Morena: ganar el poder y perder el partido

Morena: ganar el poder y perder el partido

Morena, Puebla

Juan Manuel Mecinas Montiel

@jmmecinas

Morena no se entiende sino como movimiento. Un movimiento ideado para el asalto al poder y la unción de su líder como mandamás transformador del país.

El problema de los movimientos viene dado porque el futuro los alcanza. Y Morena no es la excepción. La gran pregunta es doble: cómo llevar a la práctica sus postulados, y cómo subsistir. En otras palabras, cómo gobernar y cómo sobrevivir al éxito.

Que un partido antisistema alcance el poder es relativamente común. Si el sistema se lo permite y el descontento ciudadano es mayúsculo, tarde o temprano la ola de repulsión al statu quo logra ceder al poder.

Una vez alcanzado el poder, el movimiento se encuentra en una encrucijada porque su modus vivendi cambia: pasa de ser la crítica a ser el gobierno. Ese cambio no es menor: se trata de separar al partido del gobierno, lo que se puede traducir como la sana distancia que alegaba Zedillo en su relación con el PRI.

Esto es así en los sistemas presidenciales porque el jefe de estado y de gobierno no puede ser líder del partido: si esto sucede, el partido es el naufrago del empecinamiento del líder. No se trata de idealizar que el partido y el presidente no naveguen en la misma dirección, sino que el partido debe crecer y eso es responsabilidad del ejecutivo en el poder.

En ese trance se encuentra Morena, porque todo indica que el Presidente es quien impone y es el personaje omnipresente que todo lo decide en el movimiento, hoy partido.

Ello le impide gobernar del todo bien, porque el líder del partido está preocupado por hacer valer sus mayorías y en ganar elecciones, y el jefe de gobierno y del estado en un sistema como el mexicano debe olvidar las elecciones: no hay futuro electoral para él, por lo que su papel como gobernante es lo que perjudica o beneficia a su partido.

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El movimiento que alcanza el poder, entonces, necesita ocuparse de gobernar y ese es su primer deber para gobernar bien. No es claro que eso pase en Morena.

En segundo término, el movimiento debe subsistir. La única forma es que sus principios se renueven y que no se alejen demasiado de sus postulados iniciales. La renovación es básica y es necesaria. Su supervivencia también depende de que quienes alcanzaron el poder se retiren en el momento preciso, que suele ser -y debe ser- la primera gran derrota electoral.

Por eso, en el caso mexicano, es curioso que algunos duden que el fenómeno de Morena terminará perdiendo elecciones: eso es indudable y es deseable, pero el punto que se está perdiendo en la discusión es que a todos conviene que en el intermedio, en el ejercicio del poder que lleve a cabo el movimiento, lo haga en beneficio de la mayoría y consolidando instituciones.

Justo esto es lo más preocupante del escenario actual en el país: que las críticas no están centradas en que el movimiento mejore, sino en hacerlo caer. Y, por parte del movimiento en el poder, no se ve que en el horizonte tengan previstas algunas derrotas. Como todo movimiento, se piensa invencible, aunque bien haría en voltear la mirada hacia otras experiencias. Tarde o temprano dejarán el poder y, casi con seguridad, en manos de quienes menos esperan.

Pero es el inter entre la llegada al poder y su salida lo que debería preocuparnos y le debería preocupar a Morena. Porque ya ganaron el poder y pueden perder el partido (el movimiento).

Esa historia está aún por escribirse y en gran parte es su responsabilidad. De qué tan corta o larga sea su visión depende su vigencia como movimiento y, en gran medida, el futuro de este país.

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