The House That Jack Built. Sobre la casa que Lars construyó

The House That Jack Built. Sobre la casa que Lars construyó

Foto tomada de YouTube
Héctor Jesús Cristino Lucas

Fue con el estreno de su onírica Melancholia –junto a Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg– que el mítico cineasta danés, Lars Von Trier, durante una polémica rueda de prensa en el Festival de Cannes 2011, fue considerado por el certamen cinematográfico como una persona non grata al declarar:

“No se puede decir que haya sido un buen tipo, pero me cae bien. La verdad, entiendo un poco a Hitler. No estoy a favor de la II Guerra Mundial y apoyo a los judíos, aunque no demasiado porque Israel acostumbra a jodernos”.

Y pese a que poco después se disculpó con la excusa de haber sido una simple broma de mal gusto, la prensa no sólo lo condenó, también fue vetado por siete años del Festival sin posibilidad alguna de que volviera a presentar otra película. Y así fue.

No obstante, mucho antes de este suceso, que la mayoría declara ya como un “importante parteaguas” que definió la historia de su carrera, debemos entender que nuestro querido Lars ya era toda una personalidad controvertida dentro del séptimo arte. Es decir, tanto por el contenido de sus películas, como por lo que ocurría fuera ellas.

Por ejemplo, en el Festival de Cannes de 1991, tras haber perdido La Palma de Oro durante el estreno de su largometraje Europa, agradeció de forma irónica la injusticia cometida “al enano Roman Polanski” quien, por supuesto, había hecho de jurado en aquella importante edición. Lo que llevó a ciertos críticos y directores a declarar en su contra hasta crear una suerte de “perfil despectivo” que lo acompaña hasta nuestros días.

El cineasta y guionista español, Jonás Trueba, afirmó en su momento que solo era “un personaje payasesco que siempre buscaba provocar innecesariamente al espectador”. Mientras que el crítico cinematográfico, Alberto Luchini, lo llegó a describir como: “un tipo con un grave problema de megalomanía, porque siempre quería estar en el ojo del huracán”.

Y no olvidemos que tanto la cantante y compositora Björk, como la mismísima Nicole Kidman, tras haber protagonizado Dance in the dark (2000) y Dogville (2003), respectivamente, describieron sus participaciones con el cineasta como una “experiencia realmente traumática”, debido a la tensión psicológica a la que ambas fueron sometidas durante el rodaje.

Por lo que, el tan nombrado incidente de 2011 no fue más que una simple confirmación de lo que algunos ya habían declarado.

Y tras haber culminado el veto, en 2018, Lars volvió sonriente a Cannes para presentar su más reciente película, pero el resultado no podía haber sido otro más que el de siempre: tremendamente devastador.

La prensa, por un lado, no dejaba de anunciar con titulares amarillistas que “más de 100 personas habían abandonado la sala donde estaba proyectándose la cinta”. En tanto los críticos, por otro lado, calificaban el largometraje a través de twitter como: “Asqueroso. Pretencioso. Vomitivo. Una tortura. Patética”.

Esto llevó a muchos líderes defensores a considerarla como “altamente misógina y ofensiva para nuestros tiempos”, sabiendo de antemano que la industria de hoy pretende inyectarnos mensajes sobre cómo ser políticamente correctos hasta para ir al baño.

Nada menos que un producto de naturaleza transgresora, lo admito, que de haberse estrenado en los años sesenta o setentas, podría haber sido considerada por los críticos como una rotunda “Video Nasty”. Un producto tan desagradable que poco, o nada, puede ofrecerle de bueno a la sociedad actual.

La película The House That Jack Built, volvió a encender alarmas en Cannes justo como el director hacía en los viejos tiempos… pero esta vez no fue igual.

Porque por si los diálogos misóginos y las escenas de ultra violencia no fueran suficientes, el director, con ese irónico sentido del humor que le caracteriza, sube la apuesta al afirmar frente a tantos reporteros y periodistas que:

“Habría sido un gran asesino en serie. Pero tenía suficiente control para no ir en esa dirección. Nunca maté a nadie, pero si lo hiciera sería a un periodista”.

