Migue Leyva, el fashion blogger que quiere transformar la moda cubana

Migue Leyva, el fashion blogger que quiere transformar la moda cubana

Ilustración: Alma Ríos
Javier Roque Martínez | Distintas Latitudes

El 24 de septiembre de 2018, cuando Michael Kors anunció que compraba los derechos de la maisonitaliana Versace por 2,120 millones de dólares, probablemente nadie en Cuba se haya tomado la noticia tan en serio como Migue Leyva.

—Es que estamos hablando de dos estéticas completamente diferentes —protestaba ese mismo día, por la tarde, sentado en un bar de la calle L, en La Habana. A diferencia de otras veces iba vestido sencillo: pulóver claro sobre lo ancho, chándal gris, deportivas blancas. Un pequeño aro relucía en su nariz.

Aunque no acapare titulares, Leyva es lo más parecido que tenemos en Cuba a un príncipe de la moda. Con 24 años es fashion blogger, modelo, estilista, brand promoter, microinfluencer, director de su propia agencia y, en definitiva, uno de los rostros más llamativos de la joven escena fashion. Por eso el malestar con la compra de Versace: porque aunque no lo tocara directamente, era un suceso para su mundo.

—Porque Versace es una marca histórica. Es como Versace, ¿entiendes? Nada que ver con Michael Kors. Aunque la dirección se mantenga intacta irá a peor, ya verás.

Leyva no es particularmente apuesto pero en cambio tiene una imagen estrafalaria que suele quedarse grabada en la retina de sus interlocutores. A diferencia del típico modelo cubano, es tan delgado que parece a punto de quebrarse. Su rostro, largo y estrecho, viene rematado por una boca gruesa, de proporciones casi vulgares, y una mandíbula recia. Tiene hombros angostos, brazos gráciles, manos largas y huesudas. El cabello, de color castaño cobrizo, le cae desordenado como a una estrella de rock.

Leyva tiene poco menos de cinco mil seguidores en Instagram, ha aparecido en páginas de revistas importantes como GQ y National Geographic, ha sido llamado por marcas extranjeras como la estadounidense Brown Shoes, ha desfilado y hecho de estilista en decenas de eventos alternativos, ha conversado con Don Giorgio Armani en los lujosos salones del Hotel Manzana. Sin embargo, ya no quiere seguir modelando, al menos no es su prioridad. Ahora, en vez de ser protagonista sobre las pasarelas, tiene planes de tomar el negocio por las riendas, de ser uno de los cerebros detrás de las cámaras y los bastidores.

Leyva quiere rescatar el negocio de la moda cubana, deprimido desde hace décadas.

Pero no lo lleva nada fácil. Primero, porque en Cuba la moda es casi un fantasma, ni siquiera puede hablarse de industria: ninguna casa de renombre tiene tiendas en la isla, los estanquillos de las esquinas no venden revistas de este corte y la televisión no pasa ni las pasarelas nacionales. El de la moda es, al menos hasta el momento, un terreno bastante árido, perfectamente olvidable. Como él mismo dice: “aquí tuvimos un antes y tendremos un después”. Segundo, porque Leyva reniega del acartonado circuito oficial y prefiere, en cambio, mantenerse en el naciente mundillo privado, todavía obstaculizado y visto con recelo por parte de la institucionalidad.

—Pero hay una nueva generación haciendo cosas —advierte desde su asiento—. Tan solo hay que darle espacio.

***

La primera vez que lo vio, poco antes de que todo esto empezara, Adriana Marcelo pensó que Leyva era callado.
—Claro que estábamos en un ambiente intimidante, reunidos con la vicerrectora del ISA —dice a manera de broma—. Después ya no.
El ISA es el Instituto Superior de Arte, donde Marcelo trabajó un tiempo mientras Leyva cursaba Danzología, una carrera que probablemente no exista en muchas otras parte del mundo —algo así como Teoría y Crítica de la Danza— y que ni siquiera terminó, pero que al menos le sirvió de excusa para instalarse definitivamente en La Habana. Son amigos desde entonces.

—Pero sí es muy responsable con su trabajo y no tolera que lo tomen a la ligera. Solo lo he visto molesto por cosas de ese tipo. Y tiene muchos planes en mente. Creo que su sueño es estar en el círculo de los top.

Cuando Marcelo lo conoció, Leyva era todavía un escuálido aspirante a estilista que estudiaba Danzología porque el programa universitario nacional no incluye ninguna especialidad de moda. Había comenzado a interesarse por ella años atrás, en Holguín, una provincia del Oriente pletórica en yacimientos de níquel pero sin tradición conocida en el mundo de las pasarelas, aunque, siendo justos, probablemente esto aplique a casi todo el país. El tránsito por diferentes tribus urbanas durante los años de la adolescencia hizo que comenzara a prestarle atención a la plasticidad de los atuendos que le rodeaban y, eventualmente, que se sentara a idear combinaciones distintas a las que solían llevar sus amigos.

—Es que yo siempre he sido un poco friki —dice en forma de broma, aunque lleva razón. Si uno mira con atención las fotos de su Instagram, descubre a un Leyva camaleónico, capaz de enfundarse los atuendos más variopintos y aun así lucirlos con naturalidad—. Pero sí, aprendí por mi cuenta, intentando hacer cosas que creía interesantes.

No obstante, fue después, cuando descubrió GQ, Vanity Fair y compañía, que el pasatiempo se convirtió en devoción.

