Las instituciones culturales y la participación ciudadana. Una conversación con Alejandra Rangel Hinojosa
Alejandra Rangel cuenta sus experiencias en la implementación de políticas culturales en CONARTE, Nuevo León, a partir de la participación ciudadana
Por Klastos @
06 de junio, 2019
Comparte
Klastos

A principios de este año estalló la polémica en Monterrey. El procedimiento para asignar los fondos que ejerce el Consejo para la Cultura y las Artes (CONARTE) fue modificado. Desde su creación en 1995, la estructura de CONARTE había enfatizado su carácter horizontal y democrático, integrado por 26 miembros con voz y voto: 12 representantes de la comunidad artística (música, teatro, cine, fotografía, danza, literatura, plástica), 12 de la sociedad en general, más el presidente del consejo y el secretario técnico.

Los programas y presupuestos se aprueban por votación y mayoría simple de este Consejo antes de pasar a otras comisiones también compuestas de modo plural. Esta singular condición participativa y ejecutiva del papel que desempeñan tanto los artistas como los especialistas que conforman CONARTE fue uno de los rasgos distintivos que marcó esta iniciativa que presidió Alejandra Rangel Hinojosa entre 1995 y 2001, quien colaboró luego brevemente con Reyes Tamez en la Secretaría de Educación Pública federal y se desempeñó también como presidenta del Consejo de Desarrollo Social del Estado de Nuevo León (2003-2009).

Foto tomada de WikiNoticias UANL

De una familia ligada a la política y la educación en Nuevo León, su padre, Raúl Rangel Frías, fue tanto rector de la UANL (1949-1955) como gobernador del estado (1955-1961). En la gestión de Alejandra Rangel se logró el comodato de espacios en el Parque Fundidora donde se creó la Cineteca-Fototeca de Nuevo Léon y el Centro de las Artes. Sin embargo, el alcance más duradero del trabajo de Alejandra Rangel puede que no haya sido tanto conseguir que se creara infraestructura cultural o se inauguraran “magnos eventos”, como la apertura efectiva de CONARTE a representantes de los distintos sectores artísticos de la entidad que en su condición de consejeros y vocales dieron contenido y orientación desde abajo a la institución. La presencia de creadores y sociedad civil no fue meramente testimonial. Intentar modificar eso fue lo que generó la polémica a principios de este año.

En esta conversación que mantuvimos con Rangel, subraya la motivación tras el proyecto de CONARTE –democratizar la cultura con una auténtica participación ciudadana– a la vez que lamenta la falta de continuidad de los proyectos públicos –una actitud que encuentra “provinciana”–. En un país donde es prácticamente imposible que te elogien por tu trabajo como funcionario, algo debió haber hecho bien porque en abril de 2018 se llevó a cabo un homenaje celebrando los 20 años de la creación de la Cineteca con ella al frente de CONARTE.

Desde Klastos nos parece muy valioso recuperar las opiniones de Alejandra Rangel para poner sobre la mesa otros modos de hacer funcionar las instituciones públicas culturales que en México han antepuesto la democracia y la ciudadanía a la vanidad y la carrera política personal.

CONARTE abrió desde un principio no sólo los espacios sino su propio funcionamiento institucional a la participación ciudadana y de los propios creadores. No se trataba de una mera consulta: les otorgaba un papel decisivo en definir presupuestos y precisar los programas de actuación. ¿A qué respondía CONARTE? ¿Cómo surge una iniciativa que aboga por esa estructura participativa y no meramente consultiva?

Fue una experiencia muy interesante que inició con mesas de participación ciudadana sobre cultura en general en el Estado, porque este proyecto se trabajó desde el gobierno y en ese momento dependíamos de la Secretaría de Desarrollo Social estatal. Ahí se sentía la necesidad de democratizar, que los ciudadanos debían de participar más, porque había muchas quejas en torno a la falta de políticas culturales y de  dirección.

Se desarrollaron las mesas y yo fui coordinadora de algunas, ya fueran de teatro, de políticas culturales, de danza, etc. Y una vez que se tuvo todo este trabajo, se presentó una iniciativa al gobernador, donde yo no estuve pero sí una serie de activistas, promotores y académicos, e hicieron una terna para decidir quién estaría al frente. Pues bueno, parece que me saqué el tigre de la lotería y nos lanzamos a la creación de un Consejo para la cultura y las artes de Nuevo León: un Consejo de participación ciudadana. Yo entraba como funcionaria porque cumplía las dos funciones: presidenta de un Consejo ciudadano y, al mismo tiempo, estaba al frente de la responsabilidad del gobierno del estado.