Podemos tomarnos estas palabras como una simple broma para levantar aún más escándalo pero, si me permiten, yo lo tomo como algo oficial. Damas y caballeros, The House That Jack Built no es otra cosa más que una declaración sincera de lo que hubiera ocurrido si nuestro querido Lars, en lugar de haber tomado una cámara hubiera preferido haber empuñado un cuchillo.

Es cierto, no estamos frente a la mejor película de toda su carrera, pero vaya que sí frente a la más intimista de todas. Y esto ya es mucho decir si eres de esos fanáticos que lo han ido siguiendo desde tiempos remotos.

Ya sea si eres el cinéfilo veterano que lo conoce desde la Trilogía Europa con sus surrealistas y magníficas cintas de ciencia ficción, como la post-apocalíptica The Element of Crime (1984); la metadiegética Epidemic (1987); o la dramática cinta de infierno postbélico Europa (1991).

O bien, si lo sigues desde la experimental y sublime Trilogía Corazón Dorado que incluye su trágica, pero emocionante, Breaking the Waves(1996); la polémica y subversiva The Idiots (1998); y el espectacular drama musical Dancer in the Dark (1998) con Björk, basados en el movimiento vanguardista Dogma que fundó en 1995 junto a Thomas Vinterberg.

E incluso, mejor aún, desde la polémica y existencialista Trilogía de la Depresión que comprende aquella dantesca y agónica Antichrist (2009); la inquietante y demoledora Melancholia (2011), o la eufórica pero majestuosa Nymphomaniac (2014) en dos volúmenes. El nombre de Lars Von Trier, si ya era considerado como todo un emblema del cine europeo, sólo confirmó con ellas que debía ser tratado como uno de los mejores directores de todos los tiempos.

No hay exageración, ni un mínimo de sobrevaloración con alguna. Pero, ¡ojo! Con The House That Jack Built, tanto acuérdate de todo, comoolvídate de todo.

Recuerda el estilo de Lars, todo lo que sabes de él. La cámara en mano que hace alusión al Dogma 95; composiciones inquietantes y de naturaleza onírica. O esa particular forma de cuestionar la moral y los principios de la sociedad por medio de escenas transgresoras de alto impacto. Y, a la vez, olvídate de que se trata de otra película. Esto no es más que un viaje a su infierno personal, a través de un hipotético protagonista quien, pese a ser encarnado por el grandioso Matt Dillon, sigue siendo Lars en persona.

Foto tomada de YouTube

Si en Antichrist (2009) fuimos testigos del terrible descenso que emprende una pareja corrompida por el placer y la culpa, hacia las fauces de un infierno personal hasta extraviar todo rastro de cordura alguna, en The House That Jack Built volveremos a bajar, pero esta vez al infierno de lo que es ser un verdadero artista. O lo que es mejor aún: a descubrir cómo la línea que divide al artista del asesino en serie es tan delgada como invisible en ocasiones.

La tesis de Lars, sobre lo que ocurre cuando el espíritu del artista se encuentra de pronto en el mismo cuerpo que el del asesino, se transforma –con hilarantes y surrealistas metáforas– en un sombrío pero no por eso menos divertido monólogo interno, que lucha después por volverse el diálogo empático con alguien que oye, acompaña y juzga al puro estilo de Nymphomaniac (2014); donde podemos ser el hipotético “nosotros”, comprendiendo al hipotético “villano” a través de cinco hipotéticos “incidentes” cometidos en doce años.

Incidentes donde las víctimas servirán tanto como poderosas piezas de arte como extravagantes discursos llenos de un humor tan ácido, que es imposible discernir en dónde comienza la comedia y en dónde termina el horror. Incidenteas acerca de cómo un homicidio puede convertirse de pronto en la cámara para un cineasta o en el lienzo para un pintor; y de cómo el verdadero artista debe exigirse día y noche hasta alcanzar la tan ansiada masterpiece.

