Los impertinentes

Los impertinentes

Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay
Martín López Calva

Siempre he creído que es falso el nombre que nos dan:
emigrantes. Eso está bien para los que dejan
su país. Pero nosotros no lo abandonamos
para escoger otras tierras…Simplemente
huimos; nos echaron, nos desterraron.
No será un hogar, sino un exilio el país que nos reciba.
Sin tregua, muy cerca de la frontera, esperamos…
Desde aquí escuchamos los chillidos de los campos.

Nos sentimos como el rumor de un crimen que atraviesa la cerca.
Con los zapatos rotos caminamos en la muchedumbre,
somos testigos de la vergüenza que agobia nuestra tierra.

Bertold Brecht. «Sobre la etiqueta ‘Emigrante’«

La foto dio la vuelta al mundo y se hizo viral en redes sociales. Una imagen más de la barbarie en la que vive hoy el mundo: la humanidad está encerrada en un túnel oscuro –y hasta ahora sin salida– de la incomprensión, la exclusión, la injusticia, la intolerancia. Una fotografía que muestra la crueldad de un sistema que destierra a miles de personas de sus hogares: los echa violentamente y los obliga a vivir o a morir de formas trágicas.

En efecto, como ya has adivinado, estimado lector, estoy hablando de la foto en la que aparecen los cuerpos de Óscar Alberto Martínez y su hija Valeria, ambos boca abajo en el agua del lado mexicano del río que da a Matamoros, Tamaulipas. La niña sobre la espalda de su papá y con su cuerpo parcialmente dentro de su camiseta negra, abrazándolo del cuello, según describe la imagen el periodista Jorge Ramos.

Se trata de una imagen que conmueve e indigna. Conmueve por el profundo dolor que implica ver a un padre y a una hija –que apenas iniciaba su vida– muertos en el intento de cruzar la frontera hacia Estados Unidos en busca de un futuro, ya no digamos mejor, siquiera viable para poder vivir como personas. Indigna porque remite inmediatamente a las políticas migratorias y a los políticos que priorizan sus proyectos de poder por encima de la vida de hombres, mujeres y niños concretos que sufren por ser expulsados de sus países y huyen sin éxito hasta perder la vida de esta manera absurda.

Como bien dice el poema de Brecht, no son propiamente emigrantes porque no tienen la posibilidad de elegir la salida de su país a otras tierras. Se trata, más bien, de exiliados: gente que huye de su lugar de origen porque la violencia los está amenazando de muerte, porque la pobreza los está matando de a poco, porque no tienen ninguna posibilidad de presente ni de futuro si no optan por esta arriesgada aventura que, en miles de casos, termina mal.

Pero si la imagen conmueve e indigna, resultan igualmente indignantes las reacciones de muchos en las redes sociales responsabilizando a las víctimas de su propia desgracia.

¿Qué hacía este hombre cruzando el río? ¿Por qué arriesgó así a su pequeña hija? ¿Qué clase de padre pone a una menor tan frágil en una situación de riesgo como esta? Los migrantes no deberían salir de sus países ni caminar con sus zapatos rotos en la muchedumbre para ir en busca de algo tan improbable y riesgoso como “el sueño americano”.

Como dice bien Edgar Morin: “somos abiertos para ciertos allegados privilegiados, pero la mayor parte del tiempo permanecemos cerrados a los demás”. Nos resulta imposible la empatía, somos incapaces de situarnos en los zapatos de los demás y pensar por un momento desde su lugar, antes de juzgarlos desde la comodidad de nuestras condiciones privilegiadas.

El mismo pensador francés plantea la necesidad de enseñar la comprensión como uno de los retos para la educación del siglo XXI. Época donde el cine favorece el empleo de nuestra subjetividad por proyección o identificación, y nos hace simpatizar y comprender a los que nos serían extraños o incluso antipáticos. Esto es, muchas veces los que sienten repugnancia por el vagabundo que encuentran en la calle, simpatizan auténticamente en el cine con el personaje del vagabundo Charlot que nos presenta Chaplin. Así, podemos experimentar compasión o conmiseración al leer una novela o al ver una obra de teatro, aunque seamos indiferentes a las carencias físicas y morales de nuestros semejantes en la vida real.

Las reacciones que, lamentablemente, leímos en las redes sociales a partir de esta trágica fotografía muestran esta realidad paradójica de los seres humanos, y enfatiza la urgente necesidad de formar a las nuevas generaciones en la comprensión que inicia con la empatía. Esta es indispensable para intentar hacernos una idea de lo que el otro siente y piensa, de lo que motiva su comportamiento que, de entrada, podría parecernos ilógico o hasta absurdo.

La comprensión es, a la vez, medio y fin de la comunicación humana. El planeta necesita comprensiones mutuas en todos los sentidos. Dada la importancia de la educación en la comprensión a todos los niveles educativos y en todas las edades, el desarrollo de la comprensión necesita una reforma planetaria de las mentalidades; esa debe ser la labor de la educación del futuro.

Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, p. 53

Como plantea el padre del pensamiento complejo, la comprensión es, al mismo tiempo, un medio y un fin de la comunicación humana. La crisis de comprensión que hoy vivimos en el mundo y se evidencia en casos como este, demuestra que es causa y efecto de la crisis de comunicación que padecemos como humanidad.

De ahí la enorme relevancia de la educación en la comprensión que debe trabajarse, como dice Morin, en todos los niveles educativos y en todas las edades, para generar una reforma planetaria de las mentalidades.

La educación de la comprensión debe ser una de las metas fundamentales de la educación del futuro si es que queremos tener uno. Porque como afirma este autor: “La única y verdadera mundialización que estaría al servicio del género humano es la de la comprensión, de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad”.

Solamente con una auténtica educación para la comprensión podremos ponernos un poco en los zapatos de los pobres, de los migrantes y de todos aquellos diferentes a nosotros. Únicamente así podremos dejar de ver a Óscar y a Valeria como seres impertinentes y escuchar lo que nos dicen a gritos, pero desde nuestra comodidad somos incapaces de escuchar: “cuando busqué trabajo no lo encontré. / Usted es muy impertinente, me dijeron / No soy impertinente les dije: estoy perdido”.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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