Ante una comunidad sumamente individualista y suspicaz como la artística, ¿cómo hicieron para convencerla de que había una auténtica voluntad de abrir los organismos de toma de decisiones de la institución? ¿A dónde condujo la  iniciativa de activar un espacio de “participación ciudadana”?

¿A dónde nos llevó este proyecto? Pues en primer lugar a convencer a toda la comunidad artística de que sí había un proyecto de políticas culturales, porque alguien decía: “Bueno, ¿y cuáles son esas políticas culturales? Yo no veo políticas culturales”. Pues ya les empezamos a decir en qué consistían las políticas, cuál iba a ser el rumbo, cómo se iba a apoyar a los creadores, como había que tener una interconexión con todos los municipios del estado, cómo la cultura era para todos los grupos sociales y no podía ser elitista. Había quienes decían que el poco dinero que se tenía debía ser para los mejores y para una élite, entonces la discusión era acá de otro grupo donde yo también estaba y que decíamos que no, pues la cultura debe ser manifestación de todos los grupos, de toda la sociedad y hay que apoyarlos también.

Así se inicia un proyecto de cultura popular que se lleva a colonias de escasos recursos, que se va a los municipios más lejanos del estado, en el sur. Son los municipios de los más pobres del estado y empezamos a trabajar para poder crear espacios alternativos donde se pudieran expresar sobre todo los jóvenes. Empezamos a apoyar mucho a los chavos banda, a todas las pandillas que eran muy fuertes y trabajamos para darles todas las herramientas que necesitaban. Algunos eran muy buenos grafiteros y nosotros defendimos el grafiti; incluso muchos de estos fueron después contratados por empresas. La intención era que, al mismo tiempo que hicieran su proyecto artístico, estas comunidades pensaran también en proyectos productivos. El asunto era cómo se podían mezclar estas dos cosas para que así, como sociedad y como colonia o como barrio, también ellos fueran mejorando.

¿Se buscaba entonces que fuera un organismo marcadamente plural?

Creo que no se ha logrado bien la vía de capitalizar lo que significó este movimiento, porque sí hubo toda una presencia de artistas, representantes de las diferentes disciplinas, además  de académicos porque yo siempre he pensado que la academia tiene que estar aquí, investigadores, sobre todo, y promotores culturales. Entre todos trabajábamos ese proyecto que tenía su presupuesto al principio muy pequeño, hasta que le dijimos al gobernador: “No, pues para esto mejor abrimos un Consejo de administración, ¿para qué nos quieren a nosotros?”. Entonces el gobernador pidió que se subiera el presupuesto. Pero así es, lo menciono porque siempre ha sido así esa lucha, ¿no? La cultura y lo que vayan a hacer de políticas culturales pueden pasar desapercibidas: “denles ahí algo para que se queden callados, que no den lata”. Pero pues no, acá empezamos a trabajar proyectos muy importantes y muy interesantes. Teníamos muchas voces, porque no eran nada más los artistas, estaban también los intelectuales y había mucho deseo de que este proyecto se llevara adelante y había voluntad política, que eso es muy importante porque, si no, si hubiera sido exclusivamente ciudadano, quién sabe si se hubiera dado.

A diferencia de otros estados de la República, en Nuevo León la iniciativa privada tiene un enorme peso como actor cultural –cuenta con museos, universidades, medios de comunicación–. ¿Cómo fueron las negociaciones con ella?

Pues, en realidad, no sentimos que hubiera sido muy necesario negociar, teníamos buenas relaciones. Sí, los artistas se quejaban porque no los dejaban entrar en el MARCO. Pero bueno, nosotros ahí tampoco podíamos hacer gran cosa. Teníamos otros espacios como la Casa de la Cultura, donde podían exhibir y donde hacíamos plenarias, y luego las mismas grandes empresas, como por ejemplo lo que fue la antigua gran cervecería o FEMSA, se acercaron con nosotros (porque se había cerrado el Museo de Monterrey, que tenía condiciones importantes) para pedirnos que hiciéramos conjuntamente la Bienal que ellos llevaban a cabo.

Así fuimos avanzando, con una presencia, yo creo, importante aquí en el estado. Lo mismo teníamos las puertas abiertas por parte de las universidades, por parte del Tecnológico de Monterrey, y con esta apertura se inició una relación que termina después con el apoyo de la iniciativa privada para hacer eventos culturales importantes aquí en el estado, como fue en el Parque Fundidora, la Cineteca-fototeca y el Centro de las Artes, que son además espacios que se rescatan como patrimonio social para hacer proyectos que la comunidad artística tenía muchos años pidiendo pero que fuimos capaces de lograr con presupuesto de la iniciativa privada. Y no nada más de aquí, sino que yo también fui a buscar a apoyo a la Ciudad de México, aunque CONACULTA al principio ni nos creía, ni nos apoyaba.

