El embrollo de la educación humanista

El embrollo de la educación humanista

Foto tomada de PxHere
Martín López Calva

“El ser humano es un ser racional e irracional, capaz de mesura y desmesura, sujeto de un afecto intenso e inestable; él sonríe, ríe, llora, pero sabe también conocer objetivamente; es un ser serio y calculador, pero también ansioso, angustiado, gozador, ebrio, extático; es un ser de violencia y de ternura, de amor y de odio; es un ser invadido por lo imaginario y que puede reconocer lo real, que sabe de la muerte pero que no puede creer en ella, que segrega el mito y la magia, pero también la ciencia y la filosofía; que está poseído por los dioses y por las ideas, pero que duda de los dioses y critica las ideas; se alimenta de conocimientos, pero también de ilusiones y quimeras”.

Edgar Morin. Método IV. Las ideas, p. 59.

La semana pasada hablé aquí acerca del problema de definir la educación humanista en términos tan ideales y abstractos que implican la formación de una especie de seres sobrenaturales no existentes en la realidad. Esa definición, decía en esta Educación personalizante, plantea la formación de aquel otro que no somos y nunca llegaremos a ser.

Dedico nuevamente este espacio al tema de la construcción de una visión realista de la educación humanista, porque considero que este es un desafío aún pendiente: no está siendo suficientemente atendido en los diversos organismos internacionales encargados de la educación, en los gobiernos y sus secretarías o ministerios del ramo, y en el campo académico de la investigación educativa.

En México, por ejemplo, hemos vivido recientemente dos reformas educativas sexenales que se han ostentado como opuestas por los legisladores y autores de los documentos que las definen en sus fundamentos; sin embargo, afirman tener como sustento la construcción de una educación humanista para las futuras generaciones de ciudadanos.

¿Qué es entonces la educación humanista? ¿Cómo definir una educación humanista que esté a la altura de nuestros tiempos de cambio de época?

El punto de partida tiene que ser –sin duda– una visión que conciba al ser humano en toda su complejidad y no niegue ni soslaye sus contradicciones y tensiones.

Como afirma Edgar Morin, la misma idea que define a la especie humana como homo sapiens resulta incompleta y no asume la tensión entre la racionalidad y la irracionalidad de los miembros de nuestra especie, por lo que habría que llamarla homo sapiens-demens.

Porque en efecto, como dice el padre del pensador planetario, el ser humano es al mismo tiempo racional e irracional, y es capaz de mesura y de desmesura, en un mundo afectivo intenso y no lineal ni estable que lo hace capaz de reír y llorar tanto de alegría como de dolor; amar y odia; construye y destruye: valora lo que realmente lo construye y elige lo que es destructivo o autodestructivo.

El ser humano es también capaz de conocer objetivamente –aunque en estos tiempos de posverdad se niegue a veces esta posibilidad– y de calcular y construir herramientas de altísima precisión, así como explicaciones rigurosas de los fenómenos que lo mueven desde la profunda curiosidad por conocer el mundo que le rodea y su propio mundo. Pero también, y simultáneamente, es un ser de pensamiento mítico, de leyendas y fábulas, de ficción y magia. Un ser que inventa fábulas para explicar la vida y la muerte pero que igualmente construye explicaciones profundas y sustentadas a partir de preguntas filosóficas y teológicas.

Se trata de un ser paradójico que sabe que no puede conocer todo acerca de todo pero que tiene un deseo ilimitado de conocer, que no puede vivir eternamente y que enfrentará tarde o temprano la muerte pero se niega a creer en ella como el final definitivo y, así, aspira a vivir eternamente y a trascender sus limitaciones de tiempo y espacio.

Todo esto es el ser humano y mucho más. Entonces, de una comprensión y aceptación de estas tensiones, y de estas dimensiones complementarias y a veces también contradictorias, deberá nacer el nuevo humanismo del siglo veintiuno. Situado, pues, en una época que habla de poshumanismo y que atisba el riesgo de que lo humano termine esclavizado y destruido por los elementos tecnológicos que la misma humanidad construyó.

“¿Qué quimera es pues el hombre? ¿Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicción, qué prodigio? Juez de todas las cosas, imbécil gusano de tierra; depositario de lo verdadero, cloaca de incertidumbre y de error; gloria y desecho del universo.  ¿Quién desenredará este embrollo?”.

Blaise Pascal en Edgar Morin. El Método V. La humanidad de la humanidad, p. 13

¿Qué quimera es el ser humano? se pregunta Pascal con toda razón ante la constatación de esta realidad ambigua y contradictoria que hace del hombre juez de todo lo que lo rodea pero al mismo tiempo un simple “gusano de tierra”, capaz de descubrir lo verdadero en las distintas realidades pero también de vivir en las profundidades del error y en la angustia de la incertidumbre. Un ser que a su vez puede verse como el culmen o la etapa más avanzada de la creación, tanto como desecho del universo y destructor de la naturaleza y de su propia posibilidad de vivir.

Un humanismo realista tiene que edificarse sobre estos cimientos frágiles y simultáneamente sólidos y líquidos; sobre bases que están todo el tiempo en movimiento porque, como afirmó Gabriel Marcel, los humanos no son un problema que pueda irse resolviendo sino un misterio que nos enfrenta siempre a nuevas preguntas y que enfrenta también todo el tiempo preguntas sin respuesta.

“El problema de la educación es el problema de la educación hoy. No se trata de educar a los primitivos, ni a los antiguos egipcios, ni a los medievales, ni a la gente del Renacimiento, sino a la gente de hoy […] ¿Cómo introducimos el hoy en las categorías de cualquier filosofía? Esto no se logra si la filosofía se ocupa simplemente de verdades atemporales”.

Bernard Lonergan. Filosofía de la Educación, pp. 48-49.

La educación humanista es la educación que se ocupa de formar al ser humano concreto que es este misterio que no puede nunca terminar de conocerse y responderse, este embrollo imposible de desenredar. Es la educación que debe ocuparse de formar a la gente de hoy, al ser humano del aquí y el ahora en cada tiempo y lugar. De manera que así como Lonergan plantea que el hoy no puede introducirse en una filosofía que pretenda ocuparse de verdades atemporales, tampoco es posible introducir el hoy y responder al reto de la educación humanista desde una pedagogía que se ocupe de definiciones atemporales del ser humano, así como de prescripciones abstractas y también a-históricas sobre los principios y métodos para educarlo.

Este es el reto de la educación humanista que yo he definido desde la noción heurística de Educación personalizante: el reto de pensar, definir y aplicar perspectivas para la formación del ser humano real, complejo y contradictorio, al ser humano de hoy en cada tiempo y lugar. Un embrollo siempre por desenredar.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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