—Ufff, sí —dice Marcelo—. Las revistas le gustan muchísimo. Sobre todo Vogue, su favorita. Creo que lo ha influenciado bastante.
Las revistas que Leyva leía eran todas traídas del extranjero, puesto que en Cuba nadie las vende. Las únicas publicaciones oficiales de la Isla que tocaban el tema —Mujeres y Muchacha, actualmente suspendidas— lo hacían de pasada y con un enfoque muy local y monótono, limitado. En ese entonces tampoco podía buscar las versiones online de los grandes magazines internacionales, como ahora. Al igual que muchos otros, dependía de amistades que se las traían de fuera. Sin una escuela ni una carrera nacional enfocada en el diseño de moda, casi todo lo que sabe lo aprendió de ellas. Las revistas le enseñaron no solo el abecé de la industria, sino también a mirar la moda como una forma de arte.

—Porque no va solo de indumentaria —dice—. La moda también representa tendencias, ideologías. Es como un discurso. Uno sale a la calle vestido de una manera y está diciendo algo. Eso es lo que a mí me gusta de ella: lo que puede llegar a significar.

***

Antes de 1959, Cuba era un escenario relativamente atractivo para el mundo de la moda. Gracias a la fuerte influencia estadounidense, no pocas marcas de renombre internacional estrenaban sus colecciones en La Habana antes que en cualquiera otra capital latinoamericana. La tienda El Encanto, por ejemplo, albergaba el único estudio fuera de París del diseñador francés Christian Dior. Es la época que Leyva llama nostálgicamente “el antes”: cuando los extranjeros venían a Cuba a comprar Christian Dior.

—Hablamos de un país donde había un alto consumismo, donde la gente sí compraba y cuidaba su imagen —dice.

—La influencia no era autóctona y tampoco puede decirse que tuviésemos diseñadores de renombre, pero sí había esa cultura de vestir bien —dice Rebeca Alderete—. Las que hoy son abuelas también tenían esa inquietud de poder crear ellas mismas, las revistas incluían patrones a partir de los cuales podían hacer sus vestidos y más.

Alderete es la directora de Garbos, la primera revista cubana contemporánea de moda, belleza, salud, cultura y estilo de vida. Si tomamos ese dato —que es la primera revista contemporánea de su tipo— y le agregamos que surgió en 2015, por iniciativa privada, entonces podemos hacernos mejor a la idea de cuán desestimada ha sido la temática de la moda, al menos desde el punto de vista estatal, desde los primeros años del proceso revolucionario.

—Porque lo importante entonces no era que la gente comprara, sino que se sumara al flujo histórico del momento —explica ella.

Las primeras décadas de la Revolución vinieron con una imagen más bien parca, sencilla, propia del ideal socialista instaurado por los guerrilleros de la Sierra Maestra. El quid de la nueva época estaba en crear un sistema político diferente, interesado en resolver los grandes problemas que aquejaban al pueblo, no en seguir alimentando la voraginosa industria del consumo. Como escribiera una vez Wendy Guerra, “el hombre nuevo no debía ser bello”. Aislados política e ideológicamente del mundo capitalista, mucha de la influencia que llegaba al país procedía de la distante Unión Soviética, la gran mecenas de las próximas décadas.

—Fue la época en la que se popularizó el uniforme —dice Leyva—, algo que se nos quedó en el subconsciente. Mira la calle si no me crees. Ahora los chicos andan casi todos con Vans y skinny jeans. Eso es un uniforme alternativo.

La mejor época post-Revolución vino entre finales de los 70 y principios de los 90, cuando surgieron proyectos como el Taller Experimental de la Moda, Contex y La Maison, interesados en desarrollar una moda auténticamente cubana. Aunque La Maison, en especial, tuvo su época de esplendor internacional —llegó a trabajar con diseñadores top como Calvin Klein y Paco Rabanne—, al final todos estos proyectos cayeron en el olvido. La migración de muchos de sus pilares, la crisis desatada por el Periodo especial y la falta de un mercado interno capaz de sostener e impulsar el negocio, dieron al traste con ellos.

Si bien en la actualidad hay un movimiento joven deseoso de rescatar el espectáculo de la moda, la mayoría de los diseñadores que gozan de algún renombre, al menos ante los medios oficiales —todavía los de mayor alcance nacional—, son sobrevivientes de esa época, hombres, en su mayoría, que intentan mantener vivo el “espíritu cubano del buen vestir” mezclando tradición local con influencias extranjeras. Sin embargo, difícilmente pueda decirse que son exitosos.

—Ellos tienen esto del mundo más glamuroso —dice Alderete, refiriéndose al entorno de las divas y demás personalidades de la Isla que suelen pedirles asesoría—. La mayoría hace piezas únicas para ciertas y determinadas personas, las que los llaman. Es otra forma de ver la moda, quizás más antigua, sin que eso signifique que se quedaron atrás. Tampoco es que tengan acceso a tantos materiales como para crear cantidades industriales y que toda La Habana lleve sus ropas.

Entre el poco peso de la moda local, el mal abastecimiento de las tiendas estatales y el poder adquisitivo de los cubanos (cuyo salario mensual promedio acaba de ser elevado al equivalente de 44 dólares), una considerable parte de la población debe recurrir al mercado informal para vestirse, generalmente más barato y variado. Es allí, en los pequeños negocios de la calle, donde desde hace años se construye y sostiene lo que se considera moda popular.

—A los cubanos les gusta lucir bien —dice Leyva—, pero al no tener un mercado local establecido tienen que buscar alternativas. Entonces, ¿cuál es la ropa que pueden comprar? La importada de Ecuador, de China, de México, de Panamá. Por eso cuando uno va por la calle encuentra fake brandsreproducidas en magnitud, porque es la única forma que tienen de irse con la estética de sus artistas favoritos. Todo parte de una identidad visual. Uno exterioriza –o intenta exteriorizar- lo que consume.

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