En el curso 2017-2018 había 890 alumnos inscritos en Puebla en las siete licenciaturas en Artes plásticas o Visuales que se imparten en la ciudad. A los que ya pintan, graban, performean y hacen video, habrá que sumarle nada menos que 890 más. Aunque para la notabilísima actividad artística del Estado quizá sean pocos, ciertamente.

Como cantaba Celia Cruz: no hay cama pa’ tanta gente. ¿Dónde están las galerías, coleccionistas, ferias de arte, museos, revistas, centros y bibliotecas de arte, espacios para residencias, redes autogestionadas, donde trabajarán y circularán su obra? Sabemos que son insuficientes o, de plano, no existen. Entonces, ¿dónde y cómo se van a ganar la vida esos 890 alumnos y los otros tantos en los años por venir?

La pregunta, claro, está mal planteada. Las universidades no pretenden emplear a nadie.  Al TEC o a la UDLAP o a la Bauhaus les trae sin cuidado si encuentras empleo. Además, paradójicamente, suele ser habitual que precisamente los profesores que te enseñan a ser un “profesional del arte” sean maestros porque no la hicieron para sobrevivir ellos en el mercado del arte. ¿Qué enseñan entonces? Aquí lo único importante parece ser que pagues la colegiatura puntualmente. Lo que los artistas y su cédula profesional hagan con su vida, no es su problema. 

No obstante, el tipo de vida de los artistas sí es un interesante problema. A fines de los noventa, Ève Boltanski y Luc Chiapello proponían en El nuevo espíritu del capitalismo un diagnóstico donde las condiciones de trabajo en el capitalismo tardío se habían modelado a imagen y semejanza de las “condiciones laborales” de los artistas. ¿El 68 no exigía la imaginación al poder? Pues toma tu vida bohemia: un trabajo sin horario fijo –flexible–, discontinuo –por proyecto–, mal remunerado –sin retiro, ni vacaciones, ni aguinaldo– pero entusiasta –si no haces lo que amas, eres un fracasado–, y con el que tienes que identificarte totalmente –es tu obra, wey, y uno da la vida por su obra–. Todas las formas de trabajo se parecen cada vez más a las del trabajo artístico.

Aquí es donde cobra sentido ese ejército de reserva de artistas poblanos, esos 890 a la espera de su credencial. Lo que la universidad sí que hace con ellos es amaestrarlos para el mercado laboral actual. El que sea: el del Oxxo o el de Kurimanzutto o el de Uber Eats o el de profesor de hora clase. Serás un subordinado indefinidamente: tutelado y en minoría de edad, un becario nunca remunerado, siempre en prácticas, sin acabar nunca de saber nada definitivamente. Joven, dinámico y… precarizado.

¿No hay más opciones? Lo cierto es que sí puede haberlas. Primero, sin embargo, habría quizás que salir de la ecuación en la que la “educación artística” se da en las instituciones formales sólo bajo la lógica colegiatura/título/haz lo que puedas con tu vida. Hay muchos procesos de aprendizaje y colaboración que no tienen que pasar necesariamente por el mercado de la educación. 

¿Entonces? Salir de ese primer círculo permitiría apreciar que en la “educación artística” hay otras muchas cosas en juego. ¿Qué tipo de vida podemos imaginar y queremos tener, qué otras formas de trabajo y subsistencia podemos activar? Sin caer en idealizaciones, la experimentación, el hacer en común y la configuración de otras subjetividades aún son parte de procesos que eso que llamamos «arte» puede propiciar. Cómo reivindicar desde ahí otras formas de educación y un trabajo cultural digno es algo que tenemos que hacer entre todas y todos. Eso o seguir siendo juguetes rotos en un sistema educativo que tiene mucho -nada más– de sistema.

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Klastos. Investigación y crítica cultural

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