Educación y utopía: la trampa del mejor de los mundos
Busquemos la relación entre educación y u-tropía: proceso inacabable de búsqueda de lo que constituye la formación integral de los niños y jóvenes
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
30 de octubre, 2019
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Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay

Martín López Calva

“La renuncia al mejor de los mundos no es de ninguna manera la renuncia a un mundo mejor”.

Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, p. 49.

El fin de semana pasado tuve el gusto de participar en el 3er. Congreso Nacional en Educación y Docencia organizado por el Instituto Universitario Antequera en la bella ciudad de Oaxaca. Dentro del programa de actividades, además de la conferencia de clausura que me invitaron a impartir –en la que hablé de los factores y los desafíos para la educación humanista en la sociedad de la información–, me invitaron a compartir mis reflexiones en un foro titulado: «Hablemos de utopías de la educación», en el que compartí la mesa con admirados y queridos amigos y colegas: la Dra. Anita Hirsch y Adler, el
Dr. José G. Sánchez Aviña y la Dra. Hilda Patiño Domínguez.

Es muy común que el discurso educativo relacione los términos «utopía» y «educación» porque sin duda es atendible; la educación es el proceso sistemático mediante el cual se busca construir seres humanos auténticos y completos para generar un mundo humanamente válido y armónico. Estas dos metas –la formación de seres humanos auténticos y la construcción de un mundo plenamente humano– son inalcanzables, de ahí que se conciba a la educación como una actividad utópica que se orienta hacia la construcción de sueños imposibles de hacerse realidad.

Para esta relación se suele citar el muy conocido texto de Galeano basado, tal vez –o al menos muy parecido–, en el poema un poco menos popular de Kavafis, Íthaca que dice:

“Ella está en el horizonte.

Yo me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos.

Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.

Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.

¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar.

Eduardo Galeano. Ventana sobre la utopía.

En este texto se mira a la utopía como algo que nunca se va a alcanzar porque se aleja cada vez que caminamos hacia ella, pero se plantea precisamente en eso su valor y necesidad para los seres humanos, puesto que la utopía nos sirve para caminar, para movernos, porque es un horizonte al que dirigimos nuestra mirada y sobre el que ponemos nuestra esperanza.

Sin embargo, tendríamos que cuidar no ponernos como horizonte o motivo para caminar una meta o un lugar que de antemano sabemos que nunca podremos alcanzar, porque esta manera de orientar nuestra existencia puede resultar frustrante y desmoralizante.

Citaba yo hace un par de semanas al recordado psicólogo de la imperfección Ricardo Peter que planteaba que ponernos como meta de desarrollo personal la perfección es erróneo y deshumanizante, ya que ello nos pone en un camino hacia la neurosis y la frustración. Pues, según el punto de vista que yo planteé en el foro, la utopía es en el nivel social y planetario el equivalente de la perfección en el nivel individual, porque es también la postulación de un punto de llegada imposible de realizar, un mundo perfecto, el mejor de los mundos humanos y por ello puede ser también una meta deshumanizante.

Así, relacionar educación con utopía puede llevarnos al amor abstracto, que es peor aún que el odio, como planteaba Albert Camus. En nombre del amor abstracto podemos hacer más daño que bien porque nos lleva a amar a la niñez, al alumnado, a la formación total –o para usar un término de moda, holística–, pero en nombre de ese amor también podemos llegar a despreciar, minusvalorar o excluir a los niños concretos, a los estudiantes que están frente a nosotros, a la formación posible y viable porque no llegan a cumplir con estos estándares ideales que constituyen la utopía educativa.

De manera que, más que plantear la relación entre educación y utopía, planteaba en el foro que busquemos la relación entre educación y u-tropía o, mejor dicho, tropía como camino: proceso inacabable e imperfecto de búsqueda de lo que constituye la formación integral de los niños y jóvenes concretos en situaciones históricas y contextos socioculturales específicos, y de las mejores estrategias, métodos y herramientas didácticas para ir promoviendo esa formación.

A nivel social este camino puede nombrarse usando la noción de Cosmópolis que plantea Lonergan en Insight. La Cosmópolis no es un lugar ideal al que se aspire llegar, no es tampoco un modelo económico o político sino un dinamismo de búsqueda formado por la colaboración entre las minorías de seres humanos que en cada momento histórico, y en cada contexto sociocultural, se preocupan por lo que es más inteligente, más razonable y más responsable hacer en cada situación concreta que se les presenta.

De manera que, más que buscar una utopía educativa yo propongo emprender un camino que nos una a la Cosmópolis educativa, es decir, que nos integre a los grupos, redes y comunidades de educadores, investigadores educativos, gestores de la educación, orientadores educativos, padres de familia, estudiantes, que buscan de manera sistemática, colaborativa y comprometida lo que es más inteligente, más razonable y más responsable para formar integralmente –que es distinto a holísticamente– a los futuros ciudadanos de este país y de este planeta.

Los miembros de la Cosmópolis educativa son agentes conscientes de que, si bien no es posible construir el mejor de los mundos ni el mejor de los sistemas y procesos educativos, es irrenunciable la tarea de buscar cada día la edificación de un mundo mejor, de un sistema educativo mejor, de un modelo o proceso educativo mejor en términos de humanización de cada persona y del mundo en el que vivimos.

El grave riesgo de los educadores que se guían por una utopía, en el sentido que antes describo, es la parálisis que se genera ante la constatación de que en cada paso que damos cada día hacia esa educación perfecta se nos aleja irremediablemente, y se nos presenta como totalmente imposible de ser alcanzada.

Por ello, cabe plantearse una meta más modesta aunque profundamente retadora por ser realista y alcanzable: la integración a la Cosmópolis educativa y el trabajo constante de búsqueda de inteligencia, razonabilidad y responsabilidad –bienes escasos hoy– en las prácticas educativas, en las estructuras del sistema educativo y en la cultura educativa para generar cambios modestos pero reales en el aquí y ahora.

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..