Midsommar: o la encantadora naturaleza de lo inclasificable
Midsommar tanto es un thriller psicológico, como por supuesto que también es una película de terror… te asuste o no te asuste
Por Héctor Jesús Cristino Lucas @
26 de septiembre, 2019
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Héctor Jesús Cristino Lucas

Foto: YouTube

Cuando la cinta sueco-danesa de Benjamin Christensen, Häxan: Witchcraft Through the Ages se estrenó allá por 1922, la crítica simplemente no lo podía concebir.

Por un lado, la evidente polémica que desató su temática: el asunto de la brujería; las consecuencias de la superstición del hombre o su ignorancia, con una sátira tan mordaz hacia la iglesia católica, que no hacía más que ridiculizar su paso por este mundo. Pero por el otro, la extraña imposibilidad de no saber clasificar con exactitud todo lo que estábamos viendo.

Debido a que Häxan era todo un archivo fílmico que recopilaba un sinfín de datos duros sobre el paso de la brujería a través de nuestra historia, pero también tomaba prestado elementos característicos del cine de los años 20 en Alemania,  había quienes alegaban que la cinta de Christensen no era más que una suerte de pseudo documental, pero también, quienes decían que se trataba de una cinta de horror contestataria que seguía los parámetros establecidos por el expresionismo alemán, también en auge en aquellos momentos.

No obstante, la respuesta a qué diablos era Häxan jamás fue contestada. Sobrevivió a través de las eras, como la incertidumbre misma por la que fue concebida, y pasó a convertirse casi instantáneamente en lo que algunos llaman: “un film inclasificable”. Nada menos que una obra intimista y personal, incapaz de ajustarse en algún género definido más que solo el que representa el propio Benjamin Christensen como autor.

Leer / Häxan, un film inclasificable

Mientras, se engendraba inconscientemente una importante premisa que debería servirnos, tanto como críticos o espectadores, a la hora de enfrentarnos con cintas de esta misma naturaleza: si bien el séptimo arte cuenta con piezas cinematográficas capaces de embonar sin complicación alguna en cierto género establecido, otras, simplemente no pueden porque jamás fueron concebidas para ello. Lo que algunos llaman: cine de autor.

Películas de carácter experimental que tanto pueden llegar a ser de un género, como pueden llegar a ser de otro… e inclusive, siguiendo el argumento de sus propios creadores: de híbridos o nuevos géneros incluso.

Por lo que el fenómeno sucedido con Häxan fungió solo como uno de los primerísimos ejemplos de la historia del cine sobre cómo a veces, el verdadero encanto de algunas películas no radica con exactitud en qué género pertenece sino en las sensaciones que te hace sentir mediante el uso de variopintos elementos; en lo netamente inclasificable; en las motivaciones de su creador.

Aunque hoy en día exista quien defina el cine de David Lynch como “surrealismo puro”, esto no es más que simple protocolo. Una forma de describirlo porque estúpidamente todo en esta existencia debe llevar un nombre; un adjetivo. Pero lo cierto es que, una vez vivida la experiencia, ya sea con algo como Mullholand Drive (2002) o la mismísima Eraserhead (2007), por ejemplo, el espectador sabrá de antemano que no hay palabra aún inventada en nuestro lenguaje para responder a dónde diablos pertenecen en realidad.

El cine de Lynch, probablemente, pertenece a otro mundo.

Tras el estreno de The House That Jack Built en 2018, la crítica se dividió. Algunos, la llamaban despectivamente como una pretenciosa torture porn al puro estilo del Hostal (2005) de Eli Roth, mientras otros, más sofisticados todavía, como una sublime y humorística tesis cinematográfica sobre la maldad humana. No obstante, el propio Lars Von Trier develó el misterio al declarar frente a todos que esta película, no era más que una simple confesión personal:

“Habría sido un gran asesino en serie. Pero tenía suficiente control para no ir en esa dirección. Nunca maté a nadie, pero si lo hiciera sería a un periodista”.