¿Y no sintió en algún momento alguna fricción? Muchas de esas personas que estaban en el patronato de otras instituciones y museos podrían haber intentado imponerles o exigirles cosas.

No, no hubo problema. De repente trataban de cuestionarnos alguno de los festivales de cine, como los festivales de cine gay, pero no, nunca nos dejamos. Sí, nos respetaron. Donde no se respetó fue en Desarrollo Social, en donde estuve al frente durante 6 años, desde 2003. El gobernador de ese entonces, José Natividad González, me pidió que hiciera lo mismo en Desarrollo Social que había hecho en cultura, y lo menciono aquí porque me pareció muy interesante. Claro, lo que hicimos fue continuar con los proyectos culturales pero metidos dentro de Desarrollo Social.

Eso no es habitual en las administraciones públicas: los proyectos no suelen tener continuidad. No se les da seguimiento. Aún menos en dos áreas distintas.

Desafortunadamente, falta mucho. Creo que había que darle seguimiento a los resultados de las propuestas pues, por ejemplo, no sabemos realmente cuántos de estos chicos de las áreas marginadas realmente encontraron otra forma de vida, otro tipo de emplearse en cosas que a ellos les gustaran. Nosotros les llegamos a poner en los centros comunitarios “islas”, como ellos les llamaban, para hacer cine, para hacer videos –o sea el nuevo lenguaje para los jóvenes–, y bueno pues yo ya ni sé si existen esas clases. Creo que ese es un problema en este país: la falta de seguimiento, la falta de espíritu para que las cosas continúen. Esto es algo que a mí me parece muy provinciano. Decir: “Llego yo al gobierno y cambio hasta los colores”, en lugar de decir: “A ver, dónde se quedaron y cómo podemos seguir”, que es algo que nosotros esperábamos. Por eso les dejamos todas las investigaciones. En cambio, en Desarrollo Social hubo muchas investigaciones publicadas sobre qué pasaba en los  centros comunitarios. Ahí sí están evaluadas muchas cosas.

Se habla de que en los últimos años CONARTE se ha burocratizado, politizado, que los artistas se han desentendido de los procesos de toma de decisiones. ¿A qué cree que se deba esto, si es que está de acuerdo con este diagnóstico?

Sí, estoy de acuerdo con este diagnóstico, desafortunadamente. Yo creo que se debe a varias cosas. Mi percepción siempre fue que mientras tú tuvieras intereses en puestos políticos te tienes que callar, no te vas a poner a pelear con los gobernantes, ¿no? Ahora, en mi caso yo no tenía intereses y ellos lo sabían y en cualquier momento les decía: “Bueno, pues tomen el proyecto ustedes”. Entonces, eso dio un cierto respeto y, luego, creo que los artistas sintieron que había honestidad de parte nuestra para apoyarlos, para mejorar las cosas y para que ellos tomaran decisiones. Y tuve artistas y escritores importantes, y tuve gente de primera metida dentro de ese Consejo, que no fue fácil porque trabajamos con artistas e intelectuales. No es fácil pero los consejeros creyeron en nosotros. Les demostramos que, efectivamente, ellos eran una voz muy importante y ellos, a su vez, nos defendían cuando algún medio político nos atacaba, cosa que era también muy sorprendente, ¿no creen?

El intento originario de CONARTE por dar prioridad a la participación desde las necesidades locales definió un modo de trabajo de la institución y de configuración del sistema oficial del arte en Nuevo León durante años. La figura central ahí eran los creadores. Tras la profunda descomposición de la escena cultural durante los años de la denominada “violencia”, a partir de 2016 ha comenzado a rearticularse: por una parte, está girando muy claramente hacia la iniciativa privada en San Pedro Garza y, por otra, a la activación de iniciativas autogestivas.

La situación es ahora otra y a CONARTE le toca debatir y poner en marcha nuevas estrategias para esta reciente coyuntura. Como cuando fue creado, no parece que esto pueda hacerse sin personas capaces y voluntad de la clase política.

Quizás ahora quieras leer: «“Si te pillan, te corren” o cómo conspirar desde las instituciones culturales. Una conversación con Jesús Carrillo» (anterior) | «Museos Puebla: la cultura del changarro» (siguiente)

Comparte
Klastos
Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com