Desplazados de Guerrero por el crimen organizado: la eterna espera en Tijuana

Desplazados de Guerrero por el crimen organizado: la eterna espera en Tijuana

La velocidad con que crece la lista de desplazados por la violencia en Guerrero, Michoacán y Sinaloa contrasta con la lentitud en Tijuana de los procesos para solicitar asilo a Estados Unidos

Kau Sirenio Pioquinto | Pie de Página
Foto: Kau Sirenio Pioquinto

TIJUANA, BAJA CALIFORNIA.- Cuando Karen (es un nombre ficticio) llega a la aduana de El Chaparral hace frío; ella solo se cubre con una sudadera. La inclemencia del clima en la zona fronteriza no le impide permanecer allí para revisar la lista de espera de los miles de guerrerenses, michoacanos y sinaloenses que llegaron a Tijuana con el propósito de entrar asilados a Estados Unidos.

La lista de desplazados por la violencia en estos tres estados aumenta día con día. Eso contrasta con la lentitud del corrimiento de las fichas, que avanza muy poco o casi nada.

–Mi número de ficha es el 3 mil 416, pero el número de la lista es 2 mil 763–, precisa Karen.

Los tres destinos de un refugiado

La historia de los migrantes desplazados que esperan su turno en El Chaparral está cargada de nostalgia y dolor. Muchos tuvieron que salir con lo que llevan puesto y apenas unos documentos oficiales. Otros ni siquiera eso llevan, aunque en la Corte de Migración tendrán que presentar pruebas para acreditar que son desplazados por violencia.

Esto ha hecho que los 17 albergues en Tijuana estén saturados desde que esta ciudad fronteriza se convirtió en punto de llegada para los migrantes en tránsito, desplazados por violencia, retornados y deportados de Estados Unidos. La mayoría espera su diligencia en la Corte de Migración. Mientras, los deportados buscan juntar dinero para regresar a sus lugares de origen.

Los desplazados por violencia en Guerrero que no pudieron acreditar por qué piden asilo político deben quedarse en Tijuana a trabajar y sobrevivir en las colonias populares.

Ni las tortillerías se salvaron

María (por seguridad se le cambió el nombre): Teníamos cuatro tortillerías en la parte alta de la colonia El Progreso, Acapulco. Negocio que nos permitía emplear a 36 estudiantes. Todo iba bien, hasta que se desató la violencia en enero de 2006, cuando la policía se enfrentó con civiles armados en Acapulco.

El negocio de las tortillas era rentable, nos iba bien, porque los muchachos que trabajaban no tenían vicios; eso ayudó para que hubiera una relación de comunidad.

Todo marchaba bien, hasta que un día llegó un niño de 13 años. Venía bien vestido, nunca pensamos que fuera un chico malo. Nos trajo el recado: “Vengo de parte del patrón para avisarle que tienen 72 horas para pagar cuotas para la seguridad de su negocio y de su familia”.

Así fue como empezamos a pagar 5 mil pesos, cada primer día del mes. Siempre pasaba el niño con el mensaje del patrón. Estuvimos pagando cinco mil pesos durante dos años. En este periodo no nos molestaron. Veíamos gente armada, y cuando había enfrentamiento cerrábamos la tortillería a mediodía o en la tarde.

Recuerdo que un 12 de junio hubo un enfrentamiento muy fuerte en la colonia… En esa balacera murieron siete civiles armados. A partir de ese día ya no fue normal, a todos los negocios les incrementaron la cuota de 5 mil a 15 mil pesos, y no nos daban prórroga para juntar el dinero para pagar.

El jefe se fue de ahí, no lo mataron pero se fue de la colonia. Y llegó otro.

Empezaron a cobrar cuotas con mucha violencia, cuando llegaban a pedir dinero, si los dueños de los negocios no tenían para pagar, los ‘levantaban’ y los mataban. No había calma, vivíamos en zozobra.

Con la llegada de este grupo, los comerciantes empezaron a salir de la colonia… sólo nos daban cinco minutos para salir de la casa, con lo que teníamos puestos. Ahora en esta colonia ya no hay negocio, los colonos tienen que ir a comprar hasta en el mercado central de Acapulco.

Cierto día llegó un grupo de siete personas a la tortillería. Abrieron la puerta con armas cortando cartuchos. Entraron cuatro y tres se quedaron vigilando. Adentro estábamos mi hijo, un trabajador y yo. Me llevaron a la bodega, me golpearon; me hincaron, me pusieron un arma en la cabeza. Mi hijo y el trabajador vieron todo. Los civiles armados no se cubrieron la cara. Después de golpearme, se llevaron a mi hijo y me dijeron que lo iban a regresar en un costal de maíz en pedacitos. Me pidieron 300 mil pesos para regresarlo con vida… antes de irse se llevaron lo que había en la caja y en el carro.

Tengo mucho miedo, porque esa gente vive ahí. No me quedó de otra que entregarle un coche como garantía y treinta mil pesos en efectivo, dinero que tenía para pagar la renta y el gas. Cuando ellos se fueron, muy contentos, por cierto. Nosotros salimos como pudimos de la colonia.

Ese día que llegaron era muy temprano, apenas habíamos puesto a hervir el maíz para hacer masa, mientras que en la máquina empezaba a sacar las primeras tortillas, tuvimos que dejarlo, así como estaban en marcha. Sacamos lo que pudimos y nos fuimos a la casa de un familiar para organizar las ideas y (pensar) a dónde viajar.

Mis hijos investigaron en qué ciudad había posibilidad de conseguir trabajo. Optamos por Tijuana, porque pensamos que podíamos conseguir asilo político en Estados Unidos. Lo intentamos, pero no pudimos reunir las pruebas que nos pidieron; porque salimos sin nada, solo traíamos los documentos y una mochila con ropa. Perdimos todo.

Llegamos a un hotel; ahí estuvimos una semana, hasta que mis hijos empezaron a trabajar en la fábrica. Después consiguieron una casa donde vivir. Aquí estamos, recuperándonos poco a poco.

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