Leer / The House Jack Built, sobre la casa que Lars construyó

Cuando le preguntaron a Gaspar Noé en qué género encajaba su más reciente Clímax (2018), ni él mismo pudo responderlo. Aunque irónicamente, en su divague, encontró la manera perfecta para describirla:

“No sé, Clímax es un musical, es una comedia, es una película de terror. ¿Qué son las películas de Buñuel? Cuando la gente no sabe catalogar habla de cine de autor. A mí unos me llaman tarado, otros idiota, otros provocador, pero son solo adjetivos.”

Por supuesto que esto ha engendrado batallas interminables desde tiempos remotos. Entre la audiencia y la crítica especializada; entre los que las aman y las aborrecen; de quienes las consideran piezas maestras de naturaleza transgresora, contra aquellos que no hacen más que calificarlas de presuntuosas o sin valor alguno.

Le ocurrió a Nicolas Winding Refn con su polémica The Neon Demon, que pese a ganar El Premio de la Crítica en la 49.ª Edición del Festival de Sitges -especializado en cine fantástico- fue abucheada vilmente por su paso en Cannes 2016 hasta alcanzar paradójicamente el récord de insultos.

Y mientras Darren Aronofsky ganaba a Sección Oficial de Largometrajes a concurso en el Festival de Venecia 2017 con su potente y desafiante Mother!, la película también era nominada a los infames Razzies -o “Anti-Oscares”- a Peor Director, Peor Actriz -Jennifer Lawrence- y Peor Actor Secundario -Javier Bardem- aunque sea difícil de creer.

Porque además de ser inclasificables, otro de sus tantos encantos es que sean capaces de dividir a la audiencia y desafiar a los ojos de quien las mira como una regla obligatoria; como un manifiesto entendido entre líneas. O las amas o las odias. Y eso es justo lo que ocurre ahora con Midsommar, la reciente película de Ari Aster, que ha levantado revuelo entre los espectadores.

¡Que la tradición continúe! Que la batalla entre los eruditos y los fanáticos no se detenga. Bienvenidos al pan nuestro de cada día, que, aunque patético y predecible, no por ello es menos divertido.

Luego de habernos traído Hereditary junto a Toni Collet y Milly Shapiro, considerada como una de las mejores cintas de horror del siglo XXI al innovar con grandes resultados, Ari Aster se perfilaba a convertirse en uno de los maestros del horror contemporáneo junto a Jordan Peele –Get Out– y Robert Eggers –The Witch– … pero ahora, ha dado un paso completamente distinto y arriesgado, aunque no por eso menos interesante.

Leer / Hereditary: una nueva etapa en el cine de horror actual

Mientras algunos se aventuran a afirmar que Midsommar es la película de horror del año, como lo dice el canal Watchmojo con hasta 10 razones para probarlo, otros, más incrédulos todavía, como el guionista y crítico de cine, Kristoff Raczynski prefieren aguardar tranquilo y alzarse contra los primeros afirmando a todas luces, que: “esto no es terror, esto no es terror y esto no es terror”, si no, probablemente, un thriller o un drama psicológico de corte experimental.

¡Ni hablar! Aunque algunos críticos puedan llegar a tener argumentos más convincentes que otros, lo único cierto es que a estas alturas del partido, resulta una tremenda pérdida de tiempo criticar una película con base a qué género pertenece, o en este caso, al saber qué tanto te asusta o qué tanto te inquieta.

Sin embargo, resolvamos el misterio y convengamos que, de hecho, ambas posturas tienen la razón. Y para verificarlo debemos entender las verdaderas motivaciones que movieron a Ari Aster a crear semejante película.

