Formación ética: persona y circunstancia

Formación ética: persona y circunstancia

Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay
Martín López Calva

“MARTES. En la mesa de al lado, mientras espero mi gin-tonic de media tarde sin angustia, aunque con impaciencia, dos tipos mayores, muy aseados, mantienen el siguiente diálogo:

-Menos mal que no fui obispo –dice uno- , porque habría sido pederasta sí o sí.

-Es lo que digo yo – asiente el otro- , que menos mal que no fui banquero, porque habria sido atracador de todas todas.

-Es lo bueno que tiene reconocer los límites personales- concluye el anterior…”

Juan José Millás. La vida a ratos, p. 26.

 

En la estación del tren me he topado con este nuevo libro de Millás, a quien admiro desde su obra maestra El orden alfabético, que leí hace ya como veinte años. Como ha ocurrido con cada una de las obras de este autor –salvo Tonto, muerto, bastardo de invisible, que ignoro por qué se me cayó de las manos en las primeras páginas– esta novela en forma de diario me atrapó desde el inicio.

En una de las primeras semanas que relata, aparece este diálogo que por mi deformación temática me lleva a pensar en la formación valoral o la educación ética de las nuevas generaciones. Como se diría coloquialmente, «me mueve el tapete» este diálogo en el que los dos personajes imaginan escenarios en los que hubieran, inevitablemente, tenido comportamientos negativos o contrarios a los principios de una buena vida humana.

¿Es que existen contextos en los que uno inevitablemente hubiera sido una mala persona? ¿Hay mundos de actividades o ámbitos existenciales en los que, como un destino predeterminado e inescapable caeríamos en conductas deshumanizantes?

Por supuesto, se me ocurren escenarios más extremos en los que parece que esto podría cumplirse, aunque creo yo, no podríamos hablar tajantemente de que estos mundos condenan de modos inevitables a las personas que viven en ellos. Está, por ejemplo, el caso de que un niño nazca y crezca en una familia dentro del crimen organizado: una familia de narcotraficantes o de secuestradores o asaltantes. Estos contextos, sin duda, generarán cierta predisposición a dedicarse a las mismas actividades o a normalizar las conductas personal y socialmente destructivas debido a una distorsión del proceso de valoración del niño o adolescente que, tanto cognitiva como afectivamente, pierde la capacidad de condenar las acciones deshumanizantes y de ponderar las que son constructoras de un mejor mundo para sí mismo, para su entorno inmediato y de la humanidad toda.

Del mismo modo, un niño que nace y crece en una familia que se gana la vida honradamente y brinda sistemáticamente ejemplos de conductas humanamente edificantes, y socialmente comprometidas, tendrá mucho más probabilidades de convertirse en una persona de bien y en un ciudadano responsable.

En el ámbito escolar sucede lo mismo: una escuela que está organizada de manera que promueve explícita y sistemáticamente formas de relación y de convivencia humana basadas en el respeto, el diálogo y la resolución pacífica de conflictos será un caldo de cultivo donde, seguramente, florecerán mejores personas y ciudadanos, a comparación de una institución educativa marcada por formas violentas, arbitrarias e intolerantes de comunicación e interacción.

Lo anterior no es, sin embargo, cien por ciento determinante porque si lo fuera estaríamos frente a la negación de la libertad humana, que tiene un margen de maniobra hacia lo positivo en las circunstancias más adversas y cierta posibilidad de desviación hacia lo destructivo aún en condiciones que parecieran ideales para el desarrollo de proyectos de vida moralmente imitables.

Como una evidencia tenemos el caso de Juan Pablo Escobar, hijo del tristemente célebre capo del narcotráfico colombiano, quien a pesar de haber crecido viendo las atrocidades que ordenaba su padre –o tal vez por eso mismo– se convirtió en arquitecto y diseñador, y además en un pacifista que buscó a las familias de las víctimas de Pablo Escobar Gaviria para pedirles perdón por lo que padecieron. Del mismo modo podemos ver a hijos de personajes notables por su honradez y promoción de valores humanos que terminan convertidos en defraudadores o criminales.

No obstante, es indudable que existe esta relación entre la persona y el entorno, y que una buena parte de la educación en valores o de la formación ética y ciudadana consiste en desarrollar la capacidad de, como dice uno de los personajes de este diálogo de la novela, “reconocer los límites personales”.

Este reconocimiento de los propios límites lleva a descubrir las debilidades y carencias que podrían hacer actuar a la persona de manera destructiva o deshumanizante en determinados contextos, así como hacerla rechazar entrar en ellos. Del mismo modo, la formación valoral adecuada puede hacer que se conozcan las propias cualidades y alcances, y se desarrolle también la capacidad de descubrir cuáles son los contextos y escenarios en los que cada uno podría aportar mejores elementos para la transformación positiva de su comunidad y de la sociedad en general.

Rechazar los escenarios en los que uno podría caer en conductas negativas y ser cómplices del mal estructural de la sociedad, así como saber elegir los escenarios que aportarían las mejores oportunidades para que la propia personalidad y las cualidades particulares aporten elementos concretos para la construcción del bien común, es un ángulo fundamental de la educación en valores.

La relación entre persona y entorno es, además, recursiva y retroactiva, de manera que tanto el contexto contribuye a la construcción de una personalidad moralmente constructiva o destructiva, como la persona éticamente formada contribuye también a la construcción de entornos más propicios para la humanización de quienes se insertan en ellos.

De forma que en la educación valoral está definitivamente presente la conocida máxima del filósofo español José Ortega y Gasset publicado en su obra Meditaciones del Quijote (1914) que dice:“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Así, quienes nos dedicamos a la educación y entendemos que es una tarea en la que la dimensión ética es uno de los pilares centrales, tendríamos que asumirnos como formadores de personas libres y responsables de su propia vida y de sus circunstancias, e igualmente constructores de entornos humanizantes, que se conviertan en caldo de cultivo para la emergencia de este tipo de personas y ciudadanos.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

1 COMMENT

  1. Mucha razón tiene Doctor, los contextos en los que se desenvuelve nuestra sociedad son complejos y llenos de un entramado de intereses de todo tipo menos humanizantes, son carentes de valores y de conciencia. Es una tarea difícil… si lo es pero los trabajadores de la educación tenemos 190 días para transformar y trascender en cada una de esas personitas que llamamos alumnos.

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