Educar en realidad

Educar en realidad

Imagen de Martin Polo en Pixabay
Martín López Calva

Hoy vino a verme el que no fui:

Aquel otro

Ya para siempre inexistencia pura,

Ardid verbal para el hubiera sido,

Forma atenuada de decir no fue.

Ahora lo entiendo:

Quien no fui ha triunfado,

La realidad no lo manchó, no tuvo

Que adaptarse a la eterna sordidez,

Jamás capituló ni vendió su alma

Por una onza de supervivencia.

El que no fui se fue como si nada.

Ya nunca volverá, ya es imposible.

El que se va no vuelve aunque regrese.

José Emilio Pacheco. Aquel otro.

Cuando se habla de educación humanista se tiende a pensar que se trata de una utopía, de un ideal inalcanzable para profesores y estudiantes promedio, para seres humanos reales, como si educar con visión de humanización fuese formar santos o ángeles que vivan fuera de la realidad y sean siempre perfectos y sin contradicciones ni tensiones en su existencia.

En cierto modo esto es natural porque muchos de los discursos humanistas en educación parten de concepciones abstractas de la persona, de definiciones que más que orientar y alentar a los educadores los ponen de antemano en un escenario irrealizable que los paraliza y los deja atrapados en la total desconexión entre discurso y práctica.

Ya nos había advertido nuestro estimado y recordado psicólogo de la imperfección Ricardo Peter de tener cuidado en la meta que proponemos como horizonte final a los seres humanos de carne y hueso porque el ideal de perfección lleva inevitablemente a la deshumanización que produce neurosis y rupturas en la convivencia por ser inalcanzable y por tanto, fuente de frustración para uno mismo y para lo que exigimos a los demás en nuestra relación con ellos.

Así que al igual que el poeta Sabines decía que “el pueblo es útil para hablar en banquetes…” el estudiante “formado integralmente” desde el humanismo abstracto es útil para hablar en ceremonias escolares o discursos de graduación pero no será nunca visto en la realidad, porque en el mundo real, en la vida cotidiana ese estudiante no existe ni puede existir.

Sin embargo en muchas escuelas y universidades seguimos empeñados en formar a aquel otro que dice el poema de Pacheco, al que es “ardid verbal para el hubiera sido”, Al que la realidad no manchó,  a ese que no tuvo, nunca tuvo que adaptarse a la eterna sordidez ni capitular o vender su alma por una onza de supervivencia.

Formamos a los futuros ciudadanos de este planeta lleno de dilemas irresolubles y contradicciones acuciantes en un ideal inalcanzable que los lleva a la frustración, a la resignación o incluso al cinismo porque no llenar el estándar esperado los hace sentirse en déficit permanente como personas y como ciudadanos, o a conformarse con lo que buenamente se les va presentando en su existencia o a navegar hábilmente en el manejo pragmáticamente conveniente entre el discurso buenista y moralizante y la práctica pragmática y sin principios.

Porque si vemos el humanismo desde este ángulo abstracto e idealista, el que no fuimos siempre triunfa sobre el que somos, el que no fuimos se va y no vuelve aunque regrese de vez en cuando a torturarnos por nuestra falta de congruencia total o a reírse de nuestra imposibilidad de convertirnos en lo que soñamos o peor aún, en lo que otros soñaron que llegaríamos a ser.

La verdadera educación personalizante no corresponde con esta visión abstracta y utópica porque no busca educar seres perfectos ni en busca de la perfección sino seres humanos con los pies bien puestos en la tierra aunque tengan la mirada apuntando lejos hacia el cielo.

La verdadera educación personalizante no educa a ese otro que no fuimos y jamás seremos sino a ese sujeto imperfecto, vulnerable y contradictorio que somos y seguiremos siendo aunque siempre tengamos posibilidades de mejorar.

Una educación humanizante a la altura de lo que somos en concreto los seres humanos es un proceso de formación que implica desarrollar al mismo tiempo la capacidad de soñar con una vida excepcional y con el mejor de los mundos posibles y de aceptar que podemos solamente construir una vida real y un mundo cada día ligeramente mejor.

La formación humanista de estos tiempos, obscuros y desesperanzados debe preparar al que realmente somos para tratar de ser lo más auténticamente humano sabiendo que en los hechos concretos habrá veces que la realidad nos va a manchar aunque intentemos mantenernos al margen de los problemas y otras en las que tendremos que decidir entrar al fango a luchar por las causas que consideramos justas a sabiendas de que vamos a salir manchados.

Una educación desde la perspectiva del humanismo que responda de manera pertinente al mundo actual es una educación que forma seres conscientes de que tendrán a veces que capitular y hasta “vender su alma” por algunas onzas de supervivencia pero que aprenderán a hacerlo con la suficiente dignidad y responsabilidad para no dejarse convertir en comerciantes permanentes de su alma y en capituladores compulsivos de sus ideales y principios por razones de conveniencia o simple comodidad.

La educación personalizante para el siglo veintiuno es la que forma personas que tienen claro que a pesar de que en la comparación aparente gana siempre ese otro que no fuimos, vale la pena trabajar intensamente y durante toda la vida para llegar a ser ese que decidimos ser en medio de las circunstancias concretas.

Si queremos realmente mejorar el mundo en que vivimos y consideramos seriamente que la educación es el proceso mediante el cual se puede contribuir a construir ese mundo mejor al que aspiramos –no el mejor de los mundos, irrealizable por definición- formando a las personas concretas que busquen auténticamente su desarrollo y se comprometan con la transformación social, deberíamos dejar de lado las visiones idealistas y abstractas de la educación humanista y construir una nueva comprensión de Educación personalizante que asuma al ser humano en su realidad de homo complexus, con luces y sombras, tensiones y contradicciones, ideales y proyectos. La educación personalizante es por eso una opción que apuesta por educar en realidad.

*Foto de portada: Martin Polo en Pixabay

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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