Yareni Monteón López

La inteligencia, no podría afirmar desde cuándo, se ha convertido en un fetiche. Sin saber a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de ella, comenzamos a etiquetar todo lo bueno y nuevo como “inteligente”: teléfonos inteligentes, casas inteligentes y, ahora, hasta ciudades inteligentes. Tal es el caso del publicitado SmartCity Expo World Congress, un evento internacional que inició en 2011 en Barcelona expandiéndose a lo largo del mundo y que, de forma grandilocuente y espectacular, pretende perfilar la definición de una ciudad inteligente a partir de la discusión de temáticas tan ambiciosas como la innovación energética, el medio ambiente, la movilidad urbana, el desarrollo económico, la equidad y el empoderamiento ciudadano. 

Captura de pantalla del sitio web del SmartCity Expo World Congress. Tomada de: http://www.smartcityexpo.com/en/home

La ciudad inteligente es un concepto de mercadotecnia usado en el ámbito de las políticas de desarrollo, específicamente un tipo de desarrollo urbano basado en la sostenibilidad. Su antecedente se sitúa en las “ciudades digitales”, que nacen de un programa que surgió en 2004 en España en el que se juntaron un montón de empresas de diferentes sectores (ZTE, Telefónica, Siemens, Gas Natural, entre otras) con los gobiernos de las ciudades para crear lo que llamaron una “comunidad digital”.

El resultado de aquella reunión fue una proyección que mostraba una ciudad de 5 mil metros cuadrados, o sea, un simple render. Sin importar lo irreal del producto, se consolidó una retórica para la ciudad digital, tal retórica conlleva por lo menos tres problemáticas. La primera, de orden muy general, radica en confiar en técnicas para resolver problemas que solo se crean por el uso mismo de estas técnicas. La paradoja que implica este problema sería muy compleja de desentrañar en estas pocas líneas, pero podemos pensar, por ejemplo, en la relación entre las catástrofes nucleares que probablemente han desencadenado tantos casos de cáncer en el último siglo y los avances de la medicina que prometen  salvarnos de lo que creamos con la misma tecnología nuclear. 

La segunda y la tercera, en cambio, son mucho más particulares. Refieren a la cuestión misma de la sostenibilidad, y a la relación tecnología-comunicación y sus respectivas posibilidades para hacer las ciudades sostenibles. Pero antes de analizar tales problemáticas es importante señalar por qué esta retórica, que parece sacada de alguna película ochentera de ciencia ficción, tiene algo que ver con nosotros. La razón es –y con esto no quiero asustarlos– que el SmartCity Expo Latam Congress ha estado recientemente en casa, en la ciudad de Puebla.

Captura de pantalla del sitio web del SmartCity Expo Latam Congress. Tomada de: https://smartcityexpolatam.com/

Me temo que esta no ha sido la primera ocasión. Con sede en el Centro Expositor y de Convenciones en los Fuertes, el SmartCity llegó a Puebla por cuarto año consecutivo; del 2 al 4 de julio. Esto significa que, sea o no operable esta retórica de la inteligencia más allá de las maquetas digitales, un conjunto de empresarios y administradores públicos se reúnen a la vuelta de la esquina para discutir, bajo estos marcos de referencia, lo que les depara a las ciudades que habitamos. 

En línea no hay demasiada información sobre los grupos nacionales o internacionales que lo organizan y lo han traído a México, pero sí hay algunos datos interesantes sobre el origen de este evento. El congreso está organizado por Fira Barcelona, una empresa fundada en 1932 que, básicamente, se dedica a organizar eventos –ferias, congresos, convenciones y cosas por el estilo–, entre los cuales el SmartCity no es más que uno entre muchos otros productos.

Fira Barcelona, como toda empresa que se precie de éxito, se preocupa por lucir profesional y adecuada a los tiempos, y quizá por eso en la organización del SmartCity de este año se armó un programa con temas y ponentes a la moda, cuyo leitmotiv fue: “Inclusión radical, un espacio para todos”.

El programa era una lista de buenas intenciones en la que las palabras inclusión, ciudadanía empoderamiento, resiliencia y sostenibilidad se repetían una y otra vez en diferentes combinaciones. Los ponentes principales fueron igual de predecibles: miembros de la administración pública actual (antes morenovallistas o priístas  que se volvieron morenistas), representantes de diferentes empresas que tienen que ver con la producción de espacio urbano, y representantes de organismos internacionales, como una analista política de nuestra bien amada Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, o un especialista en gestión de recursos hídricos del entrañable Banco Mundial. Hasta aquí, nada de qué sorprenderse: la administración pública nacional y local complaciendo las tendencias económicas mundiales. 

Captura de pantalla del panel de ponentes de la edición 2019 del SmartCity Expo Latam Congress. Tomada de: https://smartcityexpolatam.com/ponente

Más allá de las personas concretas que por contingencias históricas llegaron a la administración pública, la tendencia económica mundial no apunta a ninguna transformación radical pese a la –cada vez más evidente– crisis global provocada por nuestro modo de extraer, producir, distribuir y consumir los recursos del planeta. En su lugar, se producen narrativas optimistas en las que un mejor control del territorio y sus recursos, supuestamente, bastará para solucionar los catastróficos efectos sociales y políticos del modo de producción imperante.

Por ejemplo, el tema del agua se aborda desde la planificación hidrológica en las ciudades sin cuestionar la forma en la que las industrias emplean el agua o el sistema de uso y desagüe doméstico, que condena a las aguas potables a transformarse en aguas negras. ¿Sostenibilidad? Lo dudo mucho. En ese contexto, el discurso de eficiencia energética y preocupación por la ecología parece más bien una ilusión tranquilizante ante el inminente desastre, como una píldora que tomamos para olvidar, precisamente, que más pronto que tarde no habrá agua para beber.

Imagen del nivel de contaminación del Río Atoyac. Fotografía de: Mayra Guarneros. Tomada de: https://ladobe.com.mx/2014/09/contaminacion-en-rio-atoyac-pone-en-riesgo-a-1-2-millones-de-personas/

En lo que respecta a la utopía tecnócrata de la participación ciudadana mediante las tecnologías de la comunicación, la cosa no cambia mucho, ya que tampoco aparece un análisis crítico de estas tecnologías. Lo máximo que se puede encontrar al respecto es un regodeo en la adquisición de los softwares más novedosos y gadgets más sofisticados, así como en las supuestamente las provechosas alianzas de la administración pública con empresas de innovación tecnológica de renombre internacional.

Captura de pantalla de los aliados de la edición 2019 del SmartCity Expo Latam Congress. Tomada de: https://smartcityexpolatam.com/partners

En resumen, lo de la “inteligencia” de las ciudades no es más que una falacia, un ardid para aumentar el ego de los políticos de turno (¡como si lo necesitaran!) con transacciones comerciales internacionales, una campaña para hacer más cool a las ciudades para que se llenen de inversión y de turismo, mientras sus precariedades cotidianas se mantienen ocultas bajo la fachada de la eficiencia, la ecología, la sostenibilidad y la globalización. Lo único verdaderamente inteligente en todo este panorama es la estrategia comercial y publicitaria con la que Fira Barcelona, en complicidad con distintos gobiernos y empresas, sigue ganando montones de dinero.

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Yareni Monteón es maestrante en filosofía por la Universidad Iberoamericana (CDMX). Además de trabajar en la academia, ha sido facilitadora de talleres de educación ambiental para niños y talleres de creación literaria para adolescentes.

 

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