros” que todo lo anuncian pero que nada enuncian, quisiera no dejarme ganar de mano por ese discurso que insiste en reiterar, en medio del vacío, que la inclusión es un valor supremo (aunque siempre sea un valor distante, más que futuro), que la inclusión ordena de una vez lo que el mundo desordena, que la inclusión permite, por sí misma, en sí misma, al fin, por fin, alegremente, estar “todos juntos” en la escena educativa.

Carlos Skliar. Del derecho a la educación a la ética educativa, p. 5.

El miércoles pasado en nuestra reunión de seminario quincenal del Cuerpo académico de Ética y procesos educativos de la UPAEP, tuvimos la visita de una estudiante de doctorado del estado de Chihuahua que nos presentó una síntesis de su investigación sobre el tema de inclusión en la educación básica.

El trabajo es muy interesante y tiene un marco teórico muy amplio que muestra una exhaustiva revisión de literatura teórica acerca del tema general de la inclusión y su extremo opuesto, la exclusión, en el campo de la Filosofía y la Sociología, desde un enfoque marxista.

Durante la exposición y por lo que plantean los autores revisados por esta investigadora en formación me surgió de pronto la reflexión que, sin ser nada original ni innovadora, considero que no está suficientemente tratada aún en el campo educativo o al menos no se ha difundido y discutido suficientemente. Se trata de la paradójica condición de la educación inclusiva que se define en la tensión entre igualdad y diferencia.

Porque leyendo a muchos autores que han sido pioneros en el tema de la inclusión y la exclusión humana existe un énfasis muy marcado en la concepción que afirma que la inclusión implica terminar con las diferencias entre los seres humanos y considerar a todos por igual. Existen en estas perspectivas posicionamientos bastante radicales que hablan incluso de que existen discursos inclusivos o incluyentes que en realidad están marcando diferencias y por lo tanto legitimando una especie de filantrópica aceptación de cierta superioridad de las personas o grupos “normales” que tienen el poder en la sociedad y se dan el lujo de mostrarse benevolentes al tolerar, aceptar o incluir a los “anormales”, a los que son diferentes.

De estos planteamientos parece derivarse una especie de utopía que busca la desaparición de cualquier diferencia entre los seres humanos de cualquier condición física, intelectual, psicológica, social, cultural, religiosa, etc.

En esta tesitura la educación inclusiva sería ese mágico lugar donde por fin, como dice Skliar, por fin estarían todos juntos alegremente en la escena educativa. Se trataría de ese mundo utópico en el que predominan los neo-nombres dados a los otros y que debemos usar todos bajo el riesgo de ser calificados de discriminadores e intolerantes si no lo hacemos. Es el mundo idílico de la inclusión como valor supremo que ordena todo aquello que el mundo desordena, que acepta una especie de homogeneidad en la que nadie puede ser distinguido de otro.

En esta utopía, el logro de la educación inclusiva implicaría la desaparición de la educación inclusiva, puesto que una vez logrado ese horizonte ideal, resultaría ilógico hablar de incluir porque todos de hecho serían iguales y estarían sin necesidad de decirlo, incluidos en las instituciones educativas.

Sin embargo y sin ser incorrecta esta aspiración a la igualdad y a la no discriminación de los que son considerados diferentes o incluso “anormales” porque están fuera del rango de normalidad estadística, la realidad humana implica la diferencia o las diferencias y la educación inclusiva nace precisamente de la constatación de que todos los seres humanos somos distintos y tenemos derecho a ser distintos sin ser por ello señalados o excluidos de las dinámicas o procesos educativos.

“No suprimir a nadie de la humanidad” dice Robert Antelme, citado por Morin que es el principio ético básico sobre el que debe funcionar la convivencia en nuestra especie. No suprimir a nadie a pesar de las grandes diferencias que caracterizan a los distintos individuos de la especie humana. No suprimir a nadie por su condición física, por sus características intelectuales, por sus posibles trastornos psicológicos, por sus comportamientos de agresión social, por sus ideas diferentes, por sus valores contraculturales, por sus creencias diversas, por sus vidas fuera de lo esperado o lo esperable.

Este principio básico implica precisamente la diferencia natural y estructural de los individuos de la especie homo sapiens-demens y la necesidad fundada en esta igualdad diversa o esta diversidad igual, de reconocer a los demás como otros iguales a nosotros a partir de la igualdad fundamental en libertad y dignidad. “Porque somos iguales, tenemos derecho a ser diferentes” dijeron en su momento y de distintas maneras los zapatistas que iniciaron este movimiento orientado precisamente a buscar la visibilidad y la inclusión de las comunidades indígenas, presentes pero ignoradas desde la fundación de lo que hoy es este país.

…En muchos escenarios educativos se ha puesto en marcha un proceso de inclusión, pero todo el tiempo obsesionados con los diferentes. La diferencia está entre sujetos, no en el interior o en la naturaleza de un sujeto. Y ése es un cambio paradigmático que, a mi juicio, aún no hemos hecho: una transformación ética que desplace la mirada sobre sujetos apuntados como diferentes y pase a ser una mirada puesta en un nosotros, en aquello que pasa –pedagógicamente- entre nosotros…

Carlos Skliar. Del derecho a la educación a la ética educativa, p. 22.

De manera que el proceso para ir progresivamente realidad la educación inclusiva debe tomar en cuenta esta paradoja estructural: la educación inclusiva parte simultáneamente de que somos iguales y de que somos distintos. La educación inclusiva no debe basarse ni en la obsesión por las diferencias o los diferentes ni en la utopía de la igualdad artificial e idealizada entre los seres humanos.

Para ello es indispensable el cambio paradigmático que propone Skliar, “…una transformación ética que desplace la mirada sobre sujetos apuntados como diferentes y pase a ser una mirada puesta en un nosotros, en aquello que pasa -pedagógicamente- entre nosotros…”, entre nosotros que somos tan diferentes, entre nosotros que somos finalmente tan iguales.

*Foto de portada: Cole Stivers en Pixabay

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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