El despojo de Ayutla Mixe

El despojo de Ayutla Mixe

San Pedro y San Pablo Ayutla enfrenta una crisis humanitaria después de dos años sin agua por la invasión de terrenos y el despojo del manantial de parte de grupos armados de Tamazulapam del Espíritu Santo, que han usado a mujeres mixes como botines de guerra. La respuesta del gobernador oaxaqueño, Alejandro Murat, es la simulación y la complicidad con los agresores, mientras la Sierra Mixe se convierte en una nueva ruta de siembra de amapola.

Antonio Mundaca y Karen Rojas Kauffmann | Pie de Página 

SAN PEDRO Y SAN PABLO AYUTLA, OAXACA.- La mañana del 5 de junio de 2017 los disparos caían del cielo como rayos en el campo seco. No hubo enfrentamiento, como se ha dicho. Fue una emboscada. De las laderas de la carretera el Peñasco, que es un atajo en la montaña para acceder al corazón de los pueblos del alto mixe, por varias horas tronaron las balas intermitentes.

Un grupo de paramilitares atacó con armas largas en la zona de El Manantial a comuneros de San Pedro y San Pablo Ayutla. Primero, el sonido del fuego sobre el aire, luego las balas chocaban con el granito del camino. Siguió la confusión y el miedo antes que la rabia. Hombres y mujeres caían en zanjas, huían a tumbos sobre la carretera, otros heridos en las piernas, la espalda, con la sangre expuesta se guarecían como podían en el llano abierto.

Luis Juan Guadalupe, de 35 años, desarmado, golpeado una hora antes por un bloque de comuneros de Tamazulapam del Espíritu Santo que montaban guardia con una avanzada de machetes y palos, perdió la vida de un disparo en la cabeza. Faustino Atanacio Hernández, José Abel Martínez, Federico Martínez, Alberta García, Héctor Márquez e Isaac Juárez salvaron la vida de la refriega. Fueron sacados del territorio bajo fuego, semidesnudos, tendidos en las bateas de camionetas de bulto y pasaje, y la patrulla estatal 1746 que llevaba 17 días en el límite de ambos municipios oaxaqueños.

El ataque fue planeado. Los sobrevivientes vieron descender en cascada sobre el monte a los hombres de las armas. Varios eran comuneros de Tierra Blanca, Tamazulapam, los mismos que habían despojado, el 18 de mayo, a 23 personas de Ayutla de 150 hectáreas de parcelas colindantes con El Manantial, con retroexcavadoras, volteos y armamento pesado.

Alrededor de las 10 de la mañana los comuneros de Ayutla habían subido al territorio en disputa con una perito de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Oaxaca, tres elementos de la Agencia Estatal de Investigaciones y policías de la Secretaría de Seguridad Pública de Oaxaca (SSPO), el grupo pretendía inspeccionar las periferias del territorio invadido, trámite ordenado por el Ministerio Público para integrarlo a las 22 carpetas de investigación levantadas por la denuncia de despojo.

El operativo para impedirlo estaba montado. Sobre el terreno reclamado, comuneros de Tamazulapam ya habían levantado trincheras, habían rodeado con violencia a la caravana de inspectores.

Los emisarios de las autoridades ministeriales violaron un acuerdo que pudo aminorar la posibilidad del ataque, convocaron a los pueblos a una reunión unilateral y no sólo a los representantes. La Fiscalía salió del pueblo con sus carpetas de investigación incompletas. Dejó en el terreno a cinco policías estatales con su patrulla.

Patrullajes estériles

Desde la cima del cerro, instalados en mojoneras de piedra y concreto, hombres encapuchados y con rifles vigilaban el retén. Apenas se fueron los emisarios judiciales creció la violencia. Primero fue el sonido del fuego sobre el aire. Cuatro mujeres de Ayutla despojadas de terrenos fueron secuestradas por decenas de hombres armados. Después, la primera horda de disparos por racimo. Seguirían muchas otras.

Los comuneros de Tamazulapam quitaron las guardias nocturnas de los límites municipales del pueblo atacado. Repelieron un intento de rescate de las mujeres que fueron llevadas a la cárcel de Tierra Blanca. Hasta las dos de la mañana del 19 de junio, el gobierno de Oaxaca respondió con patrullajes estériles.

Ya había sangre seca en la carretera El Peñasco. Un muerto. Cuatro mujeres torturadas y violentadas sexualmente. El Manantial y la antigua agua milagrosa que por más de 100 años abasteció al pueblo de los Ayuuk fue desconectada y controlada por comuneros vigías y paramilitares con órdenes de matar a los extraños.

