MEMORIA SÍSMICA

#MemoriaSísmica #S19

Alonso Pérez Fragua
@fraguando

[CaiFaNeS.NaDa.1988.mp3]

Siento frío / Ya no escucho el corazón / En silencio /
Así todo se quedó

[VAL_019.mp3]

El regreso a casa fue tenso, ¡no sabes! Revelador, además, porque nunca me había descubierto con tanto miedo y con tantas emociones. Iba en el carro tratando de avanzar a casa. En la radio solo podías escuchar una estación que, por suerte, o más bien, por mala suerte, era la del noticiero de Javier López Díaz. Ya sabes entonces, sus crónicas amarillistas, contándote aquí hubo tantos muertos, acá se derrumbó esto, dos muertos en tal escuela y allá ¡¡otro muerto más!! Hasta que en el carro de al lado escucho que el chavo sintoniza otra estación. Le pregunto y me dice, es tal en AM. Le cambié y seguí mi camino, buscando nuevas rutas que estuvieran despejadas para llegar finalmente a mi casa y abrazar a mis hijos, que ya estaban con mi mamá.

Poco a poco fui descubriendo cómo estaba mi gente: mi esposo Adrián, mi hermano, mis amigos. Y luego por la noche, en las noticias, vi la tragedia y el colapso en la Ciudad de México, acá en Puebla y en las comunidades del estado, y mi mente empezó a divagar sobre la fragilidad de la vida, y esas cosas… en fin, que me costó mucho trabajo conciliar de nuevo la tranquilidad.

Y por eso te agradezco mucho, porque el compartirte la experiencia a través de estos audios me ha servido de catarsis. Me sirvió para darme cuenta de cuánto olvidas o tratas de olvidar, pero es importante, creo, que esta memoria del cuerpo y estos recuerdos colectivos sigan vivos. Recordar, supongo, para sacar algo positivo de todo. Si no, ¿para qué?

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No recuerdo si te conté en otro audio, pero cuando estábamos desalojando a lxs alumnos de la Prepa Lázaro Cárdenas y los llevábamos a la zona de seguridad del Teatro Principal, en algún momento di un giro y quedé de frente a la puerta. Entonces vi a todas estas personas tiradas, sin moverse. No sé a ciencia cierta si estaban muertas, pero es probable. Es una imagen que sigo viendo a veces, junto con la sensación de sentirme nada ante algo tan poderoso como la fuerza de la naturaleza: vida y destrucción en una sola entidad.

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Te empiezo a contar, ¿va? La verdad es que caíste en blandito, porque tengo muy buena memoria [risas]. Me acuerdo de muchos de los temblores que he vivido, de los más fuertes, al menos. Cuando pasó el del 85 tenía 4 años, pero tengo flashazos, imágenes de cosas, de momentos. Yo vivía en un edificio de tres pisos, en la Colonia Santa María, acá en Puebla. No recuerdo el movimiento, pero sí a mi hermano muy pequeño – tendría unos dos años – y decía mira, mira el foco, cómo se mueve. Mía foco¸ decía, para ser más exacta.

En ese edificio me tocaron muchos temblores. Y la sensación era horrible, de terror, y eso me enseñó desde niña a ser consciente de mi pequeñez frente al mundo.

Me acuerdo que luego del terremoto del 85 nos fuimos unos días con mi abuela, que vivía enfrente de nuestro edificio, en una casa súper vieja que aún sigue en pie, aunque con este último temblor sí sufrió daños más severos. Pero en el 85 vivimos ahí unos días y las réplicas nos tocaron en ese lugar.

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Otra cosa que me acuerdo del 85 es de mi madre y cómo lo vivió. Ella es del norte y toda su familia es de allá, así que digamos que ese primer gran sobresalto lo vivió sola. El primer temblor de su vida lo sintió en Puebla, como al año de llegar a vivir aquí. Aquella vez estaba embarazada de mí y el movimiento la despertó… Pero regreso al 85.

Me acuerdo entonces de ella, en el marco de la puerta antes de bajar corriendo las escaleras. Ahí estaba, protegiéndonos con el mundo que se venía abajo y ella rodeada de soledad: así son mis recuerdos de ella en ese momento.

Mi papá yo creo que también tuvo miedo, pero lo mostraba menos, aunque creo que la prueba de su preocupación por nosotras fue el que nos mandara a casa de su mamá.

Y ahora que te lo cuento, me imagino esa sensación de temor que la llenó ese primer temblor, conmigo en su vientre. Quienes nacimos y crecimos en zona sísmica no sabemos en verdad cuándo sentimos nuestro primer temblor, pero ella sí tuvo la “oportunidad”, vamos a decir, de recordar exactamente dónde y cuándo lo experimentó por primera vez. Pero bueno, hasta acá mi paréntesis. Corto acá y te sigo contando luego.

