Chicuarotes ¿Cliché eterno o conflicto viejo?

Chicuarotes ¿Cliché eterno o conflicto viejo?

Foto tomada de YouTube
Héctor Jesús Cristino Lucas

Era 1950 y el anuncio de la polémica cinta Los Olvidados, exhibida sólo tres días en cartelera -sólo tres– marcó a México para toda la vida.

La crítica nacional no tardó en destrozarla. La clase alta se sintió ofendida. Y la prensa, de manera injusta, pedía el exilio de Luis Buñuel por “traidor a la patria”. El México de aquel entonces terminó amedrentado; humillado por su cámara al mostrar un rostro desconocido –o tal vez ignorado– para el resto del mundo. Y aquella gran cinta, de pronto, les dio el protagonismo a los marginados. A ese sector de la clase baja, olvidados por la mayoría; y a sus intentos desesperados por sobrevivir al ritmo monstruoso de esta sociedad.

Un español, con tanto talento, captó con su cámara la cruda verdad. Y eso, aparentemente, a nadie gustó.

Pero luego de tantos años, esta cinta prohibida terminó convirtiéndose en un poderoso legado más allá de nuestras propias fronteras. Sea la calidad, sea su mensaje, sea la catarsis, paso de cinta de culto a clásico instantáneo. Y de un clásico instantáneo a Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

Un referente inmediato, pero no sólo para la historia de México o el cine universal. Lo es también a la hora de evaluar la inmundicia humana y el fiel reflejo de una realidad social tan dura que incomoda. Pero así como incomoda, también persigue. A 66 años del estreno de Los Olvidados, en pleno 2019, el retrato del país que nos dejó Luis Buñuel continúa tan vigente que aterroriza y nos cuestiona. ¡Nos encara y nos condena!

El cine mexicano, a la par de sus problemas sociales, también evoluciona y se transmuta de manera peculiar. Porque a 66 años de aquel polémico estreno, cuando una cinta mexicana se atreve a hablar de las flaquezas, de los errores y los conflictos que agravan a su nación, el público se queja y la crítica sentencia.

Sufrimos “un extraño síndrome donde no sabemos exactamente qué criticamos o de qué nos quejamos cuando alguien nos desenmascara la verdad”.

No es que Roma (2018) de Alfonso Cuarón fuera repudiada en nuestro país “por la calidad de sus actuaciones o el desarrollo de sus personajes. Sobre si era una cinta lenta y aburrida que aún pese su éxito internacional, poco o nada bueno tenía que aportarnos”. Eso era simple excusa.

Inconscientemente se criticaba el origen de su protagonista –Yalitza Aparicio– y que el tema central, sobre las empleadas domésticas inmiscuidas en diversos conflictos con familias mexicanas, era una realidad inminente que se repetía a menudo en nuestro país; desde los setenta hasta la actualidad. Y la mediocre recepción sobre la cinta demostraba la mentalidad mexicana, atrapada en un interminable círculo de complejos, clasismo y discriminación.

No es que La Región Salvaje (2016) fuera juzgada por nuestra gente como una película “sin sentido, morbosa y con pésimas actuaciones”, sin tener conocimiento previo de cómo funciona el cine de Amat Escalante, claro. Lo que se criticaba era la crudeza de un país sumergido en el crimen; de cómo el morbo y la violencia nos rebasaba como sociedad; y que la impunidad en nuestro país –la maldita impunidad– sigue siendo el pan nuestro de cada día.

Y no es que Chicuarotes, la segunda película de Gael García Bernal luego de su ópera prima Déficit en 2008, sea criticada ahora como un “melodrama desgastado sobre los problemas diarios de nuestro propio país”. Sino que, irónicamente, el mexicano cree que nuestro cine de denuncia cuenta lo mismo, a cada rato y sin innovar porque vive esos conflictos día con día.

Ya saben. El “extraño síndrome de no saber qué criticamos o de qué nos quejamos […] cuando alguien desenmascara la verdad”. Aquí la pregunta justa, seria y rebelde –si así quieres verlo– sería: ¿Cliché eterno o conflicto viejo?

¿Nuestro cine se ha vuelto el estereotipo constante de los marginados intentando sobrevivir el ritmo monstruoso de la sociedad porque no hay otra cosa buena que contar además de las comedias románticas protagonizadas por Omar Chaparro? ¿O será acaso que los conflictos diarios son tan viejos, y a la vez tan vigentes, que nos convencen de que nuestro cine ya es un cliché?

Porque, a decir verdad, ¿cuál es el verdadero problema que engendra una película tan madura como Chicuarotes?

¿Porque habla exactamente de lo mismo que Buñuel o porque la pobreza y la discriminación constante es su tema central? ¿Porque el crimen y la impunidad retiene viejos recuerdos o porque nos recuerda que los linchamientos son ahora el último recurso de una justicia malsana en un país que carece de ella?

No es que se juzgue a esta película de “una copia descafeinada de Los Olvidados”. Es que, prácticamente, Los Olvidados se ha vuelto el reflejo eterno de México. El que nos hace creer, con tanto cine recorrido desde entonces, que Chicuarotes, pese a clarísimas diferencias y un estilo definido, es una copia descarada de otra película.

Aclarémoslo desde ahora, porque estoy cansado de leer y escuchar lo mismo de siempre. La cinta de Gael no imita ni pretende emular la fórmula de nadie, ni mucho menos recurre al melodrama barato para generar su denuncia. Esta es una película tan sublime como intimista. Personal y con sello único.