A la emboscada le siguió una construcción municipal volada en pedazos con dinamita dos meses después, la ocupación ilegal de tierra mancomunada, el uso cotidiano de armas de uso exclusivo del Ejército por los vigilantes de los terrenos en disputa, la incriminación de las víctimas a través de la Fiscalía para hacer creer que fue un enfrentamiento, el encargado de hacerlo fue Policarpo Fernando Acevedo Ramírez, que la noche del ataque intentó hacerle una prueba de rodizonato de sodio a una mujer herida de 70 años que no habla español mientras estaba internada en el Hospital del ISSSTE de la ciudad de Oaxaca.

Al ataque de 2017 sobrevino el desplazamiento forzado de decenas de familias, la criminalización sistemática de los líderes de la resistencia comunitaria por operadores de la Secretaría General de Gobierno, y dos años de impunidad.

Los no conquistados

La zona mixe es un espacio inmenso de valles seguido de montañas, una tras otra, con el sol apenas entrando en la llovizna. Sus pueblos son herederos de una tradición de guerreros y adivinos. Son de los pocos linajes del México antiguo que no fueron conquistados por las armas españolas. Una nación indígena que de a poco fue vencida por la fe, la esperanza, el comercio, sin que perdieran la creencia en dioses del agua y la tierra. Hoy los vuelve oscuros la pobreza, las leyes agrarias, la pugna por la tierra fértil, sus cerros escondidos donde se siembra amapola y grandes voladeros que han sido apropiados por los caciques y los narcos.

Ascendimos cubiertos por la neblina. Atravesamos la desviación a Hierve el Agua. Llegamos al kilómetro 53 de San Pedro y San Pablo Ayutla con la lluvia y la noche. El camino en la sierra tiene forma de serpiente. La tierra roja es fresca y áspera. Entre más nos acercábamos a lo alto de la montaña el clima enfriaba nuestras frentes. A lo lejos brillaban intermitentes entre los cerros las luces de las casas. La sierra mixe es una espesura verde solitaria que se ha ido ensangrentando.

El día del ataque armado, Yásnaya Elena Aguilar Gil subió a El Manantial y ahí escuchó de una primera emboscada. Arriba cayó a una zanja y eso la salvó de morir. Ahora, habla de las balas y el rostro se le descompone; es una herida nueva en el mundo de los mixes. Como escritora e investigadora Ayuuk, las máquinas de guerra son una identidad desconocida. Una pus que crece.

“De unos años para acá algo cambió en la sierra, se ha perdido la paz, no sabemos de dónde el pueblo de Tamazulápam del Espíritu Santo ha sacado tantas armas pero después del ataque, la Base de Operaciones Mixtas de la Policía entró a nuestro pueblo como ladrones, sin avisarnos, a patrullar un terreno que no conocen”, dice.

Yásnaya lleva dos años siendo amenazada de manera sistemática. Es una de las activistas más visibles de un colectivo de mujeres mixes que ha emprendido una resistencia comunitaria por el agua del territorio y las zonas despojadas.

“El gobierno siempre ha sido parcial, ha hecho tratos unilaterales con Tamazulápam. Desde el principio intentaron manejarlo como un enfrentamiento, pero nosotros íbamos caminando, desarmados y vino la lluvia de balas, nos quedamos en shock, los heridos, la revictimización, ¿dónde se ha visto que la ley o el gobierno proteja a los agresores y no a los agredidos? Eso está sucediendo aquí”.

La voz de Yásnaya se quiebra poco. Es suave. Ya no cree en el funcionamiento de los aparatos del Estado oaxaqueño.

“Hay complicidad para despojarnos de más tierra, ésa es la intención verdadera”, dice.

Yásnaya ha sido acusada de estar vinculada con políticos beneficiados con la desestabilización de la zona. Ha sido atacada por columnistas oaxaqueños que no conocen las dinámicas de los pueblos en la montaña. Cuando se le pregunta sobre su vinculación con pipas de agua que abastecieron a Ayutla, se ríe. Pasa de la burla al enojo.

“A finales de agosto de 2017 nos dinamitaron todo, destruyeron tanques, válvulas, todo el sistema a pesar de que se había firmado un acuerdo de no agresión. Si ya el 5 de junio nos quedamos sin agua, el 25 de agosto los comuneros de Tamazulapam destruyeron todo un patrimonio construido desde décadas con base en puro tequio, aún así la Segego (Secretaría de Gobierno estatal) siguió obligando a nuestras autoridades a negociar con los agresores”.