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¿Te acuerdas de ese eslogan de Aprendamos a vivir con el volcán? Es algo que marca una diferencia para nuestra generación, me parece. Eso de vivir cerca del Popo, creo yo, como que nos hizo más conscientes de muchas cosas. Te digo esto además porque cuando tembló ese 15 de junio de 1999, lo primero que hice fue voltear al cielo buscando las señales de una erupción.

Yo estaba en el último año prepa, que cursé en la Preparatoria Emiliano Zapata de la BUAP, en un edificio precioso del siglo XVII que se llamaba antes La Casa de las Diligencias, que está en pleno Centro: 4 Norte y 2 Oriente. Era martes si no me falla la memoria, y era mi última semana de clases antes de entrar a la universidad. Unas horas antes había ido al lado, al edificio Carolino, para revisar uno de los trámites para entrar a la BUAP. De hecho, ya no había clases como tal, pero mi grupo de amigos, que era bastante grande, siempre nos la pasábamos ahí en la Zapata, tumbados literalmente en el patio, tocando la guitarra, cantando; ya sabes, en “bola”. Uno de esos amigos vivía en Centro y nos había invitado a pasar la tarde en su departamento porque tenía que cuidar a sus hermanitas. Vivía en la 4 Poniente. La idea era ver películas y cuidar a las niñas con él. Entonces dijimos, va. Íbamos todos en bola hacia allá cuando justo a la altura del Mercado de la Victoria, en la esquina de la 3 Norte y la 2, donde está Almacenes Rodríguez, ahí fue donde me movieron el suelo.

Nos quedamos inmóviles… bueno, inmóviles nosotros, porque todo lo demás se  movía a nuestro alrededor. Lo primero que sentí fue el movimiento oscilatorio – eso nunca se me va a olvidar – y luego el tirón del movimiento trepidatorio. Creo que yo nunca había sentido uno trepidatorio y me asusté muchísimo, porque además reparé en un detalle: que todos los coches se habían detenido. Ahí sí fue que pensé, esto está fuertísimo, porque sabes que cuando vas en el auto muchas veces ni lo sientes, pero aquí era tal la fuerza que hasta los coches lo sintieron.

Lo siguiente que nos impactó fue, al terminar, cómo la gente empezó a salir de las bocacalles gritando ¡la iglesia, la iglesia, se cayó la iglesia! Obviamente ya no llegamos a la casa de mi amigo porque empezamos a darnos cuenta de los daños. En donde estábamos, afortunadamente, no se cayeron techos ni cornisas, pero mucha gente hablaba de un centro destruido.

Nos encaminamos de regreso a la Zapata y mientras caminábamos Pepe, uno de mis amigos, nos prestó su celular, que era el único que había en el grupo, pero no sirvió de nada porque las líneas estaban caídas, lo mismo que las de los teléfonos públicos de tarjeta que existían en esa época todavía, ¿te acuerdas? Cuando llegamos a la prepa vimos que estaba súper dañada y el Carolino abierto, pero me acuerdo que nos corrieron del Centro porque había fugas de gas. Me acuerdo también de los ventanales de lo que en ese entonces era el Vips de la 2 Norte y 2 Oriente en el piso, trozados. Me acuerdo de mis pies caminando sobre esos y otros vidrios, tratando de ser veloces a pesar del miedo que teníamos, porque en esa parte vimos muchas cornisas caídas. Y entre todo ese caos, muchos adultos diciéndonos chamacos, váyanse a sus casas, ¿qué no huelen el gas?

Rumbo al Boulevard 5 de mayo para tomar el camión a mi casa, vi otras cosas también, y a mucha gente diciendo, no manches, los edificios de los Sapos que estaban sobre la 3, se cayeron y hay gente muerta. Y todos con la angustia de que ya venía la réplica.

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Hay una cosa muy chistosa que te quiero platicar. Una coincidencia un tanto romántica. Adrián, mi esposo, vivía en un edificio ahí justo en esa calle, donde te digo que me agarró el temblor en 99. Es un edificio donde todavía hay una tienda Corte fiel. Entonces ese día Adrián estaba ahí y sacó a sus hermanos cargando del departamento y entonces, aunque en ese momento no nos conocíamos, digamos que pasamos el temblor juntos; en el caos de la misma calle al menos.

Años después, ya de novios, empezamos a platicar de ese temblor e hilamos que habíamos compartido el mismo espacio. Te digo, algo curioso y romántico, pero además esa anécdota me sirve para conectar mi historia de 1999 y 2017. Vas a ver cómo.