Y he aquí un punto alucinante. Mientras la prensa claudica por etiquetar a The House That Jack Built como una obra “vomitiva y asquerosa”, su creador lucha por hacerte ver, a través de un exquisito pseudodocumental, que incluso en lo más nauseabundo del ser humano –en aquellos horrores engendrados alrededor de su Historia– existe belleza, proporción y un nuevo nivel de embelesamiento… porque siempre lo hubo.

Resulta gracioso, entonces –de una tremenda ironía que no cabe en el sentido común–, que la película sea juzgada o publicitada solo, y exclusivamente, por lo evidente. Pero Lars se adelanta a los críticos y les dedica un par de asesinatos para terminar reafirmando su punto. Al fin y al cabo, este hombre ya está acostumbrado al infierno mismo.

Porque mientras algunos se ofenden por la evidente violencia o el discurso misógino, el danés satiriza las reglas de lo que debe o no considerarse “arte”. O más allá: de lo que debe o no halagarse o premiarse; de lo que “hace” a un artista y de cómo la autocrítica –no la prensa, no el crítico– puede ser la mejor guía para llevarte a construir tu pieza maestra. Es algo que, por cierto, el personaje de Jack –de Lars– descubrirá «muy tarde» pero, en realidad, justo a tiempo.

Y si hay algo que decir de este último, es que resulta un personaje genuinamente hipnótico. “Un villano” dirán algunos, un “antihéroe” dirán otros, tan trascendental y fascinante a la hora de ser construido, que puede empezar a considerarse ya todo un referente de su clase.

Así como el danés te convence que un asesinato tiene el mismo potencial que una obra de arte, el asesino de esta película se construye con las enormes similitudes que hay con un artista: las manías peculiares; los trastornos obsesivos compulsivos (TOC), el narcisismo a tope, la nula empatía, la egolatría absoluta y la superioridad inquietante. Lars conjuga ambos extremos sin ninguna pisca de piedad; y al lograrlo, simplemente se mofa de él mismo.

No obstante, al contrario de otros personajes, como los lunáticos vestidos de jugadores de golf que Michael Haneke presentó en sus dos versiones de Funny Games (1997/2007), los cuales resultaban perversos y sádicos, pero al mismo tiempo graciosos y hasta simpáticos, en el caso de Jack pasa algo bastante curioso. Es imposible sentir empatía, reírse con los chistes del director, o por lo menos estar de acuerdo con él; aunque no por ello deja de ser hipnótico.

Los asesinos de Haneke podían crear un lazo importante con el espectador para así permitir que pudieran seguirles el juego sin importar sus atrocidades. Pero Lars presenta un asesino que es imposible de seguir justo por sus atrocidades, aunque hay que admitir que, incluso siendo este el caso, debes hacerlo porque es inevitablemente interesante saber lo que dice.

Matt Dillon, junto al magnífico personaje que interpreta Bruno Ganz –tan emblemático como indispensable en esta historia– logran una actuación titánica por sobre el resto. Así, es justo decir que llevan a la película directo al paraíso a pesar de que nos habla del mismísimo infierno.

Y con un dantesco epílogo –literalmente–, caemos en cuenta, por si aún no lo habíamos notado, que no estamos frente a una cinta de asesinos más del montón. Por ende, no debería juzgarse como tal. Esto no es un ninguna Torture Porn ni mucho menos. Es un auténtico viaje de introspección sobre el infierno de su director en cinco incidentes; semi documental y surrealista en mundo similar al nuestro que nos habla de una sola cosa:

Sobre la –verdadera– casa que –todo este tiempo– Lars construyó. Poesía.

Sinopsis:

“Un seguimiento durante doce años a Jack, un asesino en serie que mata mujeres y está obsesionado con la perfección. Su historia transcurre en paralelo a la de Estados Unidos durante las décadas de 1970 y 1980.”

Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com

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