El 26 de febrero de 2019, Yásnaya Elena intentó llevar el tema a la agenda de los diputados oaxaqueños. Más de 700 días sin agua y contando, y respuestas entrampadas.

“Me preocupa mi seguridad, la de mi familia, pero estamos hablando de tortura, quitarnos el agua es la tortura para que les cedamos nuestras tierras. Pero, ¿quién financia a los grupos violentos que nos agreden? ¿quién los armó? ¿qué intereses externos políticos y criminales hay detrás de toda la agresión? Hay muchas preguntas que tiene que responder el gobierno”.

La tentación del opio

Las honduras de la Sierra Mixe son un nido viejo de siembra de amapola. Es un secreto a voces entre comuneros, taxistas, choferes, marchantas de comida, empleados en la ciudad de Oaxaca y Tlacolula de Matamoros.

Documentos hemerográficos muestran que, junto con los problemas de colindancias, ha habido desencuentros entre comunidades por la producción y siembra de la adormidera silvestre desde 1980.

Las autoridades locales no quieren hablar del tema. Los agredidos, los despojados no dan datos precisos de nada, pero entre decenas de conversaciones legan a los extraños su conocimiento sobre las mil causas de la violencia: impunidad, complicidad gubernamental, venta de armas, territorios invadidos, el control de la carretera federal 179 y 190 y los caminos rurales que la bordean y llevan hasta el mar del Golfo, la migración, la amapola.

“El gobierno de Oaxaca lo sabe y no hace nada. Nosotros mejor no nos metemos”, dice un poblador.

Además del enfrentamiento entre Ayutla y Tamazulapam, la Segego registra 364 conflictos agrarios, 32 de alta conflictividad hasta finales de 2018, la mitad en esta zona estratégica, que desde 2010 ha visto problemas de colindancia en Santa María Tlahuitoltepec.

El abaratamiento de la goma de opio en Guerrero le ha pegado duro a muchos, dicen aquí. Son voces de fantasmas que viven en Ayutla Mixe y dimensionan la necesidad del negocio, una caída que se dio en marzo de este año y provocó un derrumbe del 80 por ciento del valor del producto. Las siembras se han diversificado, las actividades de quienes por las noches encaminan camionetas armadas a las colindancias del Istmo de Tehuantepec y la Cuenca del Papalaopan, de donde afirman, es posible vengan muchas armas y droga.

La Sierra Mixe guarda esos misterios. No hay estadísticas que la apuntalen el origen serrano de la violencia, como ocurre con las zonas de Guerrero o del norte del país, que han sido reconocidas por el gobierno como productoras de goma de opio. No así sobre el monte escarpado en los mixes de Oaxaca. Pero en los últimos dos años, en esta región se han disparado la extorsión, el pago de derecho de piso, polleros que llevan al norte a los indígenas, los secuestran. Han llegado las diásporas de familias, la vida tranquila inhabitable, el desplazamiento interno forzado por una guerra que crece y ha dejado ejecutados con tiros de gracia.

Como muestra unos botones, sólo de 2018:

El 16 de marzo, patrullas del Ejército fueron repelidas cuando intentaban eliminar campos de amapola en Oaxaca, afirmó en su reporte el general Alfonso Duarte Múgica. Intentaron llegar a 30 sembradíos en las inmediaciones de Santa María Tepantlali, a 18 kilómetros de Tamazulápam del Espíritu Santo.

El 28 de abril, el Ejército informó en un boletín que desplegó tropas terrestres y destruyó 190 plantíos de amapola y marihuana que eran protegidos por pobladores de comunidades indígenas. Lo confirmó el general de la 28ª región militar, Alfredo Velasco, quien agregó que había 25 más de marihuana. La siembra era abastecida por una red de suministro de riego por gravedad de 4 kilómetros, que fue cortada. El hallazgo fue en Santo Domingo Tepuxtepec, a 20 minutos de San Pedro y San Pablo Ayutla.

El 19 de octubre, en la misma zona Mixe, el teniente coronel de infantería Juan Alejandro González Sánchez dijo a medios de comunicación que encontraron más de 10 mil 400 metros cuadrados de plantaciones de mariguana, con dos secaderos con un aproximado de 150 kilos de esta planta en greña. Para hacer el decomiso, tuvieron que hacer operaciones durante 21 días al interior de las montañas que rodean el cerro Zempoaltépetl, corazón espiritual de la nación Mixe

El gobierno oaxaqueño ha sido omiso. Pero fuentes de seguridad consultadas para este reportaje consideran viable que, ante el aumento de las operaciones del Ejército en Guerrero, en esta región haya células criminales en pugna por la compra de pasta de opio, la siembra en la sierra escondida oaxaqueña y el control de las rutas. Eso explicaría la magnitud de sembradíos de amapola que se han encontrado en Oaxaca.

