El derecho de vivir en paz
La violencia chilena es la de la desigualdad –de acuerdo con la CEPAL, el 1% más rico del país concentró en 2017 el 26.5% de la riqueza nacional
Por Roberto Alonso @rialonso
28 de octubre, 2019
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Foto: Claudio Caiozzi / Ruta 35

Roberto Alonso
@rialonso

Hace unos días, un amigo preguntaba en Facebook sobre el significado de la paz, aclarando que le interesaba ir más allá de lo que no es, es decir, su acepción positiva. La respuesta a esta cuestión, como lo es también la interrogante, es casi siempre contextualizada. En nuestro lastimado México, preguntarnos por la paz pasa por disminuir la tasa de homicidios, erradicar la violencia feminicida y dejar de sentirnos inseguros en las calles, pero, sobre todo, por comprender y transformar las causas de la violencia.

En Chile, el discurso de la paz hoy es parte de una narrativa que se contrapone al lenguaje bélico de las más altas autoridades y la acción militar. “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie”, expresó el presidente chileno, Sebastián Piñera, la noche del domingo 20 de octubre, a dos días de haber decretado el estado emergencia en algunas provincias y comunas del país tras la quema de estaciones del metro y el saqueo de supermercados.

Si bien su mensaje estuvo dirigido a los grupos violentos que habían protagonizado actos de destrucción, la medida tomada por su gobierno y su despliegue derivó en actos de represión y en la reproducción de la violencia por parte de la fuerza militar y policiaca, en medio de una crisis política en la que el alza a la tarifa del metro no hizo sino reventar una olla a presión. Y el problema fue que el gobierno de Piñera no lo vio venir. La imagen del presidente cenando con su nieto el 18 de octubre mientras tenían lugar las protestas que condujeron a declarar el estado de emergencia, lo pinta de cuerpo entero. Unos días antes, ante lo que calificó como una América Latina convulsionada, el presidente de Chile afirmaba que su país era “un verdadero oasis con una democracia estable”.

De la ebullición chilena, cuya furia movilizó pacíficamente el viernes 25 de octubre a más de un millón de personas en Santiago, sobresale la recuperación de una canción escrita por Víctor Jara, cantautor chileno torturado por la dictadura militar en 1973: “El derecho de vivir en paz”. El himno de protesta fue una manifestación no violenta contra la guerra de Vietnam en la que la paz, amenazada por la intervención estadounidense en el país asiático, era un clamor que se exigía como derecho.

Casi 50 años después, la canción es la reivindicación de la vida frente a la muerte, de la flor frente al fuego, de la paz frente a la fuerza de un sistema que violenta no solamente con toques de queda. La violencia chilena es la de la desigualdad –de acuerdo con la CEPAL, el 1% más rico del país concentró en 2017 el 26.5% de la riqueza nacional, mientras que 50% de los hogares con menores ingresos tuvo acceso únicamente al 2.1% de la riqueza total–; la del sistema de pensiones –80% de la población en retiro recibe una pensión por debajo del salario mínimo–; la del sistema de salud –sólo 20% de la sociedad puede pagar por una atención de mejor calidad–; la de la privatización del agua –con derechos de aprovechamiento perpetuo para actores privados–; y la de la corrupción –en especial la del Ejército y los carabineros–.

Retrata con transparencia esta realidad violenta una consigna que colorea las protestas en Chile: “no es por 30 pesos (aumento que aplicó el gobierno al boleto del metro y luego frenó), es por 30 años”. Parece que así lo ha entendido Piñera, quien pidió perdón por la falta de visión de su gobierno y anunció una serie de decisiones para atender los problemas acumulados en el país sudamericano, entre ellas la renuncia de todo su gabinete.

Lo apuntó Boaventura de Sousa Santos hace unas semanas, a propósito de las manifestaciones en Ecuador por la eliminación del subsidio en la gasolina: es el neoliberalismo llevando su agenda antisocial del fin del mundo al centro del mundo; es su voluntad destructiva en perjuicio del empobrecimiento de las grandes mayorías. El incremento al costo del billete del metro en Chile es el pico de un iceberg, el mismo iceberg que llevó a Ecuador a adoptar políticas de austeridad dictadas por el capitalismo financiero. El iceberg violento es el sistema económico y su base es tan grande que nos hace creer que no es iceberg sino una única masa continental. Y es la vida la que queda amenazada, más allá de si las decisiones las ejecutan políticos de izquierdas o de derechas.

Con una narrativa alejada de las primeras imágenes de las protestas, como si de un carnaval se tratara, jóvenes en su mayoría corean hoy los versos del poeta, símbolo de la resistencia chilena. Jóvenes que no vivieron la dictadura, pero sí experimentan la precariedad en el país “modelo” de la región más desigual del planeta, bailan, entonan coplas, golpean cacerolas y ondean banderas, quieren cambiarlo todo. Cantan al gobierno y al mundo entero, expuesto mayormente a las imágenes de fuego y violencia: no estamos en guerra.

El derecho de vivir en paz, la paz, no sólo es la ausencia de conflicto, sino la acción que niega la violencia, la de la fuerza desmedida y la de las estructuras que privilegian la libertad económica y ponen en riesgo la vida digna. La lucha en Chile, como lo escribió Santos en torno a la movilización del pueblo ecuatoriano, da una lección al mundo: “el poder injusto, por fuerte que sea, siempre tiene un punto vulnerable, su injusticia y la resistencia pacífica y organizada contra ella.”

*Foto de portada: Claudio Caiozzi

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Roberto Alonso
Académico del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana Puebla y coordinador del Observatorio de Participación Social y Calidad Democrática.