The Dead Don’t Die: Porque los muertos realmente no mueren

The Dead Don’t Die: Porque los muertos realmente no mueren

<Héctor Jesús Cristino Lucas
Foto: YouTube

Tras el lamentable fallecimiento del padre del cine zombi, George A. Romero, un frío 16 de julio de 2017… el subgénero de los muertos vivientes, irónicamente, se fue a la tumba junto con él.

Aceptémoslo de una vez por todas. Si bien es cierto que hoy en día podemos encontrar alguna película que conserve el legado, tanto en estilo como en potencia que comenzó la mítica Night of the living Dead en 1968, sea con la existencialista pero encantadora La nuit a dévoré le monde (2018) de Dominique Rocher; o la trepidante pero desquiciada Train to Busan (2016) de Yeon Sang- Ho, lo único cierto es que ahora este cine ya no es ni la sombra de lo que fue alguna vez.

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Culpemos a las infumables adaptaciones de Resident Evil junto a Milla Jovovich que no hicieron más que explotar la temática con superproducciones tamaño Hollywood, o a la molesta y cansina odisea que aún prevalece por parte de la serie The Walking Dead pretendiendo hacerse “interminable.”

Porque luego de todo el fenómeno que generó a nuestra cultura pop: de Danny Boyle empezando tendencia a inicios de nuestro siglo con su encantadora 28 Days Later (2002); o Zack Snyder siguiendo sus pasos con el remake de Dawn of the Dead (2004); de las comedias horríficas que satirizaron el género hasta el cansancio, como Zombieland (2009) o Shaun of the dead (2004) y de las parodias de las parodias como burlas insaciables tipo Zombeavers (2014) o Black Sheep (2007)… ya no hay más por recorrer.

Es decir, si tenemos castores y ovejas zombis atacando a quien se ponga enfrente -al puro estilo del hilarante cine de tiburones- ¡se acabó! ¿Qué otra cosa falta mencionar?

Bueno… quizás sí haya una.

La muerte de George A. Romero, para muchos en la industria, o la crítica tal vez, no significó la gran cosa. Puede que algunos crean que no hubo un cambio ni mucho menos un aporte a la humanidad después de dejar este mundo, pero pasa y acontece que fue absolutamente todo lo contrario. El legado que dejó este hombre ha sido tan grande; de enormes y exageradas proporciones, que es casi imposible notarlo de forma inmediata.

Ya no solo el hecho de haber construido y popularizado todo un subgénero dentro del cine de terror que continúa vigente en nuestros días, o de haber instaurado un personaje tan emblemático como el clásico “zombi” a la cultura popular y a nuestro propio imaginario colectivo. Eso sólo es lo evidente.

Romero, lo que en verdad ha conseguido, es haberse transformado en un auténtico visionario de nuestra putrefacta sociedad actual. Aunque subestimadas por lo gráficas que eran, sus películas eran capaces de abordar temas tan delicados como el racismo, o tan complicados como el capitalismo. Y generar de paso una crítica tan mordaz, que han sobrevivido sin problemas el paso del tiempo como auténticas profecías.

Night of the Living Dead (1968) nos hablaba de la intolerancia racial como el auténtico antagonista dentro de una película de zombis protagonizada por un personaje afrodescendiente -interpretado por Duane Jones- que irónicamente terminaría muriendo NO a causa de estos, sino por el racismo de un norteamericano común… vivo, blanco y consciente.

Mientras que, la emblemática Dawn of the Dead (1978 ) nos mostraba a hordas y hordas de zombis entrar a la fuerza a cientos de plazas y supermercados con el único propósito de volver a los sitios que más apreciaban cuando estaban en vida, para sentirse -tristemente- aún vivos. Insinuando que, la gran parte de la humanidad se había vuelto una raza consumista y sin sentido común, mucho antes que la dichosa “epidemia” comenzara.

El cine de Romero es violento y transgresor, pero no precisamente por la salvajada de sus escenas -y vaya escenas que tiene- sino por el contenido de su propio mensaje. Por la profundidad de su tesis o la bestialidad de su protesta.