Según sus propias palabras, Midsommar es un drama psicológico que intenta recrear la terrible sensación de desasosiego que se vive cuando perdemos a alguien cercano, pero también cuando experimentamos una ruptura amorosa. No obstante, para lograrlo el cineasta no pretende contar la típica historia romántica de siempre, sino que opta por recrear todo un contexto, a manera de metáfora, que nos ayudará a vivir en carne propia esa terrible experiencia mientras une diversos géneros y estilos en una sola película.

Algo parecido a lo que intentó el propio Darren Aronofsky con su pieza Mother!, que tanto parecía una brutal home invasion a la vieja escuela, como un violento thriller psicológico, como una cinta surrealista, pero que en conjunto, no eran más que una puesta simbólica para contar otra historia: los relatos bíblicos, del «Génesis» hasta el «Apocalípsis» y la mordaz crítica medioambientalista contra el hombre y su terrible paso sobre la Tierra.

Ahí es donde me pregunto: ¿y en qué maldito género pones eso? Señores, Midsommar tanto es un thriller psicológico, como por supuesto que también es una película de terror… te asuste o no te asuste. Y aunque haya quien le parezca de lo más absurdo contraatacando con críticas más pretenciosas que la propia película, también esto es cine de autor.

Porque lejos de encajar dentro de los cánones establecidos, la reciente película de Ari Aster opta por conseguir a su manera un estilo propio; inclasificable, para que, con ello, transgreda la pantalla y sea capaz de retar al propio espectador. Llevarlo a conseguir una catarsis malsana de lo más personal.

Por lo tanto, es verdad que la premisa de esta historia no es propiamente de horror, pero vaya que no pueden negar que sí toma prestado muchos de sus elementos para manufacturar un drama psicológico o surrealista de lo más espeluznante, y de paso, cumplirte con cada uno de sus estilos.

Midsommar, según sus propias palabras, toma elementos importantísimos sobre el medievo europeo y la intriga en pueblos pequeños de cintas como Hard To be a God (2013) de Aleksey German, Black Narcissus de Michael Powell, junto Macbeth (1971) y Tess (1979) de Roman Polanski, pero aunque muchos los nieguen, también bebe de un subgénero dentro del cine de terror llamado folk horror -o bien, horror rural- que opta por presentarnos escenarios apartados de las grandes urbes e infundirnos un extraño temor por el misticismo de la naturaleza, las leyendas clásicas, los ritos paganos o los cultos antiguos.

Un subgénero que pese a no ser tan popular ni recurrente en pleno siglo XXI, en los últimos años nos han estado llegado un puñado de cintas que han intentado volver a ponerlo de moda luego de su inevitable olvido. Cintas que pueden llegar a ser tan desconocidas como Wake Wood (2009) o The Ritual (2017), hasta otras, más destacables y exitosas como la ópera prima de Robert Eggers, The Witch (2016) o la mismísima Apostle (2018) de Gareth Evans.

Sin embargo, la cinta de folk horror que Ari Aster parece tomar de base para construir esta película es la que ha inspirado, por supuesto, a todas las antes mencionadas. El emblema del subgénero. El espectacular clásico de culto de Robin Hardy: The Wicker Man (1973).

¡Pero ojo! No solamente al clásico de clásicos, sino también al infame remake que dirigió Neil LaBute en 2006 junto a un patético Nicolas Cage vestido de oso como protagonista. Porque si bien, fue un fracaso monumental por lo terrible que era en todos los aspectos, irónicamente, también se terminó convirtiendo en una cinta de culto por esto mismo.

Y que aparezca ahora este director otorgándole un extrañísimo homenaje con el asunto del oso que tanto dio de qué hablar en aquellos momentos, es un guiñazo de lo más divertido y trascendental. ¡Qué pasada!

No obstante, Midsommar no sólo se regodea en el folk horror y nada más. Al parecer todos se olvidan de que también posee un espíritu más salvaje orillado al descuartizamiento adolescente como ofrecía el propio slasher en los 80.