Ya te había contado mi día, ¿no? De un lado a otro, desde temprano que empecé a dar clases en la Universidad del Valle de Puebla y luego reuniones por aquí y por allá, de una preparatoria de la BUAP a la otra. Y para rematar ir por mis hijos a la escuela: ya ves, esta idea de que a las mujeres nos da tiempo de todo. El caso es que salí con mi carro de la Preparatoria Benito Juárez, en la colonia San Manuel, rumbo al Centro, para una reunión en la Preparatoria Lázaro Cárdenas, que está al lado de la Casa de Alfeñique, uno de los edificios que quedó más dañado. Por alguna razón tomé la 11 Sur y bajé por la 4 Oriente / Poniente y pasé por donde me había tocado el terremoto del 99. Y en ese momento me acordé de cómo Adrián y yo nos conocimos ese día sin conocernos. Recuerdo súper bien que lo pensé: son de esas cosas que después de que todo pasa, tienes bien presente en la memoria. Es más, recuerdo perfectamente que me tocó la luz roja en el semáforo de la 4 y la 3 Sur y cómo estaba creando un recuerdo más. Quizá mi memoria se activó más fácilmente porque venía escuchando un CD de Sabina que le “quemé” a Adrián y, no sé… Pero yo venía disfrutando a Sabina, que hacía mucho tiempo que no lo oía, así que venía de muy buen humor.

[VAL_017.mp3]

Llegué a mi reunión en la prepa Lázaro. Todo bien: firma de actas, minutas, ya sabes. Eran ya más de la 1 de la tarde y en eso se escuchó un crujido súper fuerte de la tierra… He tratado de encontrar la mejor descripción del sonido y creo que lo que más se acerca a lo que escuché es el ruido que producen decenas de caballos pasando por encima de nuestras cabezas. Como resorte, mi amiga Olga y yo nos levantamos y todos al unísono dijimos, está temblando, ¡vámonos! Mi primer impulso fue tomar mi bolsa – y qué bueno, porque traía mi teléfono y las llaves del coche – y vino entonces la primera angustia, porque Blanquita, una de las profesoras, estaba paralizada, bloqueando la única puerta. Al mismo tiempo empecé a sentir cómo la cal del techo caí sobre mis brazos y cabeza. Y todo con el crujido terrible reverberando a nuestro alrededor. ¡Muévase, maestra!, le gritamos todos a Blanquita, y una voz dentro de mí que me recordaba, ¡mis-niños-mis-niños-mis-niños!

Un segundo después que volteé a la calle, logré ver cómo de la casa de enfrente salía tierra por las ventanas y los balcones. Y fue un poco como en el 99 con los autos detenidos, ¿no? Esa tierra me hizo ver lo terrible de lo que estábamos viviendo.

Cuando finalmente Blanquita se movió y cruzamos la puerta del salón, llegamos al pasillo pero ya no pudimos movernos. Estábamos ahí, al lado de las escaleras pero sin poder seguir nuestro camino por lo violento de la sacudida, en fila india y pegados a la pared, solo esperando a que todo pasara. Algunos rezaron. Otros invocaban a algo o alguien. Yo recuerdo pensar en mis hijos. Y los murmullos de las voces de mis compañerxs alrededor mío y el rugir y crujir de paredes y techos que nos envolvía. Y una lámpara vieja, sostenida por una cadena, que se balanceaba como un péndulo sobre nuestras cabezas. Si eso se desprende, aquí nos vamos a morir, me acuerdo que pensé.

Dicen que fueron alrededor de… bueno, no sé cuánto duró… ya lo olvidé… el punto es que cuando sentimos que ya podíamos avanzar, aunque seguía temblando, llegamos a la escalera… Mis recuerdos son confusos aquí: solo me veo bajando las escaleras, salir a la calle y abrazar a una amiga. Y fue cuando finalmente lloré. Fue un llanto que jamás había llorado. Fue un llanto de miedo. Fue el temor que se apoderó de mí al pensar en mis hijos a quienes no les podía faltar, porque me necesitan. Y creo que antes de llorar ese miedo, lo que me hizo buscar la salida fue el saber que necesitaba regresar con mis hijos: eso fue lo que me sacó de ahí.

[PMilanes.Despertar.1997.mp3]

Te prometo que al despertar / tu mirada me hará feliz

                                    y agradeceré las cosas / que inventes por mí

Memoria sísmica es un proyecto periodístico de Alonso Pérez Fragua para Lado B. La primera parte, conformada por 13 textos, se publicó entre septiembre y noviembre de 2018. Esta segunda serie estará disponible en septiembre de 2019, a través de este medio y del diario El Popular, en el contexto del segundo aniversario del #19S 2017 y del 20 aniversario del terremoto del 15 de junio de 1999 que sacudió al estado de Puebla.

Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando

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