Imaginar las instituciones educativas del futuro

Imaginar las instituciones educativas del futuro

Foto tomada de Google
Mtra. Cintia Fernández Vázquez

A los seres humanos nos anima imaginar el futuro; a lo largo de la historia han existido visiones optimistas y otras apocalípticas. El paso del tiempo ha dado razón la mayoría de las veces a las primeras: viajes al espacio, comunicación sin fronteras, telepresencia, energías limpias, inteligencia artificial, esperanza de vida cada vez más larga, son solo algunos ejemplos.

Las instituciones educativas no han quedado exentas de este ejercicio de imaginación, pese a que su creación es reciente. Aunque su hábito de “futurear” sobre sus propias posibilidades es menos frecuente que en otros ámbitos de convivencia humana. Es más, me atrevo a afirmar que el futuro alcanzó a los sistemas educativos formales antes de tener el tiempo suficiente para imaginar su propio futuro.

De esta manera, los ejercicios futuristas de los especialistas en educación formal están más relacionados con cómo ponerse al corriente con el presente, que en imaginar un futuro en el que haga algo radicalmente distinto a lo que lleva haciendo en los últimos cien años.

A imaginar épocas venideras y tomar acción, recientemente se le llama innovación. Aunque la innovación en educación, en pocos casos se asemeja a la expresión del término en otros contextos: satisfacer las expectativas de los usuarios a través de experiencias emocionales y técnicamente disruptivas.

Es así que observamos instituciones que “futurean” imaginando profesores holográficos al frente de un grupo –o de varios–, con un toque muy al estilo de lo que George Lucas imaginaba hace casi 50 años al crear Star Wars. Llevan a cabo complejos procesos de “innovación” en la educación con la visión de un futurista del pasado, aplicando tecnología del presente para ofrecer una clase de cátedra bastante tradicional.

Aun con la torpeza para “futurear” (innovar) que se ejemplifica en el párrafo anterior, es de celebrarse que sea cada vez más frecuente escuchar en las aulas, los pasillos, los auditorios y, en general, cualquier espacio escolar, la necesidad urgente de transformar la educación y los sistemas que la regulan, sean estos formales o informales.

¿Qué ha impulsado esta inquietud? La respuesta es sencilla: las Tecnologías de Información y Comunicación. En Internet ya se dispone de todos los contenidos educativos que eran antes privilegio de quien asistía a escuelas y universidades. En la palma de la mano tenemos la oportunidad de contactar a cualquier especialista con facilidad y leer las últimas tendencias de su pensamiento en tiempo real. ¿Los libros?, prácticamente se encuentra cualquiera en PDF. ¿Profesores, para qué? si la moda es DIY (Do It Your Self). ¿Laboratorios de cómputo, en qué mundo vives? la tendencia es BYOD (Bring Your Own Device) o las máquinas virtuales. ¿Idiomas? cuando llegan a clase la mayoría de los estudiantes ya entienden bastante bien el inglés o usan Google Translator como profesionales (si no entiendes las siglas de este párrafo te recomiendo utilizarlo: https://translate.google.com). En resumen: ¿estudiar 5 o 6 horas en un aula? no vale la pena porque YOLO (You Only Live Once). LOL (Laugh Out Loud).

Si el mundo digital ya cubre las necesidades de aprendizaje –entendido como acceso al saber– de los jóvenes y no tan jóvenes, entonces ¿qué sentido tiene ahora la educación formal? ¿Obtener certificados o un título?, cada vez nos acercamos más al momento en que estos documentos sean ofrecidos por alguna nueva tecnología, a costos mucho más accesibles y con un respaldo más confiable con aplicaciones blockchain.

La escuela –como en toda su historia lo ha hecho la humanidad– ahora está en busca de sentido. Imagina un futuro (que ya casi es presente), en el que no solamente no es necesaria, sino que es un obstáculo para el desarrollo humano, económico, social y tecnológico.

Pero como en otros casos, las visiones optimistas de la escuela probablemente sean las que, con el tiempo, demuestren más validez. Desde mi perspectiva, las escuelas seguirán siendo un punto de encuentro para la comunidad y las familias, así como un espacio mucho más saludable para los niños y jóvenes que el Internet. Serán una plataforma para conectar con el mundo desde las raíces, la cultura y la creatividad. Se convertirán en el espacio en el que se cuestionen los riesgos y debilidades del mundo digital; en el que se humanicen las relaciones con los otros y se compartan valores como la vida, el amor, la solidaridad y la equidad. En donde se desarrolle el pensamiento crítico para elegir, del exceso de información del que ahora se dispone, lo que hace crecer a la persona.

Lo anterior suena mejor que Matemáticas, Español, Educación Física, Geografía y Civismo. ¿O no? Y aun así se necesita de todas esas materias para lograr alcanzar esta visión de lo bueno. Pero más como es en el mundo real: todas mezcladas para desarrollar proyectos y resolver problemas.

Tal vez mi visión de las instituciones educativas del futuro suene inocente, porque estudiantes y docentes todavía parecen secuestrados por un sistema educativo anticuado y fragmentado, que parece más botín político (o negocio) que oportunidad de transformación social. Pero la tendencia de imaginar a la escuela del futuro ya nadie la va a parar y somos más los que le estamos apostando a una formación que sea para todos y que sea lo suficientemente humanizante para contrarrestar cualquier visión de futuro, más parecida a un apocalipsis cibernético. Esto hemos hecho los educadores con vocación en toda la historia de la humanidad y eso seguiremos haciendo: poner lo mejor de nosotros para construir un futuro mejor, fuera y dentro de la escuela.

1 COMMENT

  1. Comparto tu visión de las instituciones educativas del futuro,para recuperar la inocencia que se requiere para que las escuelas sean justamente esos espacios salvadores del futuro que ya casi es presente.

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