Y esto no es ninguna locura ni mucho menos, tan solo piénselo: sus protagonistas son un grupo de jovencitos promiscuos con poco sentido común, adoradores de la bebida y las drogas psicodélicas que por terribles azares del destino han viajado a una zona rural de la que es casi imposible escapar.

Me parece hasta ridículo entonces que haya quienes no encuentren tan “desarrollados a los personajes” o que la película en determinado momento “se olvide de ellos”, ya que es uno de los elementos más distinguibles de este subgénero, expuesto aquí de manera sublime.

Además de que el punto de la cinta no es con exactitud mostrarte personajes completamente construidos, sino que, a través de sus espléndidas actuaciones, se pueda generar suspenso en el pleno desconocimiento; de no saber con exactitud lo que está sucediendo y de construir una imponente sensación de horror y misterio cuando vayan desapareciendo sin dejar rastro alguno.

¡Por favor! Si todo esto es la fórmula más básica del slasher, tan simple pero efectiva como la primera Friday the 13th (1980) combinada ahora con el folk horror de The Wicker Man (1973), claro.

Esto ha llevado a algunos a creer que la película de Ari Aster no es más que una “torture porn embellecida” por planos largos y exageradamente contemplativos. Como una película de serie B intentando ser tomada enserio en las grandes ligas. Algo que incluso yo he llegado a acuñar con el nombre de “La serie B justificada” con ejemplos del tipo Bird Box. Pero aquí es diferente.

Pasa que las escenas de violencia que nos regala Ari Aster no sólo mejoran sus historias, también parecen ser necesarias para alcanzar un nuevo nivel de transgresión en pos de experiencias más íntimas con el espectador. En Hereditary (2018), para entender con mayor potencia el dolor de la pérdida de un ser querido; pero en Midsommar, para generar la desesperación y el shock de una ruptura a través de un explícito baño de sangre que recordemos, no es más que una simple alegoría.

Además de estar tan bien construidas, tan bien filmadas y tan bien pulidas, que sus películas no pueden ser consideradas como una Saw (2004) más del montón. Esto no es gratuito ni mucho menos alcanza el nivel de una serie B.

Porque además de todo lo dicho, Aster añade una poderosa carga de misticismo y simbología pagana a través de un culto sueco que replanteará la eterna lucha contra las retrógradas visiones occidentales a través de un interesante enfoque de horror con corte antropológico, justo como lo hacía la polémica Cannibal Holocaust en 1979… pero a través de pinturas, ilustraciones, escenarios, ritos y costumbres tan surrealistas como pesadillescos, que parecerán más sacados del cine de Alejandro Jodorowsky que del mismísimo Ruggero Deodato.

Pero no te preocupes. Habrá un punto en el que horror incluso se volverá tan placentero, tan hipnótico y fascinante, que querrás seguir viendo pese a tanta ambigüedad. Descifrar los misterios de esta película, que apenas y se asoman en su narrativa, pero que sabes bien que están ahí, porque siguen apareciendo. Como los diversos usuarios de Reddit que no dejan de encontrar rostros subliminales por toda la película.

Midsommar podrá ser lo más pretenciosa que quieras o lo más perturbadora que desees. Una película de terror o una cinta experimental de Cine de autor, quizás ambas, eso ni siquiera es importante. Pero algo sí que es seguro… jamás pasará desapercibida porque logra con creces su cometido: no dejar indiferente al espectador; quedarse con él hasta la muerte. Se seguirá hablando de ella por mucho tiempo, sea por el motivo que sea, como un referente ya del séptimo arte. Como una encantadora cinta de naturaleza inclasificable.

Sinopsis:

“Una pareja de estadounidenses acude con unos amigos a Midsommar, un festival de verano que se celebra cada 90 años en una aldea remota de Suecia. Sin embargo, lo que parecía ser unas vacaciones de ensueño se tuerce un poco cuando los aldeanos les invitan a participar en sus perturbadoras actividades festivas.”

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Héctor Jesús Cristino Lucas
Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com