Rebelarse un poco

Rebelarse un poco

Foto: Marlene Martínez

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

Mi gran pregunta hoy es si no será el caso de que las comunidades escolares se rebelen un poco frente a esa idea de mundo y frente a esa idea de niñez, frente a esa idea de líder educativo o voluntario educativo, y de coaching, para crear lo que yo llamo un espacio de libertad como lo buscaron a lo largo de la historia de la Humanidad permanentemente. Dado el agobio de lo real, ¿qué espacio de libertad se puede crear?

Carlos Skliar. La rebeldía de lo lento, lo bello y lo humano. Entrevista.

Estamos a una semana de iniciar un nuevo ciclo escolar. Junto con las reuniones de organización y capacitación previa que forman parte del ritual de irse acostumbrando a la rutina nuevamente, habría que ir pensando con qué intenciones de ánimo vamos a llegar el lunes de la semana próxima a nuestras actividades docentes o de orientación o gestión escolar.

¿Llegaremos con un (des) ánimo mecánico dispuestos a repetir nuevamente las mismas clases, los mismos discursos, las mismas rutinas y el mismo sinsentido o habremos descansado y recuperado fuerzas en este receso de verano para reiniciar con un espíritu renovado y renovador que le dé un nuevo sentido a nuestras tareas cotidianas?

La escuela tiene sin duda una función reproductora del sistema social, una tarea conservadora de la herencia cultural acumulada a lo largo de los siglos, una misión de adaptación de las nuevas generaciones al mundo que les toca vivir para que sean capaces de insertarse en él de una manera funcional.

En ese marco, los profesores somos en parte transmisores de la herencia, conservadores del legado de la humanidad, comunicadores de las exigencias del mundo exterior, puente entre las nuevas generaciones y la tradición.

El mundo al que tenemos que adaptar a los niños y jóvenes es un mundo que como dice Skliar, pedagogo y escritor argentino, tiene apariencias engañosas sobre lo que significa hoy un sujeto exitoso, un ser que aprende, una persona que se hiper adapta a la realidad tal y como se la presentan pero no necesariamente tal como es. Se trata de un mundo que se caracteriza por la prisa, la velocidad frenética, la competencia feroz, la necesidad de producir para consumir, la carrera por la fama, el poder y el tener como sentido de la existencia.

Las escuelas y los educadores tenemos en alguna medida que cumplir esta tarea de brindar herramientas para que las nuevas generaciones puedan insertarse en ese mundo y encuentren opciones de trabajo y de desarrollo en él.

Sin embargo, ante un nuevo inicio de ciclo escolar cabría preguntarnos si no sería posible rebelarnos un poco frente a esa idea de mundo y de niñez y crear como propone el pedagogo argentino, un espacio de libertad en la escuela, un espacio alternativo en el que se pueda soñar con la construcción de otro mundo posible.

Cabría preguntarnos como lo hace Skliar: ¿Cuál es el espacio de libertad que se puede crear en nuestra escuela en este nuevo ciclo que inicia?

Que sean espacios públicos, que la escuela no se parezca a ningún espacio de lo que están disponibles en este momento, sobre todo en esta falsa división entre la intemperie de la calle para los que han nacido con mala suerte, y los centros comerciales o el mundo privado para los que han nacido con buena suerte. Es disponer que las escuelas públicas sean esos espacios de libertad en el sentido de que formen no para el mercado, no para el trabajo con el sentido clásico de la palabra, sino otra vez para la lectura, el silencio, la soledad, el juego, el arte, la comunidad y la conversación.

Carlos Skliar. La rebeldía de lo lento, lo bello y lo humano. Entrevista.

Parte de la respuesta que nos brinda en esta entrevista tiene que ver con la construcción de la escuela como espacio público –independientemente de su forma de gestión, sea pública o privada- que no se parezcan a ningún otro espacio de los que se dispone en la sociedad en este momento, sobre todo en esta falsa división entre los que tienen recursos y los que no los tienen. Se trata de que las escuelas formen no para el mercado –o no exclusiva y prioritariamente para el mercado- ni para el trabajo entendido como empleo sino para la lectura, el silencio, la soledad, el juego, el arte, la comunidad y la conversación.

Convertir la escuela en un espacio de libertad en el que cada quien pueda ser sí mismo y convivir de manera abierta, dialógica y constructiva con los demás. Un espacio en el que la palabra escrita, la belleza creada por los artistas, el disfrute de la dimensión lúdica, la posibilidad de estar solo y tener espacios de introspección al mismo tiempo que se generan conversaciones inteligentes y críticas con todos y se construye comunidad escolar auténtica sean parte natural de la vida diaria entre educadores y educandos.

Se trata finalmente de que la escuela sea un escenario de convivencia pacífica, democrática, respetuosa, incluyente y abierta que capacite para construir ese mismo tipo de relación en la sociedad amplia.

Por lo que escuchamos, por lo que recordamos de nosotros mismos, evidentemente no vamos a la escuela a trabajar, a agotarnos de tareas. Vamos al único momento y casi el último que habrá en la vida de tener tiempo libre. Y tiempo libre quiere decir tiempo liberado de la responsabilidad de la vida adulta, tiempo apartado, tiempo en suspenso, tiempo detenido, tiempo parado, un tiempo inútil.

Carlos Skliar. La rebeldía de lo lento, lo bello y lo humano. Entrevista.

Para ello resulta necesario cambiar la concepción de la escuela impregnada hoy de una visión productivista que la entiende como un lugar al que se va a trabajar, a competir y a generar cosas tangibles y medibles para pensar y construir una escuela basada en la idea de que a la escuela no se va a trabajar y a agotarse haciendo tareas sino a disfrutar y aprovechar constructivamente el tiempo libre.

La idea de la escuela como el único espacio que vive por y para el tiempo libre, entendido como tiempo liberado de la prisa, de los compromisos y de las presiones de la vida adulta, como tiempo apartado y en suspenso, tiempo detenido y más allá, tiempo inútil.

La escuela como el espacio del tiempo inútil que sin embargo tiene la enorme utilidad de generar, a partir de los espacios de libertad, ciudadanos capaces de adaptarse al mundo que les toca vivir pero de forma crítica, creativa, responsable y solidaria con el compromiso claro de adaptar ese mundo para volverlo cada dia un poco más propicio para la humanización de todos.

Ahora que reiniciamos ciclo escolar sería bueno pensar en rebelarnos un poco y creer que se puede.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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