AMLO: marchas y manifestaciones 

AMLO: marchas y manifestaciones 

AMLO
Zócalo capitalino a un año de la elección del 1 de julio de 2018.
Foto: Ximena Natera | Pie de Página
Juan Manuel Mecinas Montiel

@jmmecinas

Las marchas para protestar contra las acciones del gobierno de López Obrador reflejan la falta de oposición y dicen bastante sobre la política mexicana.

La oposición partidista está ausente y no hace contrapeso a las políticas impulsadas por el gobierno.

El líder de Acción Nacional es un personaje muy menor, que no tiene una agenda fija y su partido sigue su sendero.

El PRD entiende que vive sus momentos finales, y sus otrora figuras importantes no hacen sino plegarse a las peticiones y exigencias de otros, pero nunca bajo una agenda de crecimiento, renovación y dignidad, sino que los mueve el deseo de morir quejándose mucho pero actuando poco.

Del lado del PRI, su falta de identidad los tiene preocupados, pero sólo después de la elección de su dirigente se podrá juzgar si el partido que gobernó los últimos seis años tiene la intención de renovarse o quiere seguir el mismo camino autoritario que siempre lo ha caracterizado.

De los demás partidos es mejor no ocuparse: sus dirigentes aspiran a seguir viviendo del presupuesto y ahí nacen y mueren sus metas.

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En este entendido, los ciudadanos que están en contra de López Obrador parecen desesperados: no encuentran quién o quiénes articulen sus protestas en la arena política.

Marchar después de seis o siete meses parece  un grito desesperado contra el presidente y también contra la oposición que está ausente.

Pero eso no quiere decir que las marchas deban desdeñarse. El mismo Presidente parece entender que la situación no es óptima en el país. Por ejemplo, acepta que la delincuencia se ha disparado en la Ciudad de México, pero no la atribuye a políticas equivocadas de la Jefa de Gobierno, sino a pactos en otro nivel.

El gobernante parece que oye las protestas, pero no escucha sus demandas. Sabe que el escenario no es el mejor, pero no cree que sea como consecuencia de sus decisiones.

Finalmente, las marchas contra el presidente deben sopesarse, no en la medida en que asistan más o menos personas, sino en el sentido de que parecen ser la única forma de demostración de oposición a las políticas del presidente. Hablan de una oposición perdida y en ese sentido deben ponérsele más atención y no despreciarlas porque cuenten con cientos o pocos miles de apoyos.

Por otra parte, este lunes el jefe del Estado mexicano celebra un año de su victoria electoral y lo ha hecho en la plaza pública, donde se siente cómodo y poco se le exige.

Sin embargo, un año después de su innegable éxito, no parece que estén  sentados los pilares para una transformación del país. El Ejecutivo sigue siendo el mandamás y el legislativo y el judicial siguen siendo poderes alejados de una transformación de cara a su modernización y democratización.

En otras palabras, la transformación no ha llegado a las principales instituciones del país.

Hablar de mayores o menores números no es suficiente. En su discurso, Obrador hizo una referencia a los ahorros en compra de medicinas y demás conceptos, pero resulta ser que la disminución del gasto es sólo una parte de las exigencias ciudadanas, aunque de ninguna manera debe considerarse el fin último de la victoria de AMLO hace un año.

AMLO tendría que entender que buena parte del descontento actual tiene que ver con una percepción de que la reducción de gasto se hace sin ton ni son, y esa cuestión tarde o temprano le pasará factura al presidente.

No obstante lo incierto del panorama, los seguidores de AMLO aplauden todo y nada critican. Parecen haberle entregado el su alma a AMLO y eso tampoco es una buena noticia.

En este escenario, todos parecen perdidos: unos protestan con cierta razón, pero con demasiado hígado; el presídete escucha, pero niega fallo alguno de su gobierno o de sus amigos, y los que apoyan a Lopez a Obrador confunden apoyo con cheque en blanco.

Se trata de un país donde hace falta encontrar los grises, porque hay una innegable batalla entre quienes ven todo negro y quienes ven todo blanco. Pero ese descubrimiento de los grises vendrá del ciudadano, porque no se espera ni de la clase política ni de los medios de comunicación, donde son pocas las voces de cordura que no invitan a quemar con leña verde a López Obrador o a ponerlo en un altar.

Y así está el país: discutiendo a quién le asiste la razón y no cómo se resuelve el problema.

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