Alabada en la pasada edición del Festival de Cannes 2019, termina siendo una poderosa carta de amor a México de parte de su director, atrapado con coraje en las entrañas de su celuloide. Un amor tan grande, pero a la vez tan sincero, que parece demostrarlo exponiéndolo al desnudo. Sin callar lo que tantos han callado y demostrar los males de una nación, exactamente como muchos ya lo han hecho: desde lo más profundo del tuétano hasta retorcerlo de tal manera que parezca una agobiante traición.

Desde Luis Buñuel con su emblemática Los Olvidados (1950), hasta Felipe Cazals con su impactante Canoa (1976). Desde Luis Estrada con el clásicoUn mundo maravilloso (2006) hasta Amat Escalante con su retorcida Heli (2013). Todos y cada uno de ellos, “traidores de la patria”, exponiendo los pecados y dejándolos a la escabrosa vista del mundo. ¿Qué mejor que eso?

Gael García Bernal se une a la lista trayéndonos otra cinta de denuncia protagonizada por una agónica juventud que busca salir del abandono, pero a través de una interesante perspectiva como la puede ofrecer el mismísimo pueblo rural de San Gregorio Atlapulco, en la delegación de Xochimilco.

Azotado por la pobreza, la violencia y la impunidad, el guionista Augusto Mendoza – el mismo detrás de Mr. Pig (2016) o Abel (2010) de Diego Luna– retoma este escenario como un poderoso telón de fondo, pero no sólo para contar la historia de sus habitantes, conocidos por el gentilicio de “Chicuarotes» que significa “necio o terco” debido al carácter de su comunidad; también a la irónica necedad de un país que se niega al cambio recto.

Gael, con ese conocimiento adquirido después de tantos años, mejoró la técnica desde Déficit (2008) y su irregular drama sobre conflictos intrafamiliares para traernos –según sus propias palabras– una tragedia griega transportada ahora a un rincón olvidado de México. Y recordarnos que en este descarnado país, y pese haber oído tanto de lo mismo por todos lados, aún se ocultan historias y voces que merecen ser escuchadas ante el barullo de “las grandes noticias”.

De hecho, Chicuarotes recupera la esencia tradicional de los pueblos conservadores para trasladar aquellas historias ajenas que pasan de boca a boca, acerca de los crímenes impunes ocurridos a la vuelta de la esquina, a tu propia ciudad, pueblo o colonia. Augusto Mendoza lo confirma mencionando que esta película fue construida por piezas colectivas sobre relatos que todos hemos escuchado alguna vez, pero que lastimosamente se olvidan y quedan en el aire:

“Desde niño crecí oyendo historias del pueblo, de personajes, y de pronto vi que se podía escribir una película con esos elementos. Inventé muy poco, simplemente tomé esas historias del pueblo […] mezclarlas, acomodarlas para que fueran una sola y de forma dramática para que fuera una historia conjunta”.

Mientras, sus jóvenes protagónicos recogen una fiel representación de nuestra cultura corrompida por los errores eternos de esta nación, hasta transformarlos en exquisitos antihéroes tan trágicos como icónicos lejos del convencionalismo.

Y con un guión que se trabajó desde el lejano 2003 –año en el que, por cierto, fue registrado oficialmente– se construye no sólo un drama inquietante sino un thriller–por momentos– que impacta por su violencia y empatiza con el mexicano por su comedia. Y de paso, le muestra “el cliché de denuncia” que tanto incomoda pero que sigue impactando como si fuera la primera película en haberlo hecho.

Claro que esto tampoco quiere decir que por ello sea la mejor cinta en lograrlo. Posee algunas flaquezas bastante claras que vale la pena reconocer, y que sólo nos confirman que Gael está aún más cerca de convertirse en un director consagrado si tan sólo pule algunos cuantos detallitos que deja a la deriva.

Ya sea un tercer acto que se frustra y se tropieza al no saber qué resolución darle a cada una de sus tramas –muy notorio, por cierto–, o bien tener actuaciones tan destacables como la de Benny Emmanuel –ganador del Ariel como Revelación Actoral por De la infancia (2010)– hasta otras irregulares por parte de un novato Gabriel Carbajal que choca mucho durante las cámaras.

Pero no desacreditemos esta película por un par de errores que comete, y reconozcamos también las espléndidas participaciones por parte de una magnífica Dolores Heredia, o un monumental Daniel Giménez Cacho quienes elevan el suspenso y la fuerza de su trama.

No crucifiquemos el cine nacional de denuncia como un estereotipo andante cuando la cruda realidad te hace creer que inevitablemente lo es. Alabemos mejor la rudeza de una obra tan intimista que no pretende cesar para demostrártela. Porque la verdadera pregunta, la que deberíamos hacernos aquí y para siempre, sólo es una: ¿Cliché eterno o conflicto viejo? Intenta responder.

Sinopsis:

“Chicuarotes trata acerca de ‘el Cagalera’ y ‘el Moloteco’, dos chicos que buscan desesperadamente salir de la situación y de su pueblo natal. La travesía inicia cuando un amigo de ellos les habla de la posibilidad de comprar una plaza en el sindicato de electricistas, para lo cual idean distintas formas de juntar el dinero y poderse ir junto con Sugehili, la novia de ‘el Cagalera’. Esto los lleva por una aventura juvenil que desemboca en un tornado del mundo criminal”.

Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com

1 COMMENT

  1. El que escribió esto está deslumbrado por el brillo de Gael, ponerlo a un lado de Amat Escalante y Buñuel, vaya aventura. Se preguntas si el cine mexicano es un cliché después de haber visto una película cliché para posteriormente llevar al mismo molino otras películas que no son clichés, bueno que ni se le comparan. Chicuarotes es un triste retrato de una delincuencia mal comprendida que refuerza el estereotipo en su lucha por exhibirlo.

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