Y esto, no solo lo vuelve en un ícono relevante para nuestros días, también en un cineasta indispensable para la industria que a muchos ha servido como gran fuente de inspiración.

Claro, es fácil decirlo, así como así, en una columna cualquiera a través de internet. Pero que sirva como fundamento el hecho de que, tras su partida en 2017, obtuvo una merecida Estrella Póstuma en el Paseo de la Fama por la relevancia de su vida y obra. Algo que en los años 60 o 70 esto sería impensable porque el subgénero jamás -JAMÁS- fue tomado enserio.

Romero, en cambio, logró con su genialidad que inevitablemente lo fuera. ¡Ese es el gran punto!

Después de tanta odisea. De añadir, quitar e inventarle al subgénero, lo último que nos queda; lo último que hace falta… es apreciarlo de verdad. Respetarlo y tomarle enserio pese a la gran sobreexplotación y declive que ha sufrido. Y aunque tardío, esto es algo que muchos otros cineastas de renombre, como el estadounidense Jim Jarmusch, también han entendido.

Este último, quien es un genio de la comedia absurda y un auténtico representante del cine independiente. Autor intelectual de obras tan divertidas como Stranger Than Paradise (1984) o la mítica Coffee and Cigarrettes (2003); hasta otras, más extrañas y experimentales como Dead Man (1995) con Johnny Depp; regresa de nueva cuenta, pero esta vez con una sanguinolenta y desquiciada película de zombis. Así lo como leen: ¡de zombis!

Si bien es cierto que este cineasta ya había incursionado antes en el género de terror con la maravillosa y obscura Only Lovers Left Alive (2013) y ese recorrido existencialista sobre la decadencia humana vista a través de los depresivos pero románticos ojos de un par de vampiros -Tilda Swinton y Tom Hiddleston- ¡hay que ver lo que hizo ahora con el legado de Romero! ¡Hay que ver!

The Dead Don’t Die, que más de un crítico considera ya como “un bodrio infumable sin chiste ni carisma que ha arruinado su carrera pese a contar con todo un elenco de infarto”, me apetece decir con los cojones que me sobran: que ha sido una grata sorpresa. La he disfrutado como no tienen ni puta idea.

Que digan lo que digan. Que ladren lo que ladren. Porque entre Jarmusch y Romero hay mucho trecho. Y esta película, lejos de querer convertirse en la mejor cinta de muertos vivientes que hayamos tenido en nuestro siglo, más bien, lucha por volverse en el homenaje definitivo a este tipo de cine. ¿Y saben una cosa? ¡Lo logra con creces!

Aunque eso sería quedarse bastante corto. Jarmusch, en lugar de regodearse en la típica comedia o en la parodia de la parodia como muchos intelectualoides afirman que es, manufactura, con ese peculiar sentido del humor que le caracteriza, toda una oda al cine de Romero que tanto rinde honor a quien honor merece, como también se ríe a carcajadas, pero no de él, sino con él.

Nada menos que una carta de amor que pretende apapachar al subgénero que por muchos años fue considerado de menor categoría, quitándolo del estante de lo injustamente subestimado para llevarlo ahora a un nuevo nivel de apreciación que, sin importar que tan estúpido y vacío nos parezca, realmente llega a ser hermoso y único cuando entiendes su objetivo.

Por ello, quien sólo se queda con lo evidente, afirmando que no es más que una típica comedia norteamericana, descafeinada y hasta predecible, no ha entendido muy bien que Jarmusch apunta hacia a otra parte. A una historia comedy/horror que muestra con excelentes resultados lo mejor del cine zombi con nada menos que las mismas y tan preciadas reglas que dejó su padre para manufacturar una cinta de esta clase.

Porque, a decir verdad, ¿cuándo fue la última vez que vimos una película que siguiera la filosofía de Romero y de paso te mostrara a los clásicos muertos vivientes de antaño? Los que vimos en la franquicia española Rec, por ejemplo, eran bastante rápidos, mientras que, los de War World Z (2013) o Train to Busan (2016), eran unos malditos atletas que no te dejaban parpadear siquiera.

