Chicuarotes o el peligroso discurso sobre las clases marginadas

Chicuarotes o el peligroso discurso sobre las clases marginadas

Foto tomada de YouTube
Jaime López

En los últimos días de junio, las pantallas nacionales albergaron el filme Chicuarotes, el segundo largometraje orquestado por el afamado actor Gael García Bernal, quien no había tomado la batuta de director desde hace 12 años.

Con un pulso narrativo aceptable, Chicuarotes aborda uno de los tópicos más recurrentes del cine mexicano de los años noventa: la miseria moral y económica que padecen las sociedades urbanas, es decir, la jodidez de la patria.

Si bien es cierto que un amplio sector de la población nacional radicado en la selva de asfalto sigue careciendo de los servicios básicos necesarios para subsistir, o tiene pocos recursos financieros (el último estudio publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico indica que el 33.6 por ciento de los habitantes vive en pobreza, mientras un 42.8 por ciento se encuentra en condición de vulnerabilidad), también lo es que su estereotipado retrato en la pantalla grande fue una de las razones para, a finales del siglo pasado, alejar a las audiencias mexicanas del séptimo arte hecho en la tierra del águila y el nopal.

Así, el problema de ese tipo de celuloide no fue tanto la calidad de las producciones estrenadas en esa época, sino lo repetitivo de sus historias, con una misma clase de protagonistas que padecían similares circunstancias adversas.

Bajo esa tesitura, Chicuarotes recupera ese tipo de temáticas y situaciones argumentales, pues su guion (escrito por Augusto Mendoza) sigue a dos jóvenes sin estudios que deciden participar en actos criminales con tal de salir de su precariedad financiera.

Entonces, los espectadores con una escasa interacción social, o con un raquítico conocimiento sobre su país, podrían considerar que lo presentado en la película de García Bernal es una metáfora acerca de lo «único» que hacen los marginados nacionales en busca del éxito: delinquir y agandallar.

Sumado a lo anterior, las decisiones tomadas por algunos de los personajes que aparecen en la película, como promover un linchamiento o consentir un intento de violación para salvarse el propio pellejo, refuerzan la crítica de que la cinta, en cuestión, utiliza una visión reduccionista y negativa sobre las clases bajas, misma que ha sido fomentada durante años por las televisoras comerciales.

Tampoco ayuda la acartonada representación de la comunidad gay de las ciudades, pues nuevamente es puesta como un ornamento o un ente que sólo sirve para la burla.

Sin embargo, no todo es fallido en la segunda película comandada por el protagonista de Rudo y cursi y Diarios de motocicleta, pues destaca su cuidada fotografía (cortesía de Juan Pablo Ramírez), así como su atinada musicalización (Jacobo Lieberman y Leobardo Heiblum), la cual está hecha en clave de réquiem, muy ad hoc a lo que se está viendo en pantalla.

Igualmente, Benny Emmanuel, reciente ganador del Ariel como Revelación actoral por De la infancia, le inyecta a su rol de Cagalera los matices y carisma suficientes para evitar que caiga en el estereotipo del abusivo «machito» nacional.

Por su parte, Leidi Gutiérrez personifica la parte luminosa y noble de las clases bajas mexicanas, misma que, de haber tenido mayor atención o participación, hubiera dado un giro sustancial o significativo a la manoseada trama de Chicuarotes.

Reportero comunitario. Junkie del séptimo arte. Documentalista de guerrilla; dos veces finalista del Festival Internacional de la Imagen (FINI) de Pachuca, Hidalgo; en una de ellas, primer lugar en la categoría de Cortometraje Estudiantil. Constante aprendiz de periodista cultural. Sueña con que algún día las notas bonsai sean sustituidas por los textos de raíces profundas, amenos y reflexivos. Comunicólogo que aspira a no ser un escritor fugaz dentro del sobrepoblado firmamento de las letras.

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