Hacia una nueva visión intercultural que revierta la violencia

Hacia una nueva visión intercultural que revierta la violencia

Martín López Calva
Imagen de lil_foot_ en Pixabay

“En este mundo más amplio vivimos nuestra vida. A él nos referimos cuando hablamos del mundo real. Pero es un mundo inseguro. Porque ese mundo está mediado por la significación y la significación puede desviarse, ya que en ella hay mito lo mismo que ciencia, ficción lo mismo que hechos, fraude lo mismo que honestidad, error lo mismo que verdad”.

Lonergan, 1988, p. 80.

El pasado viernes junto con un grupo de académicos de la UPAEP tuve la oportunidad de participar como ponente en la Jornada sobre Violencia y diversidad cultural que organizó el Grupo de Investigación Complutense “Psicosociobiología de la Violencia: educación y prevención” en conjunto con un grupo de académicos de la Universidad de Nebrija.

La jornada tuvo lugar en las instalaciones de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid y fue un espacio de diálogo y reflexión de mucha riqueza en la que todos los participantes y un buen grupo de estudiantes y profesores de la facultad exploramos elementos teóricos  y prácticos para enfrentar el tema de la violencia en los contextos educativos y construir una nueva visión intercultural en las instituciones formadoras de niños y jóvenes.

El título de mi ponencia fue Los vehículos de significación como claves metodológicas para una educación intercultural contra la violencia y quiero dedicar la Educación Personalizante de esta semana a compartir con los lectores de esta columna una síntesis del trabajo presentado en la jornada.

Mi ponencia parte de la visión de la violencia como fenómeno complejo, representada analíticamente por Galtung en su muy conocido esquema del triángulo que lleva su nombre. En este esquema, el autor plantea que existe una violencia directa que ejercen personas concretas en contra de otras personas concretas; una violencia estructural que se encuentra inserta en las dinámicas sistémicas de una organización o sociedad incentivando y regenerando los hechos de violencia directa y, finalmente, una violencia cultural que se ha introyectado en la conciencia colectiva de una sociedad y hace que se normalicen y legitimen tanto la violencia directa como la estructural.

Esta estructura puede hacerse coincidir con la que Lonergan plantea para analizar el bien humano como objeto en construcción en la que habla de bienes particulares que se oponen a males particulares; un bien de orden que está en tensión dialéctica con el mal estructural y un bien de valor que se contrapone al mal como aberración o distorsión de la cultura.

Si tomamos ambos esquemas en su tercer nivel: la violencia cultural que plantea Galtung y el mal como aberración cultural que plantea Lonergan, podemos analizar el fenómeno de la violencia en el nivel más profundo y más difícil de revertir que es el de los significados y valores que definen las formas concretas en que viven las personas y los grupos, que es la forma en que el filósofo canadiense define a la cultura.

Desde esta definición y en ambos esquemas podemos ver que la cultura es un elemento dinámico y cambiante, no una especie de destino predeterminado que se encuentra en los genes de determinados grupos o sociedades. Es posible por tanto pensar en las formas en que se va conformando una cultura de la violencia –o la violencia cultural como la entiende Galtung- a partir de procesos de interacción humana que van distorsionando la forma de interpretar y valorar las situaciones existenciales hasta llegar a que todos consideren como bueno o positivo lo que es realmente deshumanizante o negativo.

Entendiendo así la dimensión cultural del fenómeno de la violencia, resulta muy claro que una buena parte de la violencia, en el ámbito de la diversidad cultural, se genera en la incomprensión e intolerancia entre distintos mundos de significados y valores que condicionan formas diferentes de vivir la vida.

De modo que el trabajo educativo en contra de la violencia, en un mundo plural caracterizado por la diversidad de culturas, tendría que enfocarse en la creación de una visión intercultural en la que se construyan dinámicas de diálogo, comprensión y respeto entre las distintas culturas.

Para construir esta visión intercultural, resulta fundamental estudiar, comprender y modificar los medios a través de los cuales se comunican los significados y valores que conforman una cultura, para que a partir de una reconstrucción de estas formas de interpretar y valorar la vida pueda trabajarse en la reforma de las estructuras violentas y de las formas particulares o directas de la violencia que se ejerce entre los seres humanos.

En la visión de Lonergan estos medios se llaman vehiculos de significación y son: la intersubjetividad, el arte, el lenguaje, los símbolos y las personas.

Si consideramos estos cinco vehículos fundamentales de comunicación de significados y valores como claves metodológicas para el trabajo en una educación intercultural que procure la paz y la convivencia armónica combatiendo la violencia, es posible emprender con un enfoque más preciso el trabajo formativo en este tema fundamental en nuestros tiempos.

En la ponencia se concluye que: “…En el trabajo educativo desde la dimensión comunicativa del significado se proponen como claves metodológicas los vehículos de significación estudiados por Lonergan que son; la intersubjetividad humana –entendida como clima o atmósfera educativa-, el arte, los símbolos, el lenguaje y el significado personificado” pues sólo a partir de la construcción de climas intersubjetivos basados en el respeto a la diversidad a partir de la defensa de la dignidad de todas las personas independientemente de su cultura: del uso del arte como promotor de significados y valores propios de una cultura de paz; de la revisión y construcción de un lenguaje incluyente, respetuoso y abierto a la diversidad; de la creación o reinterpretación de símbolos que muevan los sentimientos de aceptación e inclusión de los educandos y finalmente, de la promoción del testimonio por el cual cada educador se vuelva significado personificado para los estudiantes se podrá revertir el grave problema de la violencia y construir una realidad educativa distinta que contribuya a salvar a la humanidad a través de su realización en la historia.

–Además repruebo totalmente la absurda decisión del Secretario de Cultura del Estado de Puebla para desmantelar el Museo Internacional del Barroco.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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