La idea del “zombi atlético” capaz de correr a grandes distancias en tan poco tiempo es un concepto que, aunque no fuese tan nuevo -hay que ver Return of the Living Dead (1985) para conocer su verdadero origen- se instauró oficialmente gracias a Danny Boyle y Zack Snyder para encajar mejor con nuestro siglo… pero desde entonces, solo hemos visto a este tipo de criatura.

The Dead Don’t Die no solo regresa al primer tipo de zombi, lento y tambaleante, también a la clásica historia en donde el verdadero horror -como fiel amante de su creador- radicaba netamente en los conflictos y las diferencias humanas antes que en los propios monstruos. Mientras, los inexplicables y apocalípticos acontecimientos servirán como una simple excusa para verlos superar sus conflictos internos… pero esta vez, bajo el estilo de Jarmusch, haciéndola más acorde a nuestros tiempos y sin caer en lo fácilmente predecible.

Mientras algunas películas, como Scouts Guide to the Zombie Apocalypse (2015) optaron por convertirse en la comedia burlona -aunque efectiva- de este tipo de cine, la cinta de Jarmusch pretende emular el auténtico legado de Romero ofreciendo una interesante crítica social como en los viejos tiempos: tanto a la tolerancia racial y al mortífero consumismo; y de lo que es inevitable: a toda esa frivolidad materialista y tecnológica de nuestro querido siglo XXI.

Los muertos aquí, vuelven también por aquello que más amaron en vida. Y lo gracioso, de hecho, es que la mayoría lo hace por cosas tan vanas y estúpidas, que el humor no radica en chistes fuera de lugar, sino en la propia sátira existencialista que plantea. Y por el estupendo trabajo actoral de su elenco, claro, que a veces solo necesitan de un mínimo gesto o quehacer escénico para lograr añadir magia a las escenas.

Bill Murray, Tilda Swinton, Adam Driver, Steve Buscemi y Chloë Sevigny hacen un magistral e imponente trabajo transformando una potencial película de serie B olvidable -aunque posee intencionalmente estos elementos- en algo más preciado para la audiencia conocedora del cine zombi: una interesante, pero nada pretenciosa tesis sobre el impacto de esta tendencia en nuestros tiempos.

No obstante, Jarmusch sabe bien que debe terminar conquistando su propia película sin dejarse llevar tanto por la emoción y la nostalgia. Hacer que su trasfondo o su mensaje sea lo suficientemente distinguible. Y en un intento peculiar por conseguirlo, retuerce su premisa hasta alcanzar la metadiégesis, e incluso, la propia ruptura de la cuarta pared.

Un recurso que otras películas del género comedy/horror como Rubber (2010) -o La Llanta Asesina– de Quentin Dupieux, usaron de forma maravillosa para satirizar a sus propios espectadores. Al final, la burla o la crítica transgrede la pantalla y se vuelve algo más personal; se vuelve vilmente contra nosotros. Jim termina siendo sólo un mensajero, y su película, un simple espejo.

The Dead Don’t Die recurre al personaje de “el ermitaño Bob” -interpretado por Tom Waits- como su gran narrador omnisciente que nos mira a través de sus binoculares, como los verdaderos seres marginados. Que nos juzga, de forma triste y decepcionante, hasta rebajarnos como los auténticos zombis de la cinta. ¡Epicidad para enmarcar y colgar! ¡Para nunca olvidar!

La última cinta de Jim, con el suficiente gore o destripamientos a la vieja escuela, con la crítica y el humor negro incluidos, o con Bill Murray y Adam Driver como la nueva dupla maravilla, se vuelve uno de los mejores homenajes vivientes que se le hayan hecho al cine de Romero. Y esto es mucho decir.

Una película que parece insinuarnos -pese al evidente bajón del subgénero en los últimos años- que este poderoso legado, realmente es inmortal. Que los muertos, así como dice su título en una imponente metadiégesis: ¡Realmente no mueren! Y George, con ellos, continúa vivo entre nosotros. Poesía.

Sinopsis:

“En la pequeña localidad de Centerville empiezan a ocurrir fenómenos extraños. A raíz de esto, los muertos vuelven a la vida y un variado grupo de personajes tendrá que enfrentarse a ellos.”

*Foto de portada: YouTube

Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com

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