Educación y pensamiento crísico

Educación y pensamiento crísico

Foto tomada de PxHere
Martín López Calva

“Y esta es la razón de que, a no ser que se trate de un cataclismo aniquilador, jamás se puede predecir el efecto positivo o negativo de los desórdenes y turbulencias y crisis sociales sobre la esfera del conocimiento. Un periodo de orden, paz y estabilidad puede ser un periodo de estancamiento y superficialidad intelectual o puede permitir por el contrario una edad de oro cultural; un periodo atormentado de conflictos y violencias puede ser destructor o por el contrario alimentar una gran vitalidad cultural y suscitar choques cognitivos fecundos”.

Edgar Morin. El Método IV. Las ideas, p. 46.

Vivimos en un país sumergido en desórdenes y turbulencias sociales de muchos tipos: flujos migratorios masivos ahora reprimidos por órdenes del presidente de Estados Unidos, violencia hacia las mujeres, feminicidios que aumentan día a día, discriminación e intolerancia, crimen organizado, narcotráfico y huachicoleo, matanzas en lugares públicos, secuestros y levantamientos, desapariciones de personas, etc. Quienes nacimos en la segunda mitad del siglo pasado no recordamos prácticamente ninguna etapa del país en la que no se haya hablado de crisis. Nuestra existencia ha estado marcada por una profunda crisis social.

Como afirma la cita de Morin, es imposible predecir los efectos que estas turbulencias y desórdenes –impactos de estas crisis– van a tener en el conocimiento y, añadiría yo, en la vida de nuestro país.

Porque las crisis no son necesariamente productoras de estancamiento o sequía intelectual. Como dice el pensador planetario, una época de estabilidad, tranquilidad y orden puede ser el escenario de una parálisis y de superficialidad en el ámbito de las ideas, o bien puede servir como caldo de cultivo para estimular una gran riqueza en la generacón de ideas. Y, asimismo, una etapa de conflictos y violencias bien puede ser destructiva para la vida intelectual o, al contrario, alimentar la vitalidad cultural y el debate fructífero de puntos de vista diversos.

¿Qué le depara a México en esta etapa de profundas crisis y violencia en términos del desarrollo del conocimiento y la vida cultural? ¿Será la violencia una causa de destrucción de la vida intelectual y del desarrollo cultural, o podrá generar una dinámica de nueva vitalidad cultural y de “choques cognitivos fecundos”? ¿Qué papel puede jugar la educación para que la crisis pueda ser fecunda y productiva en términos intelectuales y culturales?

“No sólo es fecundo el pensamiento crítico, sino también el pensamiento crísico, nacido en la crisis y sumergido en la crisis”.

Edgar Morin. El Método IV. Las ideas, p. 49.

En tiempos de crisis reina la confusión y, por ello, es más necesario aún el desarrollo del pensamiento crítico: el pensamiento que cuestiona la veracidad de la información y de las diversas ideas e interpretaciones que se difunden por todos los medios. Hoy, más que nunca, resulta indispensable –lo he escrito en esta columna en otras ocasiones– la formación de pensamiento crítico a través de la educación.

Pero así como es fecundo el pensamiento crítico, dice Morin, también lo es el pensamiento crísico, el pensamiento que nace en la crisis y está sumergido en la crisis. La cita no ahonda en las caraterísticas de este tipo de pensamiento, por lo que resulta importante preguntarse: ¿Qué es el pensamiento crísico? ¿Cuáles serían sus características? ¿Por qué es importante desarrollar este tipo de pensamiento?

Me tomo la licencia de aportar aquí lo que considero que es un pensamiento crísico y cuáles creo que son sus características.

El pensamiento crísico, además de ser como define Morin, al mismo tiempo es capaz de tomar distancia de la crisis y no dejarse envolver por sus dinámicas de confusión y dispersión. Se trata de un pensamiento que es producto de la crisis pero que se compromete a afrontarla y tratar de entenderla para ir encontrando pistas de solución que lleven a la sociedad a superarla.

Se trata así de un pensamiento crítico porque no se conforma con las múltiples versiones superficiales que tratan de contestar de manera simplificadora y maniqueísta las preguntas sobre la crisis, o que crean respuestas falsas y voluntaristas que, más que solución, son evasión de la dinámica de crisis y llevan a la resignación y a la normalización.

Igualmente, es un pensamiento creativo o innovador porque busca romper las formas tradicionales de abordar los problemas para generar nuevas opciones, puntos de vista, perspectivas e hipótesis para su solución. Se trata de un pensamiento disruptivo que, ante el predominio de las posturas de adaptación y aceptación acrítica de la crisis, se rebela y se niega a aceptar que las cosas no tengan remedio o que no haya otras formas de entender y enfrentar los desafíos del contexto.

Etimológicamente “crisis” es “decisión”. Por tanto, una etapa de crisis es una etapa que está pidiendo tomar decisiones. “Crisis” es también “cambio o punto de inflexión”, por ello se trata de un movimiento que genera un cambio de sentido.

Es, pues, un pensamiento ético, comprometido con la toma de decisiones que ayuden a transformar las realidades injustas, violentas, desiguales, excluyentes y deshumanizantes, en nuevas estructuras y dinámicas equitativas, pacíficas, generadoras de igualdad, inclusivas y humanizantes.

De esta manera, una dimensión fundamental para el cambio de significados y valores que requiere el enfrentamiento de la crisis es la cultura. El pensamiento crísico debe entonces enfocarse a la regeneración de los lenguajes, del arte, de los símbolos, de los climas de convivencia y de las personas que comunican estos significados y valores.

En una etapa como la que vive hoy el país y que parece no poderse resolver a pesar de los cambios políticos que prometen transformaciones de fondo, la educación debe comprometerse con la formación de pensamiento crísico en las nuevas generaciones. Así, se sembrarían las posibilidades de cambio real para que esta crisis profunda no sea una etapa de parálisis y superficialidad respecto a lo intelectual y lo cultural, tal como parecen mostrarnos a diario los pseudodebates estériles que se generan en las redes sociales.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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