Los plantíos detectados en Guerrero, por poner un ejemplo, rara vez tienen una superficie mayor a media hectárea. Sin embargo, en febrero de 2017, la policía federal encontró aquí un par de sembradíos de amapola de casi 15 hectáreas, según los reportes del 8 Batallón de Infantería. En esa fecha, el General de División Diplomado de Estado Mayor Alfonso Duarte Múgica, quien entonces era el comandante de la Octava Región Militar en Oaxaca, dijo en una entrevista televisiva que durante 2016, los soldados destruyeron 707 hectáreas de cultivo de amapola y marihuana en la sierra oaxaqueña.

“No sabemos por qué nos invade Tamazulapam del Espíritu Santo. Dicen que somos gallinas porque no les respondemos. Cuando nos atacaron, horas antes hubo una camioneta que quiso vendernos armas, anduvieron por el pueblo, como si supieran lo que vendría, quién sabe por qué carajo quieren nuestras tierras. Debe ser porque son buenas para sembrar de todo”, cuenta un rutero que nos deja en El Mirador, una cresta donde se ve la frontera montañosa de los dos municipios unidos por las nubes.

No se puede hurgar más. Sobre el camino a El Peñasco, donde fue el ataque, se ven páramos desiertos. Vigilan desde el cerro El Manantial, hombres armados que no respetan a los espíritus. En este lugar, sólo es posible hablar de la precariedad de las casas. Esta gente es pacífica. Ha pasado la sequía y espera las lluvias que lo mojan todo. A quienes han entrado al negocio de la droga, el peligro y el trasiego les enseña que es posible tener lo que deseen, el terreno del otro, el agua del otro, la felicidad del otro y eso que nadie nombra en las carreteras de los mixes, que crece y viene jodiendo la paz de los pueblos.

Renunciar a la tierra, pensar en la muerte

Durante el encierro, en los estrechos de la cárcel de Tierra Blanca, Tamazulapam, Estela Galván pensaba en su hija. En lo que no le dijo la mañana del 5 de junio de 2017 y que al final del día sería una voz para volver del miedo al mundo.

Es una de las cuatro mujeres secuestradas y despojadas de su parcela. La única que quiere hablar. Si pudiera hacerlo. Apenas junta las palabras y llora. Si llorar pudiera. Hay en su rostro un gesto que no se desvanece. Habla de aquel día y señala a Nicolasa Martínez, agente municipal de Tierra Blanca, como la mujer que ordenó el ataque y su secuestro. Ese nombre se suma al de las otras personas identificadas por los sobrevivientes: Israel Antonio Lázaro, Ricardo Pérez Martínez, Constantino Antúnez Méndez, Heladio Pérez Pérez, Victoriano José Martínez, Florentino Pérez, Jaime Martínez, Rafael Pérez Pascual, Roberto Domínguez Martínez, Herminio Juárez Felipe y Benito Cruz Gómez. Todos, autoridades municipales de Tamazulápam del Espíritu Santo.

Estela intenta describir los hechos y vuelve a la náusea. Luis Juan Guadalupe, el comunero asesinado, y dos de las otras mujeres privadas de la libertad son de su familia. No sabe por qué fue interrogada aquella noche. Afuera de la cárcel, vendada de los ojos, percibió en las sombras la voz de hombres que juraban iban a violarla.

“Es posible que fueran las 12 de la noche cuando me hicieron el cuestionamiento, yo reconozco algunas voces, pero eran muchos, quizá se turnaban”. Le pusieron una pistola en la cabeza y en la boca varias veces. El piso era ceboso. Le golpearon la espalda, las costillas, la mantuvieron descalza. Pensó en la muerte.

En la cárcel había dos habitaciones de concreto roído. En cada cuarto estaban dos mujeres. Cuando interrogaban a una, al resto las apilaban para que oyeran su llanto.

“Escuché cómo gritaban mis primas, me decían que les firmará papeles, que les entregara mi tierra, que renunciara a mi terreno o me iban a matar pero, ¿cómo les voy a dar mi casa si es lo único que tengo?”. Estela se contrae. Hace largos silencios. Dice que vio que sacaban armas de las cuevas, que entre los hombres armados había muchachos de 15 años, que desde esas 36 horas encerrada los espacios pequeños la asfixian.

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*Fotos: Karen Rojas Kauffmann

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